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La habitación: ¿Realidad Vs. ficción?

Una mujer encerrada con su hijo busca la manera de escapar a los abusos de un sociópata. Una película que también habla de descubrir un nuevo mundo y lidiar con los traumas del cautiverio.

2016/02/26

Por Redacción Arcadia

La habitación es una película exigente que compromete al espectador en un juicio de valor que no puede deslindarse el juicio estético. La historia se ocupa del ominoso secuestro que sufre una adolescente norteamericana Joy Newsome (Brie Larson, candidata al Oscar como mejor actriz) por parte de un sociópata que la encierra en una bodega en su jardín en el cual la viola de manera reiterada. Del abuso nace un niño que vivirá los primeros cinco años de su vida encerrado en una especie de mundo protegido. La primera secuencia es elocuente: la voz del pequeño Jack (Jacob Tremblay) dibuja el mundo que ha visto durante toda su vida con una cámara que parece flotar en el cielo. Cuando la cámara retrocede, se descubre que esa escotilla que mira hacia ese lugar es el único contacto que los dos han tenido, tras años encerrados allí, con el exterior.   

De ahí en adelante se inicia la primera parte de una película cuya tensión va creciendo por cuenta de la sensación de encierro de los dos personajes y la aparición del secuestrador ‘el viejo’ Nick (Sean Bridgers). Lo más interesante de dicha sección es la relación que teje la madre con su hijo: la imaginación y la construcción de un relato que ella ha terminado por crear para salvarlo del oprobio de su verdugo. La película se torna asfixiante y la sensación de desahucio de sus personajes la convierten en una dura prueba para el espectador quien comienza a preguntarse sobre las consideraciones físicas y morales de esa terrible prueba de supervivencia. La relación de madre e hijo se torna cada vez más compleja: cuando ‘el viejo’ Nick entra a la habitación, el pequeño Jack está condenado a dormir en un pequeño armario.                     

Quizás en ese juego entre la inocencia de un pequeño niño que ha crecido en un mundo cerrado y que debe comenzar a comprender que todo ha sido un relato inventado para sobrevivir, y el discurso de una madre vejada y violentada hasta la saciedad que se aferra a su hijo con tenacidad, hacen de La habitación uno de los experimentos y películas más notables dentro de las candidatas al Oscar.

La estrategia de Joy de desvelar el mundo real para convertirlo en una posibilidad de escape hace que la película recobre un interés menos abstracto y la atención se centre en sus probabilidades de escape. El escape, finalmente, ocurrirá, recurriendo a una argucia algo inverosímil, pero allí se inicia un segundo relato que, de alguna manera, se vuelve más convencional.

El contacto con ese mundo que solo se entreveía por una escotilla y la fragilidad de sus dos protagonistas que deben aprender a vivir de nuevo, resultan interesantes, pero no suficientes. La película intenta confrontar dos dilemas complejos no sin cierto moralismo: por un lado, la realidad de una mujer que tras ser torturada debe rehacerse a sí misma; y del otro, la del pequeño Jack, que a los ojos de su abuelo Robert (William H. Macey) es inaceptable por ser el hijo de un ser monstruoso.

Es ahí donde la película asfixiante, llena de tensión, de unas posibilidades brutales de exploración psíquicas –ante el horror—encuentra su mayor debilidad: para el espectador resulta cómodo comprender los relatos “basados en la vida real” y abrazar una esperanza que quizás La habitación podría haber explorado más ocupándose más de sus personajes y no del correlato periodístico, familiar y policivo de la historia. En todo caso, como decíamos al comienzo, al intentar esbozar ese juicio estético se atraviesan las brutales historias de torturadores como el de Elizbeth Fritzl, secuestrada por su padre Josef en el sótano de su casa durante 24 años y quien dio a luz a siete niños, cuatro de ellos sobrevivientes y criados por la esposa de Josef. Y uno concluye cuán difícil es a veces juzgar a la realidad con los ojos de la ficción. 

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