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La habitación del pánico

Un equipo de cineastas paisas está dispuesto a demostrar que se puede hacer cine de género de calidad en Colombia. Por ello, filmó una película de horror tan prometedora que se están negociando sus derechos en Estados Unidos. ¿Quiénes son?

2010/03/15

Por Juan Carlos González A

¿Cómo puede una película de terror psicológico llenar de esperanza al cine colombiano? La respuesta parece tenerla Juan Felipe Orozco –diseñador gráfico paisa de veintiocho años–, director de Al final del espectro, su ópera prima que se estrenará este mes en simultánea nacional con setenta copias. “En Colombia hay talento, pero falta rigor y profesionalismo. A nosotros nos gusta trabajar”, dice con seriedad. La misma que le sirvió a él y a otros ocho socios para crear Palo Alto Films, la empresa que respalda la película y que logró reunir los mil seiscientos millones de pesos que costó realizarla, a los que deben restarse los trescientos setenta millones obtenidos en la convocatoria de proyectos que realizó Proimágenes y con la que fueron beneficiados.

La idea de hacer un filme viene desde 2003. Juan Felipe y su hermano Carlos Esteban pensaban en hacer un drama, algo a la manera de Estación central. “Ninguno de nosotros esperaba hacer una película de terror”, confiesa. “Somos conscientes de que no íbamos a inventar el género, simplemente queríamos demostrar que es posible tener éxito en Colombia saliéndonos de los esquemas tradicionales”. Un año tardaron ambos en escribir una versión del guión que nunca se filmó, quizá muy denso y lleno de ideas, y que hubo que replantear en dos meses. Vieron que tenían entre manos algo valioso: ahora necesitaban que la gente confiara en ellos. Entonces, entró en escena –proveniente de la banca de inversión– Alejandro Ángel, economista y amigo de la infancia, que empezó a investigar el medio y a diseñar la estrategia que les iba a proveer los recursos necesarios para concretar la película. “La idea de crear Palo Alto Films era dar y reflejar una imagen de solidez ante los posibles inversionistas. No queríamos espantarlos poniéndole un nombre gracioso o desenfadado a la compañía”, cuenta Alejandro. Dejaron de escuchar a los pesimistas de siempre y con un préstamo bancario, la participación de empresarios grandes y pequeños, incluidos familiares y amigos, lograron juntar el capital necesario.

Vino luego el trabajo de preproducción, un rodaje en Bogotá de apenas veinticuatro días utilizando un formato de video de alta definición, y luego una cuidadosa postproducción que elevó la película a 35 mm y la tiene lista a enfrentarse con un público de aficionados al cine de suspenso y terror que la espera con ansias, como parecen demostrar las miles de descargas que tiene su trailer en internet. ¿Le tienen miedo a la respuesta de los espectadores a una película de género? La respuesta es no. Saben que es una película inédita para el público colombiano, pero su estrategia apunta a un mercado global. Al final del espectro no tiene trazas de costumbrismo, de humor criollo, de la violencia política y subversiva que el cine colombiano refleja habitualmente. Tres palabras que se repiten constantemente en el diálogo con Juan Felipe y Alejandro parecen resumir su credo: ambición, trabajo e investigación. Se ven aplomados, sus conceptos lo son. Su filme también es así. Y así es la campaña de promoción que va a acompañar a la película dentro y fuera del país y que los tiene negociándola en Los Ángeles en el American Film Market, tanto para distribuirla en Estados Unidos como en el resto del mundo, e incluso –además– vender los derechos de un posible remake, tarea para la que cuentan con el apoyo de Roy Lee, productor de El aro. ¿Están apuntando demasiado alto? No. Su ambición siempre ha sido presentar el filme en los exigentes circuitos internacionales y saben que tienen un producto con la calidad suficiente para seguir soñando. “Fuimos muy honestos”, anota Juan Felipe. Y eso se nota.

El oficio que este novel director muestra en la dirección de actores y en la puesta en escena dramática no se compadece con su corta –pero exitosa– trayectoria en la realización de cortometrajes. Admirador confeso del cine de Robert Zemeckis y de Spielberg, admite influencias eclécticas de David Lynch, Kubrick, Hitchcock, De Palma y el creador de Oldboy, Park Chan-wook, en una amalgama visual que parece haber sido hecha con las justas medidas. Al final del espectro sorprende por sus actuaciones rigurosas –Noelle Schonwald y Julieth Restrepo se roban toda la atención–, por su escenografía ascética, por ese apartamento laberíntico e imposible que se va cerrando sobre una protagonista de cuya entereza mental dudamos todo el metraje. La atmósfera siniestra del filme la refuerza la cinematografía de Luis Otero y la edición precisa de Germán Garcés, gente que parece con años de experiencia que aún no tienen. Han hecho entre todos una película absolutamente profesional, estemos de acuerdo o no con el cine de terror, y que –antes que pretender ponernos a gritar en cine– busca sacudirnos de lo aturdidos que nos tiene tanto cine baladí y anodino que ha llenado nuestras pantallas, inflado a punta de periódico, para a los tres meses pasar al olvido de nuestra filmografía patria. “Sólo quisimos llenar al cine de un poco de esperanza”, remata Juan Felipe. Los espectadores tienen la palabra.

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