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La seriedad de la carne

Ha sido llamado el rey del horror venéreo. Pero ese es solo un apelativo más para un hombre que se ha dedicado a indagar en los aspectos menos sublimes del cuerpo. Cuando David Cronenberg asegura que la belleza va por dentro, no se refiere exactamente al alma...

2010/03/15

Por Manuel Kalmanovitz G.

Después de Shivers, su primer largometraje, echaron a David Cronenberg de su apartamento en Toronto. La casera era una solterona octogenaria que había leído en un periódico una crítica horrenda a la película y, como excusa para echarlo, le dijo que al darle el apartamento no sabía que él hacía esa clase de películas. “¿Qué clase es ‘esa clase’?”, preguntó él. “De la clase pornográfica”, dijo ella.

Treinta y tres años después, David Cronenberg es uno de los directores más importantes del cine angloparlante, un invitado constante en el Festival de Cannes, polémico presidente de su jurado en 1999, creador de películas incómodas, a veces asquerosas, a menudo trágicas, pero siempre interesantes. Y hasta ahora no ha dirigido su primera película porno.

Pero esa era otra época. Era 1975; era Toronto, una ciudad conservadora, reprimida, protestante, y Shivers era una película sobre parásitos que atacaban a los habitantes de un moderno bloque de apartamentos en Montreal, convirtiendo a sus portadores humanos en unas bestias libidinosas e insaciables, sensuales como babosas e igual de inconscientes.

A pesar de la reacción de su casera, al ver Shivers ahora es claro que, más que estimular la libido de los espectadores, la película buscaba señalar que había algo extraño, posiblemente aterrador, en ese descontrol. Y desde este presente de adicciones sexuales y pornografía cotidiana, la película tiene algo casi premonitorio (y hay otro par de sus películas de las que puede decirse lo mismo).

El cuerpo es la principal preocupación de Cronenberg. El cuerpo y la extrañeza que siente la mente al verse atada a músculos, huesos y tendones. Para no hablar de enzimas, hormonas, páncreas e hipotálamos. La fascinación es declarada por uno de los gemelos ginecólogos de Death Ringers que se queja de la inexistencia de concursos de belleza para órganos internos. Para el hígado más perfecto, el bazo, la vesícula biliar… (Una versión perversa de ‘la belleza está por dentro’).

En un libro de entrevistas, Serge Grünberg, un periodista de Cahiers du Cinemá, le preguntaba a Cronenberg si le había pasado algo particular con su cuerpo para darle esa sensibilidad. “Son las experiencias de la mayoría. El sexo, claro, pero también la comida. Comer. Defecar, tener problemas con los oídos, la cera en los oídos (…) No es nada más exótico que la vida normal de cualquiera. La diferencia, creo, es que soy muy consciente de eso y que le encuentro un valor metafórico, mientras para la mayoría es apenas una molestia”.

Así que, en realidad y como sucede a menudo, no hay ninguna explicación de por qué las películas de Cronenberg son como son. O, mejor, por qué Cronenberg tiene los intereses que tiene. Hijo de una familia clase media, Cronenberg nació en Toronto en 1943. Su padre era escritor y su madre enseñaba piano. Cronenberg empezó a estudiar guitarra clásica, pero la abandonó a los 22 años. Al graduarse de la escuela comenzó a estudiar Ciencias, pero también abandonó y terminó graduándose de Literatura en la Universidad de Toronto.

Le dijo a Grünberg que cuando todavía estaba en la universidad y antes de interesarse por el cine, pensó que le gustaría ser un novelista desconocido. Escribir un par de novelas que desaparecerían hasta caer en manos de alguien que quedaría “encantado que esta persona rara hubiera escrito estas quizás tres novelitas extrañas que nunca fueron populares y que casi nunca se encontraban”.

Pero cayó en el cine. En la universidad se enteró de las actividades del Filmmaker’s Coop, una cooperativa de cine independiente de Nueva York que tenía una amplia gama estilística y que incluía desde las películas abstractas y autobiográficas de Jonas Mekas o Stan Brakhage, hasta los documentales de los hermanos Maysels o los melodramas descabellados de los hermanos Kuchar. De ahí vino la idea, improbable y absurda, de hacer cine en Toronto en una época en la que el cine canadiense no existía.

Hizo dos mediometrajes en 35 milímetros y después Shivers, recibida con desprecio por la crítica (y por su casera, como dijimos antes) pero con relativo éxito económico. En esa época la industria cinematográfica canadiense comenzaba a tomar forma con incentivos tributarios —lo que también explica la indignación del crítico que no se explicaba cómo usaban dinero de los contribuyentes en eso.

Con la bonanza vinieron Rabid, con la ex estrella porno Marilyn Chambers, Fast Company, una película de carros de carreras que es la única “no Cronenbergiana” de sus películas, aunque sí tiene muchas tomas de motores funcionando, y luego Scanners, con sus memorables cabezas explosivas.

Videodrome, la segunda de sus películas con visos premonitorios, vino luego. Y después pasó algo extraño: le comenzaron a ofrecer proyectos de Hollywood y Cronenberg, en vez de plegarse a los requerimientos de la industria, comenzó a usar esta plataforma para seguir investigando su peculiar inquietud por el destino del cuerpo.

Porque la obsesión de Cronenberg tiene la ventaja de ser al mismo tiempo amplia y limitada. Es un subtexto que se puede colar por toda clase de géneros, desde los dramas de pareja (Death Ringers), hasta las películas de horror (La mosca), o de ciencia ficción (eXistenZ, su tercera película premonitoria), o de acción (Una historia de violencia), o a tragedias basadas en hechos reales (M. Butterfly) o exploraciones de la locura (Spider).

De hecho, casi cualquier cosa que no sea una comedia puede servirle de base a una de las investigaciones de Cronenberg, porque su sensibilidad particular no tiene límites de género. Por eso también parece resultarle imposible ‘venderse’ aunque antes del estreno de Una historia de violencia en el Festival de Cannes bromeó con los periodistas de que por fin lo había hecho.

Porque eso parecía: era una adaptación de una novela gráfica adolescentosa, llena de buenos-buenos y malos-malos, con tiroteos y peleas y una pareja de estrellas de cine tirando en una escalera. Pero el resultado, claro, fue más allá. Detrás de esos estereotipos hay una aguda disección de los mecanismos que crean primero y luego satisfacen la sed de violencia de los espectadores.

En su nueva película, Eastern Promises, se reencuentra con Viggo Mortensen, que es en cierta medida el complemento ideal para Cronenberg, con esos ojos sensibles y vivos, en medio de un cuerpo hiperatlético (y exhibido acá a fondo en una de las peleas más largas y memorables del cine, en un baño turco, encima).

La trama en Eastern Promises, como en Una historia de violencia, tiene algo esquemático: una partera (Naomi Watts) recibe un niño de una muchacha rusa agonizante y, tratando de localizar al padre del bebé, termina enredada con la mafia rusa.

Pero, de nuevo, hay más de lo que parece y la película se convierte en una reflexión sobre la separación entre los criminales y la gente común, sobre cómo, en cierta medida, es posible que haya mundos que apenas se tocan entre sí y que aún así se necesiten mutuamente.

Es una visión más taoísta que protestante, aunque Cronenberg sostiene ser simplemente ateo. Hablando de su película, le dijo al semanario Newsday: “No creo en el cielo; pienso que el cuerpo humano es el primer hecho de la existencia. Si matas a alguien, es un acto de total destrucción. No hay cielo; creo que alguna gente racionaliza el matar pensando que la gente se irá al cielo o se reciclará kármicamente. Lo que digo es ‘no, hay que tomárselo más en serio’”.

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