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Las hijas de Ciudad de Dios

Los principales festivales internacionales de 2008 ponen al cine de Brasil otra vez en la cima, reforzados por casos de alta taquilla en el país –entre ellos, el éxito de la polémica película ganadora del Oso de Oro en Berlín, Tropa de elite. ¿Señales de un momento histórico o un cuento de carnaval más?

2010/03/15

Por Camila Moraes

Una de las máximas brasileñas por excelencia es que “en Brasil, el año solo empieza después del carnaval”. Pues en 2008, por lo que se vio hasta ahora, esta regla definitivamente no se aplica al cine nacional. Si 2007 fue considerado un año de películas medianas, cifras poco satisfactorias –el número de entradas para producciones nacionales representó 11,1% del total, mientras en Colombia la misma relación fue del 14%– y ningún éxito rotundo en festivales internacionales, este año el trabajo empezó temprano y resultó en un panorama distinto que, después de solo cuatro meses, promete poner al cine brasileño otra vez en la cima.

Haciéndose un conteo de atrás hacia delante, el clímax de esta historia coincide con el 58º Festival de Berlín, en febrero: la polémica Tropa de elite, película del hasta entonces documentalista José Padilha (Ônibus 174) que estrenó oficialmente en Brasil en octubre de 2007, después de aproximadamente un millón de copias piratas vendidas y de incontables downloads igualmente irregulares en internet, vence el premio máximo del certamen con un jurado presidido por el respetado cineasta franco-griego Constantin Costa-Gravas. Después de diez años exactos de la importante victoria de Estación central (Walter Salles, 1998) en el mismo evento, que es considerado uno de los más importantes de Europa al lado de Cannes y Venecia, Brasil sale cargando un nuevo Oso de Oro y causando conmoción en el séptimo arte.

“Una monótona celebración de la violencia gratuita que funciona como una película de reclutamiento de seguidores fascistas”, en palabras de Jay Weissberg para la Variety, y “excelente y original”, con un buen “equilibrio entre los aspectos de ficción y documental”, de acuerdo con el Berliner Zeitung, Tropa de elite narra con indiscutible calidad técnica episodios del conflicto entre narcotraficantes y policía en las favelas de Río de Janeiro. El punto de conciliación entre tantas diferencias de opinión está en que la producción tuvo buen respaldo del público brasileño: 2,43 millones de espectadores desde su estreno, sin contabilizarse, claro, los DVD piratas. La película ya fue vendida a diversos países –entre los cuales está Colombia, con estreno anunciado por la productora brasileña Zazen para el 11 de abril– y será transformada en serie televisiva por el canal Globo, el más grande de Brasil.

Pero el certamen alemán no es todo dentro de la ya anunciada nueva ola brasileña. Mercado conocido por sus puertas cerradas a películas de habla extranjera, los Estados Unidos finalmente acogieron de brazos abiertos en el comienzo de este año al cine made in Brazil. Fueron tres estrenos simultáneos los que ocurrieron el 25 de enero, seguidos por otros dos en febrero. Primero, llegaron El año en que mis padres salieron de vacaciones (Cao Hamburger), el candidato brasileño a los Óscar-2008 que se quedó entre los nueve finalistas de mejor película extranjera, A casa de Alice (Chico Teixeira), un drama familiar de pocas acciones, difícil de moverse en un mercado dominado por Hollywood, y Tropa de elite, con su fotografía perfecta y acción garantizada. Después, Cidade dos homens (Paulo Morelli), hijo directo de las labores previas y posteriores a la creación de Ciudad de Dios, y el celebrado documental Santiago (João Moreira Salles).

“El hecho de haber un estreno simultáneo de tres películas brasileñas, seguidas de otras dos, en Estados Unidos es realmente único en la historia. Es algo crucial para el país y para toda Latinoamérica, sobre todo porque son películas muy diferentes entre sí”, opina Sandro Fiorin, de la distribuidora FiGa Films, de Los Ángeles, especializada en cine latino e independiente. Sandro, brasileño radicado en los Estados Unidos hace veinte años, es distribuidor de A casa de Alice, que sigue en cartelera en el país con 90% de las críticas positivas y ya tiene fechas de estreno en Cuba, México, España, Francia y Grecia. “El cine brasileño viene llamando la atención en el escenario internacional hace algunos años. Creo que eso tiene que ver con la situación económica del país y con la política de apoyo a la producción. De todas maneras, hay mucha esperanza, no solo para el Brasil, sino para toda América Latina”.

Bien en casa, mejor fuera

Mientras en Brasil se celebran las buenas taquillas, como la de Tropa de elite, en los festivales internacionales el cine brasileño es el asunto del momento. Tras haber llevado trofeos en la mayoría de eventos celebrados hasta ahora –en Cartagena, El año en que mis padres salieron de vacaciones se llevó el premio de la crítica especializada; Santiago se ganó la 25ª edición del Festival de Miami; Estómago (Marcos Jorge) salió vencedor del 11º Festival de Punta del Este, en Uruguay; y, finalmente, en Guadalajara, la producción Brasil-Uruguay El baño del papa salió victoriosa en la sección ibero-americana–, Brasil se vuelve ahora uno de los protagonistas de Cannes.

En el importantísimo festival francés, que tendrá lugar entre el 14 y el 25 de mayo, se esperan cuatro estrenos brasileños en las diferentes muestras competitivas del evento, además de una exhibición especial en la playa. Entre las novedades, la más esperada es Blindness, la nueva película del director de Ciudad de Dios, Fernando Meirelles –una adaptación de Ensayo sobre la ceguera, el libro del portugués José Samarago, premio Nobel de Literatura en 1998.

Sin embargo, si se confirma en la selección de este año (la selección oficial sale a principios de mayo), Blindness no entrará como producción brasileña, ya que fue hecha en su mayor parte con patrocinadores de Canadá y Japón –de paso, tuvo un presupuesto de 25 millones de dólares–. Genuinamente brasileñas, si cabe, sí son Linha de passe, de Walter Salles y Daniela Thomas; Feliz natal, del actor Selton Mello, que ahora estrena como director; A festa da menina morta, otro estreno de un exitoso actor detrás de las cámaras, Matheus Nachtergaele, y un documental sobre los músicos que fundaron la escuela de samba Portela, en Río de Janeiro, con narración y guión de la cantante Marisa Monte y dirección de Lula Buarque de Hollanda y Carolina Jabor –que se exhibirá en la playa.

La herencia

En la misma línea de Ciudad de Dios, que retrata la violencia de la favela, en donde niños cargan armas, o apuntan hacia otras temáticas, las películas brasileñas que conquistan público y premios hoy son herederas directas del éxito mundial de Fernando Meirelles.

Ciudad de Dios es un hito del cine brasileño y mundial: fue éxito de público en Brasil (3,3 millones de espectadores) y de taquilla en el mundo (US$ 27 millones de recaudación total); recibió nominaciones en cuatro categorías del Oscar en 2003 (Dirección, Edición, Fotografía y Guión Adaptado); y entró para el selecto grupo de las cien mejores películas del mundo según la revista norteamericana Time y también para la selección del periódico inglés The Guardian como uno de los títulos que deben verse antes de morir. Pero la trascendencia del film se mide en realidad por el cambio que produjo dentro de la tradición cinematográfica del país y de la influencia que ejerció sobre obras posteriores. Según el investigador brasileño Ismail Xavier: “CDD, sigla por la cual se tornó conocida la película, estableció un nuevo modelo de verosimilitud para el cine brasileño”.

Esa teoría se explica en un reportaje del crítico Ricardo Calil para la revista brasileña Bravo!: “En sus buenos y malos momentos, las películas nacionales estaban aferradas a una tradición teatral, alegórica, de diálogos exagerados. Ciudad de Dios contrapuso un nuevo modelo audiovisual: registro ultrarrealista de un escenario social degradado, con interpretaciones naturalistas y diálogos improvisados por actores aficionados”. Además, contribuyen para esta nueva verosimilitud “la utilización de locaciones reales y un estilo de rodaje que emula el documental. A eso se suma un estilo pop, que puede ser sentido en la fotografía de colores saturados y en la edición frenética”.

Es por eso –la propuesta de un cambio estético real e importante– que Ciudad de Dios no sólo logro transformar el cine brasileño, sino que también influenció directamente películas de otros países (como, por ejemplo, Man on fire, de Tony Scott; Sucker free city, de Spike Lee; y Tsotsi, de Gavin Hood, que se ganó el Oscar por mejor película extranjera en 2006). Sólo nos queda esperar que la nueva ola sea igualmente provocadora y permanente – y no un cuento más de carnaval.

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