El director y artista Julian Schnabel ha dirigido películas como "Basquiat" y "La escafandra y la mariposa".

Las vidas excesivas de Julian Schnabel

Además de ser uno de los artistas más famosos —y ricos— del mundo y un premiado director de cine, es también conocido por sus excentricidades y pedantería. Schnabel es amigo íntimo de celebridades, propietario de un ostentoso palacio en Manhattan y solo se viste con pijamas y faldas. Recordamos al excéntrico director con este perfil hecho por Felipe Restrepo.

2010/03/15

Por Felipe Restrepo Pombo

La noche antes de su muerte, Jack Schnabel le pidió a su hijo menor, Julian, que lo bañara. A los 92 años, sufría de un cáncer de próstata terminal y apenas podía moverse. Mientras lo limpiaban, el viejo comenzó a llorar: no podía controlar su miedo. Era febrero de 2004 y en ese momento Julian, un artista mundialmente famoso, entendió que él, al igual que su padre, estaba aterrado con la muerte. Al día siguiente, después del entierro, se encerró en su estudio frente a la playa, en Montauk, cerca a Nueva York. Y decidió hacer una película basada en un guión que había recibido unos meses antes. “Para exorcizar ese sentimiento en mí y en mis hijos: para perder el miedo a la muerte”, cuenta Schnabel, cuatro años después, desde la suite 325 del hotel Ritz en París.

El guión, escrito por Ron Harwood, era una adaptación del libro La escafandra y la mariposa, publicado en 1997 por Jean Dominique Bauby, el editor de la revista Elle en Francia. Bauby lo escribió mientras estaba en una cama del hospital de Berck, completamente paralizado. Había sufrido un accidente cerebro-vascular que lo dejó inmóvil, únicamente con la capacidad de controlar su párpado izquierdo: una condición que los médicos definieron como síndrome “Locked-In”. Sin embargo, Bauby estaba completamente lúcido y, gracias a la ayuda de una terapeuta de lenguaje, encontró la manera de comunicarse a través de su parpadeo. De esa forma y con mucha paciencia, logró dictar un conmovedor libro: una suerte de reflexión desde su prisión corporal. Bauby murió tres días después de que el libro se publicara y se convirtiera en un éxito inmenso.

La historia era perfecta para Schnabel: “Quería contar cómo este hombre, en medio de la enfermedad, ideó una actividad, un trabajo, que le permitió aferrarse a la vida. Se dedicó a escribir. Y el acto de escribir, esa forma de crear, fue su manera de no quedarse atrapado. Veo el arte como una de las maneras más efectivas de afrontar la inminencia de la muerte”.

Dicen que la genialidad y la modestia van siempre de la mano. Entonces Julian Schnabel es la excepción que confirma la regla. Al fin y al cabo no todo el mundo dice a los treinta años: “Estoy más cerca a Picasso de lo que cualquiera va a llegar”.

Nació en Brooklyn, en octubre de 1951, en una familia de origen judío. Su padre era vendedor de carne y viajaba constantemente por Estados Unidos, a veces acompañado de su hijo. Cuando Julian cumplió catorce años, su familia se mudó a Brownsville, Texas. Ahí, el joven Schanbel solo parecía interesarse en tres cosas: el arte, el rock y el surf. Cuando cumplió veinte años se fue a vivir a Houston, donde estudió artes visuales. Luego, a principios de los setenta, viajó por primera vez a España, donde quedó deslumbrado por los maestros de la pintura española y, sobre todo, por Picasso.

Con estas influencias en mente, regresó a instalarse en Nueva York. Llegó en un momento en el que la pintura era vista con cierto desdén: los nuevos medios y el arte conceptual se habían apoderado de la escena artística. Pero a Schnabel no podía importarle menos: comenzó a experimentar, pintando sobre lienzos de grandes superficies —de más de treinta metros cuadrados—, o sobre materiales atípicos, como terciopelo, tapetes viejos y pieles de animales. También comenzó a depurar una técnica que estaba a medio camino entre la escultura y la pintura: armaba obras a partir de platos rotos. En el día, y para sobrevivir, trabajaba como taxista.

No duró mucho en ese trabajo, por supuesto. Porque su enorme ego no se lo permitía y porque, a los 27 años, presentó su primera exposición individual en la galería Mary Boone. Con su colección de cuadros monumentales fabricados a partir de fragmentos de platos, mandó al diablo al mundo del arte. Le dijo adiós al minimalismo, a las obras conceptuales y a las instalaciones. Schnabel entendió como nadie el espíritu de los ochenta y su afán por el exceso. Su obra, que el mismo definió como neoexpresionista, empezó a cotizarse en el mercado. Sus cuadros se vendían en millones de dólares.

Sus excentricidades también se hicieron célebres. Schnabel llegaba a lugares como Studio 54 o The Factory vestido con faldas estampadas y camisas hawaianas o con pijamas de colores llamativos, batas de seda y pantuflas. Su tamaño, barba y melena despeinada ayudaban también a que nunca pasara desapercibido.

A los 30 años ya había cumplido su sueño de juventud. Y aún faltaba más: publicó una autobiografía, fundó una banda de rock y se organizaron retrospectivas de su obra en Londres, París y Dusseldorf. Todo parecía indicar que Schnabel se convertiría en el último gran pintor estadounidense del siglo XX, en el heredero natural del linaje de Edward Hopper, Jasper Johns, Willem De Kooning, Mark Rothko y Jackson Pollock.

Un ojo se abre y todo es confuso. Los primeros quince minutos de La escafandra y la mariposa son casi insoportables de ver. La cámara se sitúa desde la perspectiva de un hombre que acaba de despertar de un largo coma. La imagen es borrosa. Oímos su voz y sus gritos de auxilio, pero nadie más lo escucha. Poco a poco entendemos qué está pasando: estamos dentro de la cabeza de Jean Dominique Bauby. Y es una sensación sofocante.

Es curioso que un hombre como Schnabel, lleno de energía vital, haya decidido hacer una película sobre la inmovilidad. Pero fue justamente ese reto lo que más lo entusiasmó: “Quería mostrar la transformación de Bauby en la pantalla sin ser aburrido o cursi. Así que inserté imágenes que no necesariamente se conectaban con su discurso. Por ejemplo, cuando decidí poner imágenes de avalanchas de nieve o de glaciares derritiéndose en el mar de Alaska. Quería que el espectador se conectara con ese espectáculo visual y lo asociara con lo que sucede en la imaginación de Bauby. Algo que es desconcertante y retador, pues hay que hacer un esfuerzo. Odio las películas que te dan todo masticado y que te sientas a ver sin cuestionarte nada”. Y la apuesta valió la pena. En su presentación oficial, durante el festival de Cannes de 2007, la película recibió una ovación de veinte minutos y le valió a Schnabel el premio al mejor director. Un reconocimiento a su valentía como creador, pero también la prueba de que la cinta convenció al difícil público francés.

Lo que no era una tarea fácil. La escafandra y la mariposa fue un best seller en Francia y el público de ese país no vio con buenos ojos que un director estadounidense la llevara a la pantalla grande. Schnabel estaba consciente de eso y se empeñó en hacerla en su idioma original. Él no hablaba una sola palabra de francés, pero rodó con actores franceses, en la habitación del hospital donde Bauby estuvo e, incluso, con las enfermeras y médicos que lo atendieron. “Me siento cercano a Bauby en muchas formas diferentes. Y creo que todos lo estamos de alguna manera, porque somos prisioneros de nuestro cuerpo. Pero él fue afortunado en el sentido que pudo vivir dos veces: antes de su accidente y después. Él tuvo la suerte de poder quitarse una venda y darse cuenta de qué era importante en su vida, como dice en uno de mis momentos favoritos de la película”, cuenta el director.

Pero Schnabel no puede quejarse de su propia suerte.

Cuando se encontraba en su mejor momento y era uno de los pintores más respetados de su país, su carrera se vino abajo. Lo que en un principio fue novedoso y espectacular de su obra, comenzó a volverse repetitivo. En los noventa, dejó de lado sus platos rotos y se concentró en la escultura y en la intervención de espacios arquitectónicos, fotografías y tablas de surf. Pero la crítica —que nunca lo vio con buenos ojos— lo destrozó: “Schnabel no puede detenerse, no puede callarse, incluso a pesar de que no hay nada detrás de la tormenta de su supuesta ‘energía’. Sus mezclas histéricas son una prueba de su desesperación”, escribió alguna vez el periodista Jonathan Jones en The Guardian. Así, su obra empezó poco a poco a desprestigiarse. Hasta que el cine le permitió —como a Bauby— vivir una segunda vida.

En 1996 dirigió Basquiat, una cinta inspirada en la vida del artista neoyorquino Jean-Michel Basquiat. Y aunque la película tenía un elenco de primera —David Bowie, Dennis Hopper, Gary Oldman, Benicio del Toro, Christopher Walken y Willem Dafoe, entre otros— el resultado fue irregular. Sobre todo porque daba la impresión de que Schnabel utilizaba la figura de Basquiat para hacer una película con sus amigos más cool. En 2000 presentó Antes que anochezca, otra cinta biográfica de un artista atormentado, el poeta cubano Reinaldo Arenas. Esta vez con un resultado totalmente diferente: la película fue muy exitosa y le valió varios premios. Entre ellos la primera nominación al premio Óscar para su protagonista, el español Javier Bardem.

La escafandra y la mariposa fue la confirmación de su talento como director. Además del premio en Cannes, le valió una nominación al Óscar como mejor director y una larga lista de reconocimientos. Pero, sobre todas las cosas, le permitió volver a ser protagonista. Así, por ejemplo, en un reciente arrebato de exhibicionismo, presentó su nueva excentricidad: un palacio de 15.000 metros cuadrados que se mandó construir en el Greenwich Village. Schnabel compró un edificio abandonado de siete pisos, lo remodeló, pintó su fachada de rosa y lo bautizó “Palazzo Chupi” —Chupi es el apodo de su esposa española, Olatz López Garmendia—. Ahí tiene un penthouse repleto de muebles de diseño, antigüedades y obras de Picasso, Francis Picabia y Man Ray. Y, en medio de todo, varios de sus cuadros favoritos: los suyos. Los demás apartamentos los han comprado Madonna, Richard Gere, Johnny Depp y Bono —todos íntimos amigos de Julian— por sumas que están entre los quince y cincuenta millones de dólares.

Su nuevo proyecto cinematográfico es un poco más sobrio, pero también monumental. “Conozco muy bien a Lou Reed, somos grandes amigos. Un día me contó que no había tocado en vivo su disco Berlín en más de 30 años. Porque fue un disco incomprendido en su momento. Así que lo convencí de que hiciéramos juntos un concierto en el que él tocara de nuevo ese trabajo y yo filmara. Pero era una gran responsabilidad para mí, porque él temía que fuera de nuevo un fracaso. Entonces creé un set especial: rodeado por varias de mis pinturas. Mi hija Lola filmó unas escenas con la actriz francesa Emmanuelle Seigner en Nueva York, que se proyectaban en una pantalla al fondo. Fue un trabajo en grupo, con un resultado muy conmovedor”, cuenta. El documental, llamado Lou Reed’s Berlin será estrenado a final de año.

Schnabel está aprovechando al máximo su buen momento. Porque, como buen surfista —y oportunista—, quiere mantenerse en la cresta de la ola.

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