Los miembros del "grupo de los ocho" en la película.

La confesión de los poderosos

Un cura se enfrenta a los hombres detrás del poder global en ‘La confesión’, la nueva película de Roberto Andò.

2017/01/12

Por Christopher Tibble

En el libro Estado de crisis, publicado en Colombia el año pasado, los sociólogos Zygmunt Bauman y Carlo Bordoni advierten que la democracia corre peligro. El poder, escriben, ya no está en manos de los gobiernos. Está, en cambio, en manos de unos pocos hombres que no le responden a nadie y que tienen como propósito único la circulación del capital. La apuesta y la especulación son las nuevas normas del mercado y la privatización de los bienes públicos como el agua y la salud, un riesgo constante. Así, desde su cúpula, unas cuantas corporaciones y unos cuantos millonarios deciden el destino de la humanidad.

La confesión, la nueva película del italiano Roberto Andò (Viva la libertad, 2013), parece la dramatización de las opiniones de Bauman y Bordoni. Ambientada en un gélido y elegante hotel en la costa alemana, imagina el detrás de escenas de una cumbre del G8, el grupo de los ocho países más industrializados del mundo (Francia, Italia, Alemania, Reino Unido, Rusia, Japón, Canadá y Estados Unidos). No se trata de una cumbre cualquiera: Andò no tarda en explicar que la decisión que tomarán estos políticos tendrá repercusiones nefastas en los países más pobres del mundo.

Entre los invitados a la cumbre, por petición del director del Fondo Monetario Internacional, se encuentran un monje italiano. Su presencia allí resulta en un inicio confusa, pero se esclarece cuando el líder del FMI le comenta que desea confesarse. El monje, interpretado por Toni Servillo, accede y se sienta, hasta las cuatro de la mañana, a escuchar al banquero francés, quien le deja entrever los vacíos emocionales que lo aquejan a raíz de su profesión. La mañana siguiente, el alto ejecutivo aparece muerto, con una bolsa sobre su cabeza. ¿Se suicidó? ¿Lo asesinó el monje?

La confesión, más que una película hilada y coherente, es la suma de una serie de fragmentos: durante una hora y cuarenta minutos presenta a modo de pequeñas viñetas la psicología de quienes, presuntamente, controlan el mundo. Es, por así decirlo, un cúmulo de amenazas, encuentros sexuales, dudas morales y cinismo, todo atravesado por la presencia del monje, quien con su silencio y comentarios escuetos interpela a los políticos y cuestiona el orden de las cosas. Un representante del hombre común, recurre a la moral y a la religión para recordarles a sus compañeros de hotel -y al público- que no todo es dinero; que Dios todo los sabe y todo lo ve.

El crítico de cine australiano Adrian Martin suele decir que las películas malas son las que contienen una moraleja. Estas cintas no solo reducen, ordenan y resuelven el mundo de una manera a menudo simplona, sino que pretenden que el público aprenda una valiosa lección. La confesión se acerca por centímetros al terreno de la parábola, y eso lo quita fuerza. Pero persiste, en parte por la gran actuación de Servillo y en parte porque, si decidimos hacerles caso a Bauman y a Bordoni, lo que nos presenta se acerca, por milímetros, a la realidad. Y solo por eso vale la pena verla.

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