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Las carcajadas del señor Brooks

Uno de los más geniales humoristas de la historia del cine, Mel Brooks, acaba de cumplir 70 años de carrera. Y sigue creyendo que nada hace reír más que mirar el mundo con la suficiente atención.

2010/03/15

Por Ricardo Silva Romero

Lo peor que ha hecho el comediante Mel Brooks no es tan malo como parece: las tres últimas películas cómicas que dirigió, las fallidas ¡Qué perra vida! (1991), Las locas aventuras de Robin Hood (1993) y Drácula: muerto pero feliz (1995), están plagadas de chistes que no dan en el blanco, pero siempre que uno las repite, y está a punto de pensar “no hay nada que hacer: Mel Brooks hizo sus mejores películas en los años setenta”, se ve sorprendido por escenas estupendas que recuerdan que vivir es esencialmente ridículo. “Si ves el mundo con suficiente atención, tu siguiente paso será empezar a reírte”, dijo Brooks el pasado 24 de julio, a los 83 años, vestido con un blazer negro, una corbata anaranjada y unos pantalones grises, y rodeado, en la ciudad de Los Ángeles, por un puñado de miembros de la Academia de Artes y Ciencias de Hollywood que se morían por celebrar su carrera. “En la vida abunda la comedia”, agregó.

Es por eso, porque no queda más que reírse, que Brooks cumple 70 años como humorista. Todo comenzó cuando acababa de cumplir 14, en Williamsburg, en Brooklyn, donde había nacido con el nombre Mel Kaminsky. “Debuté en el mundo del espectáculo en el papel principal de una pequeña obra cómica titulada El tío Harry”, una de esas farsas que se montaban para los turistas neoyorquinos que pasaban las vacaciones en Catskill, “pero las cosas no salieron bien cuando me quité la barba y la peluca para hacer reír al público”, y la representación se convirtió en una de las parodias que lo acompañarían desde entonces. “Tuve que correr por mi vida: el director Joe Dophin, enfurecido porque no le había consultado ese cambio en el libreto, me persiguió con un cuchillo en la mano a través de tres resorts repletos de gente”.

Se refugió en los clubes de variedades que empezaban a volverse populares a principios de la década del 40. Y, a pesar de un mánager que trataba de separarlos (“ya sabes cómo son los mánagers”), consiguió transformarse, por 50 dólares semanales, en uno de los alimentadores de chistes del monstruo que transformaría el humor de la televisión norteamericana: Sid Caesar. Brooks se enlistó en el ejército cuando cumplió 18 años. Fue a la guerra. Y pasó cuatro meses en la Alemania derrotada (“mi título era Observador de artillería”) antes de regresar a su trabajo en la tras-escena del programa cómico de Caesar. Ver el mundo en ruinas le confirmó que la mejor batalla que podría librarse era la comedia. Y que de todo podía hacerse una parodia. Se le fueron 15 años escribiendo, junto con gente como Carl Reiner, Neil Simon y Woody Allen, los sketches geniales del show de Caesar.

Y entonces, a comienzos de los sesenta, sintió que había demasiadas ridiculeces en el planeta. Y que ahora prefería decirlo por su cuenta.

Para empezar, montó su propio stand-up comedy para reírse de las grandes estrellas de Hollywood. A continuación, en 1963, al tiempo que convencía a la actriz Anne Bancroft de que se convirtiera en su segunda y última esposa (lo fue hasta que murió, en sus brazos, en junio de 2005), Brooks se burló de esa nueva ola de “sofisticados artistas del cine” en un corto animado titulado El crítico. En 1965 se inventó, junto con el mismo Buck Henry que más tarde escribió el guión de El graduado, la gran parodia de las historias de espías de la guerra fría: la comedia televisiva El Superagente 86. Y en 1968 se mudó al cine con una sátira negrísima llena de personajes tan despreciables como conmovedores, esa incómoda comedia titulada Los productores, que lo hizo merecedor del Premio Óscar y lo obligó a reinventarse una carrera como autor de películas absurdas.

Fue en el cine en donde se volvió Mel Brooks: guionista, productor, director, actor, compositor en chiste. Lo peor que hizo, en sus 40 años de cineasta, no fue del todo malo. Lo divertido, Spaceballs (1987), La loca historia del mundo (1981), High Anxiety (1977), Silent Movie (1976), consiguió momentos de antología: el Darth Vader de gafas que tiene que quitarse el casco para no morirse de asfixia, el Moisés que rompe cinco de los 15 mandamientos de la ley de Dios, las palomas que lo cagan, como temibles pájaros, para reírse del cine de Hitchcock, y la única palabra que se pronuncia, un “no” dicho por el mimo Marcel Marceau, en su famosa película muda. Y lo verdaderamente bueno se ganó, muy pronto, el rótulo de “clásico”: una votación del American Film Institute, de 2005, eligió a Blazing Saddles (1974), Los productores y El joven Frankenstein (1974) como el sexto, el undécimo y el decimotercero de los cien mejores largometrajes cómicos de la historia.

A Mel Brooks se le han ido los últimos 15 años, desde su largometraje final, en lo mismo en lo que se le fueron los primeros: burlándose desde la trasescena. La diferencia ha sido, por supuesto, que se ha reído de todo como lo hace un poderosísimo productor de Broadway: el musical que él mismo creó a partir de Los productores, que más tarde se convirtió, a su vez, en una entretenida película, es, para poner un ejemplo, uno de los espectáculos más exitosos en la historia del teatro neoyorquino. Tiene sentido, pues, que la Academia de Artes y Ciencias de Hollywood celebre su paso por el mundo de las películas: no vaya la gente a olvidar que Brooks despertó, despierta y despertará algunas de las carcajadas más sonoras de la historia del cine.

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