La más reciente película del napolitano Paolo Sorrentino se estrenó en el Festival de Cine de Cannes en 2015

Juventud: la grandilocuencia vacía

Paolo Sorrentino vuelve con uno de los estrenos más esperados del año. La película repite varias fórmulas que funcionaron en ‘La grande bellezza’, pero el exceso y ese estilo ‘fellinesco’ que cautivó a tantos en 2013, esta vez deja un sabor a poco.

2016/04/27

Por Laura Martínez Duque

En 2014 Paolo Sorrentino se llevó el Óscar a Mejor Película Extranjera por La grande bellezza, su sexto largometraje. La película se convirtió en un fenómeno entre quienes veían en el napolitano la reencarnación de Federico Fellini y, en ese gran despliegue cinematográfico sobre la ciudad de Roma, la actualización de películas como Fellini 8 y ½ o  a La dolce vita. Sorrentino presentaba personajes grotescos, decadentes y una mirada sobre el esnobismo intelectual, la vejez y la vida en la voz de Jep Gambardella, el personaje protagónico que cautivó a tantos.

Cuando se anunció el estreno de su próxima película, la expectativa era la misma para detractores y fanáticos. Juventud, además, contaba con actores de renombre en la industria de Hollywood: Harvey Keitel, Michael Caine, Rachel Weisz, Paul Dano y Jane Fonda. El tráiler prometía, una vez más, diálogos ingeniosos y reflexivos sobre la vida y la vejez y un escenario imponente en el medio de los Alpes Suizos.

Dos viejos amigos, Caine y Keitel, se encuentran en un fastuoso hotel-balneario suizo. Ambos encarnan dos posturas vitales diferentes, Keitel, productor de cine, quiere dejar su “testamento” y escribe el que será el guion de su obra maestra ayudado de un grupo de jóvenes hipsters. Caine, en cambio, es un director de orquesta retirado que recibe la invitación de la Reina Isabel II para dirigir una obra en el cumpleaños del Príncipe Felipe, pero se rehúsa a retomar su vieja pasión.

Los amigos hablan de la vida, el pasado y el futuro. Cada uno lidia con diferentes culpas y miedos pero la estadía en este hotel va a transformar para siempre sus ideas cristalizadas. El proceso irá sucediendo de formas diferentes para cada uno pero ambos serán afectados por otros personajes que se hospedan allí.

Paul Dano es un joven actor que ha conocido la gloria y el fracaso. Durante su estadía en el hotel, interactúa con los protagonistas mientras prepara su próximo personaje. Rachel Weisz es la hija de Caine y está casada con el hijo de Keitel, relación que se derrumba al principio de la película por las infidelidades del esposo. En el hotel, mientras acompaña a su padre, Weisz debe enfrentar la ruptura de su matrimonio y conocer a la nueva pareja de su ex -una joven estrella de pop, sosa e irritante- y en esa debacle emocional termina por enfrentar al padre y aliviar sus traumas.

Una Miss Universo que anda de viaje por Suiza hace una primera aparición afeada pero ingeniosa y más tarde servirá para regalarles a los dos amigos, Caine y Keitel, un último momento de belleza, juventud y desnudez. Para sumar al listado de huéspedes insólitos, Sorrentino también se inventa a un Diego Armando Maradona en todo el esplendor de su decadencia.

Podría decirse que esta película persigue el exceso o el grotesco y en ese sentido busca incomodar al espectador. Escenas como la del falso video clip pop, definitivamente lo logran. Pero esa posición se sostenía un poco más con La grande bellezza. En Juventud la fórmula se repite y se derrumba. Más que exceso, hay un regodeo carente de chispa. O una chispa forzada, porque la magia definitivamente no apareció en esa locación ni tocó a los actores.

Los movimientos de cámara sí son excesivos -casi todas las secuencias tienen por lo menos un travelling hacia adelante, hacia atrás, o en 360° - como si estos planos, cuyo gran efecto es componer el espacio en el tiempo, pudieran sustituir el drama o la sustancia.

Los homenajes a La dolce vita o a cualquier otra película de Federico Fellini, están acá desdibujados (una escena en particular, la referencia más clara protagonizada por Keitel, es una mala parodia) y cualquier alusión a La Montaña Mágica de Thomas Mann es en todo caso un remedo solapado.

Los personajes femeninos, todos construidos pobremente y con la única función de detonar la acción de los personajes masculinos -mujeres dejadas, engañadas y pusilánimes- eran en  La grande bellezza un tema de misoginia creativa. En Juventud pasa lo mismo pero la chatura se extiende a todos los personajes.

Buenos actores, un par de frases ocurrentes -“la ligereza es una forma de perversión”-, más de una secuencia bien lograda en cuanto a  fotografía y cámara y hasta la aparición final de Jane Fonda, no son suficientes para salvar a esta película de ser 123 minutos de grandilocuencia vacía.

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