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La lección de piano

Es más que célebre en su país: es uno de los referentes del rock en español, ha estado casado con tres divas de la música y el cine de su país, toca el piano como un animal y a pesar del fracaso de su primera película, pronto estrenará la segunda, que promete un nuevo Fito para rato.

2010/03/15

Por Marcelo Panozzo

Un lunes lluvioso de primeros de octubre, un restaurante italiano de la zona de Puerto Madero, una mesa ligeramente resguardada de miradas indiscretas, en un rincón del salón “fumadores” del local. Fito Páez no da muchas vueltas con el plato ni con el vino: lejos del cliché de la estrella que pide ensalada con el dressing “aparte”, el músico argentino mira rápidamente la carta, escucha las recomendaciones del camarero, y la operación enseguida redunda en una pasta y un malbec de los serios. “Si vamos a beber necesito fumar también... ¿molesta?”, había consultado Páez minutos antes, y así fue la noche: varias horas que se hicieron breves por tragos y conversación amable.

En ese punto se encuentra Páez en este momento de su vida. Momento de “refundación” le dice alguien, aserto ante el que no tuerce el gesto, aunque corrige: “No estoy tan seguro. Las cosas... simplemente van pasando”. El músico argentino decíamos más arriba, pero la definición se quedó corta. Aquel lunes lluvioso, sin ir más lejos, quedó atrapado entre el estreno argentino de su segundo film como director (la comedia ¿De quién es el portaligas?) y la presentación en concierto de Rodolfo, su nuevo disco, doce canciones en las que se desnuda hasta defenderse únicamente con la voz y el piano, esos aliados de toda la vida a los que les debía una cita a solas. Aquella noche de lunes estaba relacionada también con otra de las patas de esta “refundación”, o mejor con otra de las “cosas que pasan”: a metros del restorán se encuentra el centenario diario argentino La Nación, en cuyo suplemento cultural, ADN, Páez se estrenó este año como columnista, tocando temas que van de los maravillosos mundos de Prince, David Lynch o Almodóvar, a un pequeño ensayo sobre esas sumas de errores y porfías que muchas veces terminan por transformarse en el “estilo” de un artista.

Así es hoy Fito Páez: un tipo sin vueltas; poco vanidoso; reflexivo y a la vez apasionado; franco y generoso... Cualquiera que tenga ganas de charlar se transforma en colega. Raro, en fin, para un rockstar o para cualquier otro tipo de estrella, refundada o no. Parece estar de vuelta de algo, pero incluso un diagnóstico como ese se diluye de pomposo cuando dice, hablando de la locura ochentista retratada en ¿De quién es el portaligas?: “Estás en el medio de todo esto, no te quejes... Jugá, disfrutalo”.

No se queja Páez. Si no recuerda con ira las críticas que pulverizaron con malas artes su primer esfuerzo como director, el drama político Vidas privadas, protagonizado en 2001 por Cecilia Roth y Gael García Bernal (“Todos tenemos que saber que si nos movemos del rubro en el que el mundo nos puso, eso sale un precio. El famoso derecho de piso”, dice al respecto), mucho menos va a protestar por el cansancio de un momento como este: el Portaligas recibió reseñas muy entusiastas y Rodolfo lo está llevando a agotar una serie de shows en el céntrico Teatro Ópera de Buenos Aires. Y todo (incluida la columna semanal para ADN) vio la luz al mismo tiempo. Pero nada de eso es motivo de preocupación; o como él dice: “Las canciones del disco aparecieron juntas, todas, de un tirón, como si hubiese abierto una canilla, y justo en el momento en el que estaba terminando la película. Lo que traté de hacer fue no asustarme, enfrentar el asunto. ‘Bueno, ok, llegás de nueve horas de trabajo, quedate trabajando nueve horas más, no pasa nada’. Además, todo lo que iba saliendo ahí en el piano me interesaba, cosa poco habitual en mí. En general hacés y tirás, hacés y tirás, hacés y tirás, hasta que algo te impacta”.

Anuncia que tras la comida (y tras el malbec, digámoslo, y de un par de grappas en plan social y digestivo), volverá a casa a tocar el piano; tres, cuatro horas, hasta el amanecer. Se propuso presentar Rodolfo solo con su piano (el mismo piano que ocupa un lugar central en el living de su casa), y eso lo obliga a adaptar una buena parte de sus viejas canciones, de modo tal de armar un repertorio enjundioso. ¿Por qué el piano? Dice que venía desarmando a los grandes de la música popular a golpes de piano: agarraba a los argentinos Charly García o Atahualpa Yupanqui, a Caetano Veloso, a Bob Dylan, a Stevie Wonder. Sentarse al piano con una canción de algún master y darle y darle hasta dejarla desarmada ahí, al alcance de la mano, nota por nota, para entender el mecanismo, el trabajo por detrás de la iluminación, que siempre está. A la vez, el repertorio constituía un recorrido por su educación sentimental. “¡La educación sentimental, sí! Pero mientras muchas veces volvés a tocar las canciones que te gustan más o menos, como te las acordás, acá se trataba de estudiar las canciones, trabajar muy en concreto con sus estructuras. Fueron cuatro años, quizás más, de trabajo que hice muy concreto y muy callado: llegás a tu casa y te ponés a tocar como quien se pone a estudiar, justamente. Horas. Y empezás a ver que hay autores e intérpretes que han hecho las cosas muy en serio: João Gilberto, Caetano, Atahualpa… Son de una precisión acojonante”.

Parte de ese cúmulo de imprecisiones a las que obliga este Fito modelo 07, que en su combinación de hiperactividad y calma descoloca, tiene que ver con su relación con las mujeres; con todas en general y con algunas en particular. Páez es hoy capaz de responder con calma, con más ideas que datos, incluso divertido, a las preguntas más rosas y amarillas sobre su vida sentimental. Unido a la cantante Fabiana Cantilo y luego separado; a la actriz Cecilia Roth y también separado, y tras haber roto con la actriz Romina Ricci (las dos últimas, las madres de sus hijos, Martín y Margarita), su última pareja conocida, Páez se convirtió en carne de la prensa del corazón por mero cálculo probabilístico: estuvo en pareja con tres mujeres famosas, puede estarlo perfectamente con una cuarta. ¿Está solo? ¿Hay alguien a su lado? ¿Sí? ¿No? ¡Qué importa! “El amor no es solamente vivir con alguien en una casa; también hay otras cosas. Mucha gente intenta hacer una suerte de revisión en plan chismorreo sobre este tipo de cuestiones. Y si de algo me voy dando cuenta ahora, a los 44 años, es que los hijos te obligan a cambiar los puntos de vista”.

El cantante-director-columnista no le rehúye al asunto, pero lo que tiene para decir ahora mismo está bien claro en Rodolfo y en ¿De quién es el portaligas? En el disco hay una canción llamada El cuarto de al lado, que habla explícitamente de una ruptura que jamás será definitiva ni completa en tanto en ese “cuarto de al lado” están los hijos. Y la película apenas si esconde debajo de su abrillantada piel de comedia vertiginosa una idea de familia enorme, que incluye a todos aquellos que amamos en la vida, a todos los que estuvieron cerca y merecen seguir estándolo. “La llegada de los hijos les da calidad humana a las relaciones, en el mejor sentido posible –dice–. Me ayudó a comprender mejor a esas dos personas, Cecilia y Romina, con las que viví cosas maravillosas y con las que todavía estoy viviendo cosas maravillosas. Tu vida pasional por supuesto que es importante, pero… menos. ¡Menos! Eso también confirma ciertos valores de uno, ligados a la solidaridad, al cariño, a la comprensión. El disco dice eso en un momento… ‘Las vidas que no vivimos juntos, las miradas que esquivamos, las mentiras que dañaron. Nada nos importará si es amor.’ La experiencia vital nos obliga a hacer inflexiones sobre nuestros propios puntos de vista. A no sostenerlos con tanto ahínco pasional y narcisista”.

¿De quién es el portaligas? es una comedia de enredos ambientada en Rosario, ciudad natal de Fito, ubicada en la década del 80 y centrada en la relación de tres amigas. Fito nació en el 63, como bien supo cantar en aquel disco debut, titulado justamente Del 63 y alumbrado en 1984, con 21 años recién cumplidos. ¿Por qué volver con la película a los fluorescentes ochenta? “Cómo mostrar los 80 fue un dilema. Y una respuesta a la que llegamos, y que nos dejó muy conformes, la aportó Jorge Ferrari, director de arte de la película: aquella era una época en la que cada dueño de casa o cada habitante de una habitación propia, de entre 15 y 30 años, más o menos, era un director de arte. El director de arte de su propia vida. Había una lámpara, una mesa, una cortina y una pared pintada, y eso ya era algo. Y eso pasaba en Buenos Aires, en Madrid, en Rosario, en Tokio. Esa década es reconocible por eso. Lo que más me gustó de hacer la película fue el vértigo y el recuerdo de todo aquello”.

La década de División Miami, Lech Walesa, Cyndi Lauper y Volver al futuro también está marcada por esas mujeres de la vida de Fito (“somos solo un par de mujeres aburridas”, cantaba Fabiana Cantilo en aquel entonces), y las chicas del portaligas se engañan, se pelean, entran en coma, salen del coma, se tirotean con malhechores, ponen cuernos a sus maridos, pero al final están irremediablemente juntas. Las chicas del título están encarnadas por Ricci, Julieta Cardinali y Leonora Balcarce, cabezas de un elenco repleto de cameos, guiños, citas y actuaciones deliciosas. Las tres amigas de la ficción, ya grandes, no tienen más remedio que asumir que son familia, que son inseparables y que la vida es así. Apurando la grappa de la despedida, antes de saludar en mitad de la calle desierta y mojada, y prometer nuevos encuentros y otras cosas que se prometen solo a deshoras, Páez dice: “Me parece importante la idea de la amistad, que pase el tiempo y que la gente siga junta por lo esencial. A lo mejor a quien tiene 20 años esto no le interesa en lo más mínimo. Es muy posible. Pero esos son los temas que me ocupan ahora”.

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