Daniela Abad, cortesía de Revista Diners/E. Duperly; Clare Weiskopf, en 'Amazona'; Natalia Orozco, crédito: Pablo Andrés Monsalve Mesa / Semana; Natalia Santa, crédito: Iván Herrera; Camila Loboguerro, crédito: Guillermo Torres / Semana; Marta Rodriguez, cortesía Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte.

Tampoco en el cine las mujeres representarán a Colombia en Francia

La retrospectiva de cine colombiano que se presentará desde el 30 de noviembre en la Cinemateca Francesa es una nueva ocasión para debatir sobre la mirada recortada y estática con que algunas instituciones hacen circular la producción cultural, y sobre cómo esa mirada reproduce viejas exclusiones.

2017/11/14

Por Pedro Adrián Zuluaga

El 30 de noviembre próximo la Cinemateca Francesa inaugurará la retrospectiva Le Cinéma Colombien: Hier, aujourd‘hui, demain (El cine colombiano: ayer, hoy y mañana), una de las últimas actividades del año cruzado Colombia-Francia. El bloque central de esa retrospectiva lo conforma un programa con siete directores colombianos, nacidos alrededor de la década de 1980, invitados a presentar una película suya y una película colombiana del “pasado”. Lo que en principio parece un bonito ejercicio de intercambio generacional que invita a pensar el cine colombiano como una tradición (y a ir más allá de esa idea de que no tenemos pasado), reitera una mirada centralista, eurocéntrica y conservadora sobre nuestro cine, lastrada por ficciones raciales, de género y clase social que es urgente cuestionar.

Los siete cineastas invitados al programa de nuevo son todos hombres: César Acevedo, Ciro Guerra, Felipe Guerrero, Franco Lolli, Rubén Mendoza, Nicolás Rincón Gille y Óscar Ruiz Navia. Son, además, todos blancos (aunque claro, lo racial es un discurso y una ficción, no un hecho) y, salvo que me corrijan, todos heterosexuales, y todos pertenecientes a esa incierta clase media colombiana que en medio de todas sus ambivalencias se las ha arreglado para conservar el saber sobre unos medios de expresión que permiten representar al otro: traer al centro del relato a un excluido que no puede –porque supuestamente no sabe– representarse a sí mismo. Estos siete cineastas escogieron como influencias del pasado, siete películas que, salvo el caso excepcional de Chircales (codirigida por Marta Rodríguez y Jorge Silva), son todas dirigidas por hombres.

No es posible desconocer la asimetría histórica con la que las mujeres han participado en la azarosa producción de cine colombiano. Es un hecho que el primer largo de ficción dirigido por una mujer es de la década de 1980 (Con su música a otra parte, de Camila Loboguerrero). También es un hecho, menos conocido, que la participación de la mujer en la producción documental está mucho más consolidada y que nombres como los de Marta Rodríguez y Gabriela Samper son ineludibles. Pero lo que resultaba inobjetable en el pasado no corresponde con el dinámico presente de un cine colombiano donde la participación de la mujer crece no solo en cantidad sino en calidad. Una retrospectiva, en un lugar tan emblemático como la Cinemateca Francesa y que pretende dar cuenta del presente y del futuro del cine colombiano, pero que desconoce o confina a la mujer a un lugar marginal y secundario, merece ser vehementemente cuestionada. No se trata de exigir cuotas o apelar a los chantajes propios de lo que el crítico Robert Hughes llamó la "cultura de la queja", sino de exigirles a las instituciones culturales –colombianas y francesas – implicadas en la conformación de estos programas miradas más precisas e informadas sobre lo que está pasando en el cine hecho por colombianos y colombianas.

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Con relación a esta muestra y a las muchas otras actividades desarrolladas en el marco del año Colombia-Francia, tanto Claudia Triana como Adelfa Martínez, directoras de Proimágenes Colombia y de la Oficina de Cinematografía del Ministerio de Cultura respectivamente, coincidieron en afirmar que se trató de selecciones hechas por las instituciones francesas.  “Fue una curaduría totalmente realizada por los responsables de cada uno de los espacios que las exhibieron o que lo harán hasta diciembre. El Ministerio de Cultura y Proimágenes Colombia participaron como facilitadores de estos curadores franceses y envíamos más de cien posibilidades de películas disponibles atendiendo sus requerimientos hasta que finalmente tomaron sus decisiones”, dijo Triana. “Las temáticas, la selección de las películas y los invitados fueron definidos por cada una de las organizaciones en Francia de manera autónoma”, agregó Martínez. 

Ahora bien, la disponibilidad de las películas, mencionada por Claudia Triana, no es un hecho neutral. Que las películas estén o no disponibles también responde a patrones de inclusión o exclusión con motivaciones ideológicas. Se trata de un círculo. Las películas están disponibles porque un aparato institucional conformado, entre otros, por curadores, programadores, festivales, funcionarios, gestores y críticos las hacen circular. Por eso es indispensable oxigenar las formas de legitimación para que generen nuevas patrones de difusión.

En la amplia presencia de cine colombiano en Francia, durante el segundo semestre del año, no es que no haya habido trabajos dirigidos por mujeres. Entre el 31 de octubre y el 7 de noviembre, el Forum des Images presentó una muestra enteramente dedicada a documentalistas, pertenecientes a “tres generaciones de mujeres y sus miradas intimistas, poéticas y comprometidas”. El problema de estas muestras donde las mujeres lucen confinadas a un gueto específico es que extienden la idea de que la mirada de la mujer es particular (intimista, poética) mientras la del hombre es universal.

Por su parte, el Festival de Amiens, entre el 10 y el 18 de noviembre, le hizo un homenaje a la documentalista Marta Rodríguez; y el colectivo El perro que ladra, en la que fue a mi parecer la mejor de las actividades realizadas con el apoyo del año Colombia-Francia, presentó entre el 11 y el 17 de octubre un panorama del cine colombiano que sí se destacó por una mirada diversa y extendida sobre la actualidad del cine colombiano. Claro, en este último caso, la curaduría sí estuvo a cargo de colombianos. Sin ánimo de agitar banderas chovinistas, lo que revela la selección de películas de la próxima muestra en la Cinemateca Francesa es una visión estancada sobre el cine colombiano, filtrada por el trabajo previo de todo ese marco institucional del que se habló antes (festivales, programadores, críticos, funcionarios). En la retrospectiva de la Cinemateca se presentarán trabajos de corta duración de Natalia Imery Almario, Marcela Gómez y Paula Ortiz Gónima. Pero esa presencia marginal está lejos de hablar en la justa medida del trabajo de las mujeres en el conjunto del cine colombiano actual.

2017 ha sido un año clave en ese emerger de las mujeres en la dirección, tanto de documentales como de ficciones. En febrero, Juanita Onzaga ganó el Premio Especial del Jurado de la sección Generation de la Berlinale con su corto The Jungle Knows You Better Than You Do. En marzo, el documental El silencio de los fusiles, dirigido por Natalia Orozco, inauguró el Festival de Cine de Cartagena. En mayo, Natalia Santa con La defensa del dragón, participó en la Quincena de Realizadores de Cannes. En julio, Atentamente participó en la Competencia Internacional del prestigioso FIDMarseille. En septiembre, Laura Mora estrenó mundialmente su segundo largometraje, Matar a Jesús, en el Festival de Cine de Toronto. En este mismo festival, la artista y cineasta Laura Huertas Millán presentó su cortometraje La libertad.

Y no se trata solo de un empujón o legitimidad que venga de afuera. En los últimos años muchas mujeres colombianas han estrenado comercialmente sus largos en las salas colombianas. Puedo mencionar algunas: Daniela Abad (Carta a una sombra, en codirección con Miguel Salazar), Patricia Ayala (Don Ca y Un asunto de tierras), Lina Rodríguez (Señoritas y Mañana a esta hora), Josephine Landertinger Forero (Home-El país de la ilusión), Clare Weiskopf (Amazona, en codirección con Nicolás Van Hemelryck).

Estas mujeres y estas películas se integran a una tradición del cine colombiano que se enriquece con sus aportes. Estas directoras, con seguridad, también han sido afectadas o marcadas por películas colombianas del pasado. ¿No valdría la pena haberles preguntado, o tan solo a una de ellas, por su relación con esa tradición? ¿O preguntarles cómo se ubican ellas frente a un cine nacional construido la mayor de las veces desde un lugar patriarcal? No es este el lugar para indicar si la mirada femenina es distinta a la masculina. Pero sí para cuestionar la presunción de que uno de esos “lugares de enunciación” (el masculino) sea la norma y lo universal, mientras el otro, el femenino, siempre parezca particular, subordinado, contingente.

El problema de la retrospectiva próxima en la Cinemateca Francesa no es solo que reitere el canon del cine colombiano, pues tal canon existe. Lo incómodo es que (sin un seleccionador o curador responsable que se haga cargo de lo que escogió) esa selección de películas canónicas parezca algo natural, normalizado, un hecho dado e inmodificable.  Ese canon ha sido conformado por manos humanas. En él hay películas buenas, regulares y malas. En lo que se excluyó de esta muestra de la Cinemateca hay nombres y carreras que tienen tantos logros y fracasos como los de los incluidos, porque nuestro cine es embrionario (y disculpen la embarazosa metáfora maternal). La única exclusión no es la de las mujeres, tal vez solo sea la más visible. Mantener el cine colombiano en las fronteras de un oden masculino, racializado, heterosexualizado y clasista puede responder a trazos históricos como las que menciona el director del Louvre cuando afirma que existen “razones antropológicas que impiden mostrar más mujeres”, pero aquí y ahora esa ficción de homogeneidad es de una ceguera imperdonable.

Que este recorte venga de una visión europea o de una frivolidad colombiana, poco importa. El eurocentrismo no tiene fronteras. Puede darse en Bogotá tanto como en París, o en cualquier lugar donde unos pocos se sientan el centro del mundo a costa de la exclusión de unos muchos. No creo que los funcionarios y/o seleccionadores de aquí o allá hayan actuado de mala fe. Pero quizá peor que la mala fe es la rutina y la comodidad, porque normaliza la exclusión, la violencia simbólica.

Estos desfases entre la institucionalidad y la realidad de lo que están produciendo los artistas lleva también a pensar en el sentido mismo de estas iniciativas culturales como el año Colombia-Francia, que cargan detrás un fuerte peso colonial. Como lo afirma Juana Suárez, autora de Cinembargo Colombia: ensayos críticos sobre cine y cultura: “me pregunto por qué seguimos teniendo ‘jornadas cruzadas’ con los decadentes imperios. Me interesaría más una jornada cruzada, un año cruzado, algo curado/cruzado con países africanos, asiáticos, incluso latinoamericanos, que compartan traumas e historias similares a las de la Colombia reciente; países que hayan tenido que pensar procesos de guerra y reconciliación, tráficos ilegales, fenómenos de exilio, inxilio y desplazamiento. Pero seguimos pensando que Francia es el centro del universo, la fuente que emana cultura, los que dan el patrón y canon de lo estético... seguimos cargándolos como en ‘El Paso del Quindío’, haciéndoles la corte, paseándolos a nuestra espalda por todo lado”.

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