Bruce Lee, en ''Le Jev de la Mort''

La filosofía del pequeño dragón

El pasado 20 de julio se cumplieron 40 años de la temprana muerte de Bruce Lee. Ícono pop y kitsch, Lee también tiene el honor de haber popularizado la filosofía oriental en Occidente.

2013/08/16

Por Lina Vargas. Bogotá

En el 2005, treinta y dos años después de la muerte de Bruce Lee, la ciudad bosnia de Mostar, dividida entre católicos y musulmanes, inauguró una estatua suya como símbolo de justicia y honestidad. En el 2007, cuando Tarantino estrenó Kill Bill, todo el mundo supo que el uniforme amarillo de Uma Thurman era un homenaje al utilizado en Operación Dragón –la película más recordada de Lee–, y en el 2004, en Colombia, la Brigada III, la Policía de Cali y el DAS llamaron Operación Dragón a un vergonzoso plan de seguimiento y desprestigio a líderes sindicales y opositores políticos en el Valle del Cauca.

Bruce Lee, el artista marcial más famoso de la historia, es un ícono cultural en ambos hemisferios. En Hong Kong, El avispón verde, la serie de televisión emitida en Estados Unidos entre 1966 y 1967 en la que Lee hizo el papel de Kato, el letal asistente del Avispón, fue retitulada El show de Kato, y allí mismo Operación Dragón recaudó casi cuatro millones de dólares durante su estreno en 1973. Es la historia de un artista marcial que se inscribe en un torneo organizado por Han, un antiguo estudiante budista, implicado en un negocio de prostitución y narcotráfico. Durante el día el protagonista, un modelo de virtudes mentales, espirituales y físicas, participa en los combates, y por las noches intenta descubrir la red criminal. Desde luego, al final, vence a Han.

Operación Dragón se estrenó una semana después de la muerte de Lee y fue la última de una larga lista. Lee apareció por primera vez en una película antes de cumplir un año y a los dieciocho había actuado en veintitrés. Nació en San Francisco en 1940 por accidente ya que su padre, el actor de la ópera cantonesa, Li Hoi Chuen, y su madre, Grace, estaban de gira en Estados Unidos. Una enfermera del hospital le puso Bruce y de vuelta a Hong Kong, siendo todavía un bebé, su nombre artístico en el medio cinematográfico fue Pequeño dragón. Según el biógrafo Marcos Ocaña, autor del libro Bruce Lee: el guerrero de Bambú, Lee fue un niño hiperactivo que creció en una “Hong Kong de posguerra mermada por la invasión japonesa, tras la cual habían retornado al viejo sistema colonial británico” y cita a Lee: “Los chicos allí no tenían nada que esperar. Los chicos blancos tenían los mejores trabajos y nosotros teníamos que trabajar para ellos. La vida en Hong Kong era demasiado mala. Los chicos en los suburbios nunca podían salir”. Aunque su familia no se encontraba en una situación económica desesperada, Lee solía buscar peleas con los estudiantes ingleses a la salida del colegio. Incluso tenía una pandilla con el nombre de Los Ocho Tigres. En una de esas peleas, a los trece años, se dio cuenta de que no podía defenderse por sí solo. Así que se matriculó en la escuela de Kung Fu del maestro Yip Man en la que, según se dice, fue tan buen alumno que los demás lo hicieron expulsar.

Cuando a los dieciocho años regresó a San Francisco –en un viaje en barco que le tomó dieciocho días– Lee tenía la intención de abrir una cadena de escuelas de Kung Fu en Estados Unidos. Yip Man lo había formado en el taoísmo y para muchos fue gracias a él que decidió estudiar Filosofía en la Universidad de Washington. De allí saldrían varios ensayos, poemas y dibujos en los que Lee explicaría la filosofía del combate.

“El Kung Fu –escribió– es el arte de equilibrar la esencia de la mente con la de las técnicas con las que esta debe trabajar. El núcleo de este principio es el Tao, la espontaneidad del universo”. Con un gran esfuerzo de concreción podríamos decir que el taoísmo se basa en el equilibrio de las dos fuerzas de la naturaleza: el yin (lo oscuro) y el yang (lo claro); de esto se desprende toda una corriente monista en la que cada cosa ocurre porque hay una opuesta. Por ejemplo, no veríamos las estrellas grandes si no hubiera estrellas pequeñas y no veríamos ninguna si no hubiera oscuridad. Aplicado al Kung Fu, lo anterior se resume en intentar estar en armonía consigo mismo y con el adversario.

¿Bruce Lee, el actor, también filósofo? La verdad suena un poco a Schwarzenegger, gobernador de California. Hay que decirlo: sus películas, de estética sesentera, con una buena dosis de melodrama, actuaciones exageradas, poca profundidad en los personajes, mucha acción y una trama en la que un protagonista bueno derrota a los malos con relativa facilidad, son de culto por ser kitsch y son buenas, precisamente, por ser así: “Si una película como esta fuera dirigida de manera seria, sería un desastre”, escribió el premio Pulitzer de Crítica Roger Ebert en su reseña de Operación Dragón, para cuyo estreno recuerda haber hecho una fila larguísima. Los ensayos de Lee, por el contrario, están escritos con la seriedad y el rigor de quien respeta el taoísmo y con la sencillez de quien ha hecho de él su forma de vida.

Y es que justamente, en este lado del mundo en el que buena parte de la filosofía del siglo XX se caracterizó por encerrarse en una jerga para especialistas, las enseñanzas de Lee –enlatadas y aligeradas en sus películas y mucho más profundas en sus ensayos– cayeron más que bien. Pensemos en los cientos de occidentales que practican Tai Chi o leen el I-Ching en busca de la serenidad que la vertiginosa vida de Occidente se empeña en negar. Lee popularizó la cultura oriental hasta el punto de que hoy una escuela de artes marciales es tan común en cualquier país de Occidente como un restaurante de hamburguesas. En Colombia, por ejemplo, existen ciento veintidós.

Con seguridad no le fue fácil hacerlo. Cuando Lee regresó a Estados Unidos en 1958, el país estaba más que nunca volcado sobre sí mismo. No había nada más fuera del mapa. Lee tuvo que afrontar la vida de un inmigrante pobre. No lo contrataron para protagonizar la serie Kung Fu: la leyenda continúa porque les parecía demasiado oriental y escogieron a David Carradine. Una década después de su muerte, en los años ochenta, las salas de cine en Colombia aún pasaban sus películas como si se tratara de un actor en pleno estrellato. Era solo un reflejo de lo que sucedía en el resto del planeta.

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