The Act of Killing

La gozosa impunidad

Un documental tiene estupefacto al mundo de las artes: The Act Of Killing, la narración de los hechos sucedidos en Indonesia bajo la dictadura de Suharto. Aquí se proyectará en el festival Beeld Voor Beeld de la Universidad Central de Bogotá, pero puede encontrarse en la Red. ¿Por qué ha causado tanto impacto?

2013/08/16

Por Catalina Holguín Jaramillo. Bogotá

Anwar Congo tiene alrededor de setenta años y vive en Indonesia. Es flaco, le gusta bailar y lleva camisas de seda colorida que contrastan con su piel marrón. Anwar es vanidoso, pinta sus canas de un negro azabache y cuando va a entrevistarse con el gobernador de su provincia o el director del periódico regional, reparte abrazos, sonrisas y rememora con nostalgia el pasado. Aquellos viejos tiempos cuando asesinaban comunistas en las oficinas del periódico Medan Post, cuando iba con su libretita llena de nombres de supuestos comunistas a los que extorsionaba, mataba y/o desaparecía, cuando se inspiraba en las películas de vaqueros gringos para innovar en las formas de exterminación. Como este alambre con dos leños atados en cada extremo, dice Anwar. Pero déjame mostrarte cómo lo hacía, insiste Anwar ante la cámara mientras enrolla el alambre en el cuello de un amigo suyo. Ay, tanta sangre que evitábamos derramar con este método. Claro que cuando eran días de masacre usaba pantalones oscuros de tela gruesa. Nada de ropa blanca.

Anwar fue uno de los muchos gánsteres que en 1965 y 1966 participó en una purga que acabó con la vida de más de un millón de comunistas perseguidos durante la dictadura de Suharto. La definición de comunista excedía con creces los límites estrictamente políticos, y se extendía a sindicalistas, intelectuales, campesinos o simplemente cualquiera que se opusiera al régimen militar. Como la dictadura de Suharto solo terminó en 1998 los crímenes nunca fueron condenados y los perpetradores aún se mantienen en el poder. Una de las facciones paramilitares que participó en el genocidio, las Juventudes Pancasila, tiene tres millones de miembros activos, cuenta con el respaldo del gobierno y ejecuta toda suerte de extorsiones y boleteos según explica uno de sus líderes en el documental.

 

La vida de Anwar, de su colega Herman Koto y otros paramilitares de las Juventudes Pancasila constituye el núcleo central del documental The Act of Killing [El acto de matar], dirigido por el norteamericano Joshua Oppenheimer y presentado por primera vez en el Festival de Cine de Toronto a finales del 2012. En palabras del respetado director alemán Werner Herzog, “hacía diez años que no veía una cinta tan poderosa, surrealista y aterradora como esta. Es un hito en la historia del cine”.

En vez de recopilar una serie de entrevistas, Oppenheimer invita a Anwar y a Herman a que recreen los asesinatos y las torturas de los años sesenta. La actuación funciona como método de investigación pero también como herramienta para proyectar lo que los criminales piensan sobre su propia conducta. Al inicio del documental Oppenheimer les muestra las primeras escenas recreadas por ellos mismos pensando que podrían tomar conciencia de sus crímenes. Anwar y Herman empiezan a orquestar una gran producción fílmica con disfraces y maquillaje que incluye interrogatorios, un romance, torturas, la quema de un villorrio, estrangulamientos y uno que otro número musical para divertir al espectador.

Herman, un gordo monumental que ni John Waters hubiera podido soñar, es el proveedor de la sonrisa fácil y del elemento grotesco; entre tanto, Anwar dirige vestuarios y ordena las acciones de los otros actores, que son miembros activos de las Juventudes Pancasila. Es así como The Act of Killing documenta una aberrante fantasía cinematográfica que refleja el triunfalismo del régimen militar de Suharto que se perpetuó durante más de treinta años y que aún mantiene continuidad en sus estructuras militares, económicas y sociales. En otras palabras, la película que producen Anwar y Herman recrea simbólicamente la impunidad y su uso como herramienta de control social y político.

La película dentro de la película igual tiene sus giros. Lo que inicia como una megaproducción orientada a contar el genocidio desde el punto de vista de los asesinos se convierte en un espejo en el que Anwar se mira quizá por primera vez en su vida. Sin aparato jurídico que confrontara a los criminales o una verdad histórica que explicara lo sucedido, los perpetradores nunca tuvieron el chance de pensar qué hicieron y cuáles fueron sus consecuencias. A esto se suma la estigmatización que aún sufren los descendientes de las víctimas y la glamorización del gánster (la palabra en Indonesia para gánster proviene del inglés free man u hombre libre). Uno de los colegas de Anwar, Adi Zukaldry, lo expresa clarito y con el cinismo propio de un político colombiano: “La Convención de Ginebra puede ser la regla moral de hoy, pero mañana tendremos las Convenciones de Jakarta. Los crímenes de guerra los definen los triunfadores. Yo triunfé. A nosotros nos dejaron hacer esto. Y la prueba está en que matamos gente y nunca fuimos condenados”.

Anwar está lejos del pragmatismo criminal de Adi. En una escena de la película imaginaria, por ejemplo, una víctima le da una medalla de oro a Anwar y le agradece haberle enviado al cielo mientras Herman baila vestido de mujer. Paradójicamente, es justo la inocencia legal y moral de Anwar la que le permite entender el extraño ejercicio al que lo somete Oppenheimer. Tras ocupar el rol de un torturado en su propia película, Anwar finalmente pregunta: “¿La gente que torturé realmente se sentía tan mal como yo me sentí”.

Y Oppenheimer, con su característica manera de encarar la verdad, le contesta: “De hecho, ellos se sintieron mucho peor, porque tú sabías que estabas rodando una película. En cambio ellos sabían que los estaban matando”. Y como todo llega en el momento justo, The Act of Killing se presentará el 10 y el 13 de agosto en Bogotá en el festival de documental Beeld Voor Beeld de la Universidad Central. Esperemos que haya sillas suficientes en la proyección para todos los miembros del gobierno, todos los precandidatos al Senado y todos los aspirantes a la presidencia.

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