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La aventura

Juan Carlos González escribe el obituario Michelangelo Antonioni (1912-2007)

2010/03/15

Por Juan Carlos González A

“Intentemos pensar en una película que cuente dos días de la vida de un hombre. El día en que nace y el día en que muere. Una historia cuyo prólogo parece orientarse hacia un camino y cuyo epílogo revela haber recorrido otro alejadísimo del primero, incluso geográficamente. Intentemos pensar en una película que conste de una mañana y de una tarde, pero no del trajín del tiempo que hay en medio”, escribe el maestro Michelangelo Antonioni en su libro Quel bowling sul Tevere escrito en 1983, dos años antes de sufrir una enfermedad cerebrovascular que lo dejaría con una lesión permanente de los centros del lenguaje, incapaz de hablar y de escribir, con una paraplejía que lo obligaba a usar tan sólo su mano izquierda para expresarse dibujando. Pero aún así seguiría dirigiendo, activo en la medida de sus posibilidades físicas y económicas.

Y sí, tratemos de pensar en una película como esa, que nos cuente de un día de finales de septiembre de 1912 cuando en Ferrara, una provincia de la Emilia-Romagna, nace un niño en medio de una familia acomodada de terratenientes compuesta por Carlo y Elisabetta. La siguiente escena es noventa y cuatro años más tarde, cuando un lunes de finales de julio ese mismo hombre muere en su casa en Roma, acompañado de la tristeza de su esposa Enrica. ¿Y lo que ocurrió en medio de esos dos momentos? ¿Algo trascendente, algo que relatar? Nada y todo. Tan solo la vida de uno de los directores y guionistas de cine más consistentes, más complejos, más inaferrables. Uno que hizo de su obra fílmica un testimonio de las inquietudes existenciales que asolaban la vida del hombre moderno: la soledad, el hastío, la incomunicación, la incapacidad de vernos en los demás. El suyo fue un cine poblado de silencios, de pausas, de miradas hacia el horizonte, de pasos hacia el abismo, enmarcado todo en una narrativa críptica, donde las historias quedaban abiertas a cientos de lecturas. “Siempre me he preguntado si está bien darles siempre un final a los relatos, sean literarios, teatrales o cinematográficos. Una vez encerrada en su seno, una historia corre el riesgo de morir dentro, si no se le da otra dimensión, si no se deja que su tiempo se prolongue al tiempo externo donde estamos nosotros, protagonistas de todas las historias. Donde no hay nada acabado”, afirmaba. Y así son sus películas, obras maestras como Las amigas, La aventura, La noche, El eclipse, El desierto rojo, Blow-up, Zabriskie Point, catálogos de almas resecas en busca de respuestas, pero incapaces ante todo de mirarse por dentro, de diagnosticar y curar el malestar que las habita.

Inquietudes temáticas que se asemejaban a las de otro cineasta excelso, un director sueco que –cosas del destino que forja mitos– moriría el mismo día. “Qué espléndido arranque para una película. Pero es una película que para mí termina aquí”, escribe Michelangelo Antonioni, como refiriéndose a esta casualidad luctuosa. Ahora el maestro nos contempla –inmortal– más allá de las nubes.

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