La hora del pixel

En Colombia, el cine capturado en video de alta definición está desplazando al tradicional celuloide. Los beneficios del nuevo formato son muchos en un país sin una industria consolidada. Arcadia habló con un analista y un productor sobre el tema.

2010/09/11

Por Diego Montoya Chica

Tal vez el momento más emocionante para un cineasta aprendiz era obturar por primera vez una cámara de cine. Con frecuencia, le tocaba hacerlo en una Bolex Paillard, una pequeña joya suiza fabricada en los años 30. La pupila del joven se asomaba a un pozo largo en cuyo fondo se movía un diminuto mundo fantasmagórico. Encuadraba la imagen y la enfocaba con el esmero de un cirujano. Luego esperaba la señal y, finalmente, presionaba el obturador. Ahí, entre un “¡acción!” y un “¡corte!”, se desataban unos segundos de ese universo paralelo para el que vive un cineasta. El parpadeo de esa locomotora en miniatura lo enamoraba, mientras quemaba la emulsión de una película virgen que sólo se vería después de un complejo proceso químico en un laboratorio.

 

Esta escena, que fue común denominador desde finales del siglo XIX, está siendo reemplazada velozmente por la expansión de la captura en formato de video digital profesional. En Colombia, casi la mitad de las películas estrenadas en los últimos dos años fueron grabadas en este formato. Las razones: el digital acelera la producción y cada vez se acerca más a las cualidades visuales de la película. Pero, sobre todo, es más barato.

 

Para cualquiera de los monstruosos presupuestos de Hollywood, rodar en digital no constituye un ahorro significativo. Pero si se miran las cuentas de una producción colombiana la decisión está resaltada y con signos de exclamación. “Si una película nos cuesta aquí mil millones de pesos —dice Alessandro Angulo, director y productor en Laberinto Producciones—, filmarla en digital puede significar un ahorro de 200 o 300 millones”.

 

Un arquetípico cineasta criollo, quien para sacar adelante un largometraje puede hasta hipotecar su casa, no hace tantas preguntas ante un ahorro del 30%. Porque no son los cerca de 700.000 pesos que cuesta una lata de película lo que encarece las producciones en celuloide. “Es la cámara que se necesita, la gente que se necesita, el tiempo que se necesita, el hecho de no poder repetir tomas porque se tienen pocas latas de película”, explica Angulo, productor de Bluff (2007), un largometraje grabado en High Definition (HD).

 

Como en Colombia no hay laboratorio de revelado, las películas se tienen que enviar a otros países —con frecuencia Estados Unidos, Argentina o Perú. Así, el material vuelve a las manos del realizador solo semanas después del rodaje. El video, en cambio, permite ver el resultado de lo grabado inmediatamente. Si eso se suma a que se puedan hacer muchas más tomas de cada plano, porque no se tienen los estrechos límites de material ‘virgen’ que se sufrían con las latas de cine, el resultado es que los realizadores hoy se acercan más a su ideal plástico y dramatúrgico.

 

En últimas, se acelera hasta la carrera de un cineasta, porque accede a la tecnología mucho más joven. Hace unos años, un director promedio tenía 40 años. “Hoy los directores más interesantes están entre los 25 y los 35. Y eso es porque ya tienen un largo y de ahí para atrás tienen seis cortos”, comenta Jaime Manrique, fundador de Laboratorios Black Velvet, empresa dedicada a la producción y análisis de proyectos y productos audiovisuales. Hace siete años dirige del festival bogotano In Vitro Visual. Y en esa posición, puede ver cómo la cantidad influye sobre la calidad. Al concurso está llegando un récord de 180 a 220 cortos. “Hace cinco años no había esa cantidad. Y si el 5% o 10% de buen cine se mantiene sobre esa cifra, pues tiene muchísimo impacto hacer cien cortos en vez de 20”.

 

Los riesgos del fenómeno son equivalentes a los que presentan los avances y la democratización de la tecnología en cualquier área. Así como la web 2.0 asustó a los periodistas porque le dio a cualquier persona la capacidad de escribir y publicar, la tecnología digital le permite rodar y proyectar a más gente que, de pronto, no está suficientemente educada en el lenguaje cinematográfico. Por otro lado, para los pocos productores audiovisuales de antaño, el digital también desbordó la competencia, pues como dice Angulo: “Ahora debajo de cada piedra hay una productora”. No obstante, puede que, como en el caso periodístico, la democratización presente algunas ventajas sensibles, como que la calidad demandada de los productos audiovisuales sea mayor.

 

Hace cuatro años Angulo vio que las primeras cámaras profesionales de HD permitían usar lentes de cine y cambiar la velocidad de grabación, y que la diferencia entre el cine y la película era casi imperceptible, aún para su ojo profesional. “Yo vi eso en una pantalla, con la misma profundidad de campo del cine, con esa textura y dije: el cine se va a acabar”. Aún no ha ocurrido. Según él mismo, “si antes se podía hacer un 10% de las cosas en video, hoy es un 70%”. Lo cierto es que tanto Angulo como Manrique coinciden en que la cuestión de fondo no es el formato en que esté capturada una imagen sino lo que construye con la tecnología de que disponga. El protagonismo en festivales internacionales de varias de las películas colombianas recientes grabadas en digital dan cuenta de ello, como en el caso de La sangre y la lluvia (2009), grabada con una cámara Red One 4k, una de las más sofisticadas del espectro.

 

Los que pensaron que el arte cinematográfico no sólo era definido por su resultado —la imagen en movimiento—, sino también por la magia artesanal en su realización, estaban, aparentemente, equivocados. Asimismo los cineastas que menospreciaron con soberbia al video, aseverando que éste nunca reemplazaría al celuloide. Es la hora del pixel.

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