Laurie Anderson, en una sesión de fotografía en Roma, en 2013 / Foto: Simone Cecchetti / Cobris.

Heart of a dog, un documental de Laurie Anderson

Anderson es una de las figuras icónicas del underground en el Nueva York de los años setenta. Pionera de experimentos electrónicos junto a John Cage o Frank Zappa, artista, performer, compañera de Lou Reed, estrenó hace pocas semanas un documental en el que reflexiona sobre su perra, el amor y la soledad después de la muerte de sus seres más queridos.

2015/11/20

Por Pedro Samper* Nueva York

A Lou le habría encantado estar acá con nosotros”, dice Laurie Anderson minutos antes de que se estrene su documental Heart of a Dog (Corazón de perro) en la edición número 53 del Festival de Cine de Nueva York. “La película es sobre nuestra perra –dice, y tras un silencio–: muchos de ustedes eran sus amigos”.

Sobre los espaldares del teatro se asoman, en su mayoría, cabezas de pelo blanco. Las luces se apagan y en la pantalla se proyectan animaciones en tinta negra sobre papel: trazos, las hojas de un árbol, el viento que las mece, acompañadas de un cuarteto de cuerdas. Luego el dibujo de la artista, menuda y sonriente, con el pelo parado, nos relata un sueño: tras un parto en el cuarto de un hospital, el médico le entrega la criatura que acaba de parir y, envuelta en la sábana, Anderson descubre a su perrita Lola Belle. El sueño avanza y Anderson recuerda que el parto de su perra fue algo planeado días atrás, cuando les pidió a los cirujanos que abrieran su barriga para dejar ahí a la fox-terrier, ya adulta, aunque la perra se opusiera y forcejeara, y en el cuarto del hospital se armara un “gran reguero”. “Bienvenida –le dice–, te amaré por siempre”.

Sobre esta idea se construye el documental, una reflexión de Anderson sobre su vida, la historia de Lola Belle, el atentado del 11 de septiembre y la manera budista de enfrentar la muerte; en otras palabras, como ella misma lo explicó en la ronda de preguntas tras la proyección: la película es su “filosofía de vida”.

Una generación

Laurie Anderson (1947) nació y creció en Wayne, Illinois, en el seno de una familia numerosa. Durante su infancia estudió violín, hacia el final de los sesenta se graduó de Historia del Arte en Barnard College, en Nueva York, y luego obtuvo una Maestría en Escultura de la Universidad de Columbia. En 1980 recibió un doctorado Honorífico del Art Institute de San Francisco y, en 1982, una beca Guggenheim en el área de Arte y Video. En 2003 fue la primera artista residente del programa de artes de la Nasa y en 2004 hizo parte de la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos en Atenas.

Anderson es mejor conocida por su obra musical –ha lanzado siete álbumes y más de diez sencillos–, pero ha incursionado en la escritura, el dibujo, el video y el documental. Por eso cabe mejor en la categoría de performer, y esta no es ninguna sorpresa si consideramos el ambiente artístico del que se nutrió: John Cage componiendo obras musicales silenciosas, Chris Burden crucificándose a un Volkswagen, Warhol imprimiendo series de latas de Campbell, todos haciendo honor a la máxima de Duchamp según la cual todo puede ser arte.

Entre las primeras obras de Anderson se encuentra una mesa que emite sonidos a través de la madera. Solo quien se inclina y lleva las manos a sus oídos puede oír la música. Luego inventó el violín de arco de cinta reemplazando el pelo de caballo por una cinta magnética; el resultado eran sonidos de voces y bongós. Su primer performance consistía en conducir una sinfonía de cláxones en un drive-in en Vermont, y en una de las obras mejor recordadas, Duetos en el hielo, tocó el violín parada sobre un bloque de hielo hasta que se derretía.

La obra O Superman la hizo popular cuando alcanzó, en 1981, el segundo lugar en las listas de radio del Reino Unido. Una cinta reproduce a Anderson diciendo “ha…ha…ha…ha”, mientras sonidos de sintetizador, de cuerdas y de pájaros cantando tejen gradualmente una atmósfera ominosa. La voz robotizada de la artista lee algunas palabras: “Oh Superman. Oh juez. Oh mamá y papá”, y a esto se suman sonidos cotidianos intercalados con mensajes crípticos: “Esta es la mano, la mano que recibe, ahí vienen los aviones, los aviones americanos”. En estas líneas se condensan algunos de los temas recurrentes en su obra: la política, la maternidad y el amor: “Porque cuando se va el amor siempre queda la justicia, y cuando se va la justicia siempre queda la fuerza, y cuando se va la fuerza siempre está mamá. […] Sostenme, madre, en tus brazos largos; sostenme, madre, en tus brazos automáticos, tus brazos electrónicos, tus brazos químicos, tus brazos militares”.

Lola Belle

De vuelta en el documental, nos enteramos de que Lola Belle fue adoptada luego de que una pareja divorciada la abandonara. Al envejecer perdió la vista y Anderson le abrió una cuenta en Facebook, le consiguió un profesor budista y una entrenadora y terapeuta que le enseñó a cantar, pintar y tocar el piano. La perra dio conciertos, grabó sus propios temas. En el documental la vemos en blanco y negro frente a un piano y un micrófono presionando las teclas y ladrando con cierta noción de ritmo y forma musical. Una cámara atada a su cabeza nos muestra su perspectiva mientras huele a otros perros y atraviesa los charcos en las aceras y las calles populosas del suroeste de Manhattan.


Lola Belle, la perra de Laurie Anderson y Lou Reed, protagonista del documental.

La voz de Anderson relata cómo, en septiembre de 2001, cuando las Torres Gemelas se desplomaron, el sur de Manhattan quedó cubierto por un manto de ceniza. Durante días la ceniza blanca permaneció entre las ranuras de las aceras, en los aleros de las ventanas, en las nervaduras de las hojas en los parques. De un momento a otro, los aeropuertos se llenaron de soldados y las esquinas de la ciudad de cámaras. Anderson resultó víctima de la paranoia: al regreso de un viaje fue esposada porque las autoridades confundieron sus violines experimentales con artefactos explosivos. “La vida solo puede entenderse hacia atrás”, dice citando a Kierkegaard mientras en la pantalla se despliegan imágenes de las calles cinéreas, de cámaras de seguridad, “pero debe ser vivida hacia delante”.

Cuando era niña, jugando en una piscina, Anderson intentó un salto mortal y, en vez de caer en el agua, cayó con la espalda sobre el borde de concreto y se fracturó la columna en dos. Al despertar podía ver y oír, pero no hablar, y un hombre le dijo que no volvería a caminar. Voluntarios fueron al hospital a leerle historias de conejos y granjeros, pero Anderson venía de leer a Dostoievski y Dickens; las historias para niños le eran indiferentes. Descubrió que estaba en el mismo cuarto con niños quemados, podía oler su piel, oír sus quejidos, los veía desaparecer y escuchaba a las enfermeras limpiando su rastro sin hablar jamás de ellos: historias omitidas.

Lou Reed

Son pocas, o nulas –a excepción de un par de fotos– las menciones de Lou Reed en Heart of a Dog. Pero la vida de Anderson, su obra y su documental no podrían entenderse sin mencionar al que fue su compañero de vida. Aunque ambos vivían en Nueva York, se conocieron en Múnich, en 1992, cuando fueron invitados por el compositor y multinstrumentista John Zorn al festival Kristallnacht, que conmemoraba La noche de los cristales rotos. Reed le pidió que leyera mientras él tocaba con su banda. Meses después se encontraron en Nueva York para inspeccionar y comprar micrófonos y accesorios musicales electrónicos y esa tarde comenzaría la que sería la relación más significativa en la vida de ambos. Tocaron juntos, se criticaron, estudiaron meditación, cazaron mariposas y dominaron la técnica para remar kayaks. Dejaron de fumar 20 veces, pelearon, cantaron ópera en ascensores, consiguieron a Lola Belle, “se protegieron y amaron el uno al otro”. Decidieron casarse mientras conversaban espontáneamente por teléfono una tarde en 2008 y al día siguiente estaban en Colorado celebrando con sus amigos.

Reed luchó contra una diabetes y contra una hepatitis C que luego se volvió un cáncer en el hígado; recibió un trasplante fallido del órgano y Anderson estuvo a su lado hasta el último momento. Lo apoyó mientras él practicaba tai chi y trabajaba en sus proyectos de escritura, fotografía y música, procurando seguir las instrucciones de su maestro de meditación, en especial la que ordenaba “aprender a sentirse triste sin estar triste”. El último día en casa, Reed se levantó a contemplar la intensa luz de la mañana. Más tarde, en la cama, ella lo sostuvo en sus brazos. Sintió muy de cerca cómo él, con los ojos muy abiertos y las manos en la posición 21 de tai chi, perdió el miedo de irse y dejó tranquilamente de respirar.

“Toda historia de amor –dice Anderson citando a David Foster Wallace– es una historia de fantasmas”, en otra de las citas que, como faros, orientan sus reflexiones a lo largo del documental. Es hacia el final que nos enteramos de que, tras Reed, Lola Belle y la madre de Anderson también murieron. Cuando supo que su madre estaba enferma, el pasado invierno, Anderson descubrió que “no la amaba” y, sin embargo, trató de llegar hasta su lecho de muerte para expresarle que la había querido. Una nevada se lo impidió. No pudo despedirse. En ese momento, el silencio invade el documental. Después de la nieve vemos imágenes en sepia de olas boca arriba, la voz explica las instrucciones que da el “Bardo Thodol”, un fragmento del Libro tibetano de los muertos, a quienes viajan al más allá: hablarles, gritarles al oído que están muriendo, porque de todos los sentidos, es el del oído el que más tarda en colapsar. Pero Laurie Anderson no les grita, les susurra: “Camino acompañada de fantasmas”, canta, y entonces confirmamos lo que hemos intuido: Heart of a Dog es la catarsis de Laurie Anderson, el diagrama de su soledad ahora que tres de los seres más cercanos a su corazón se han ido. “¿Y la muerte?”, se pregunta en una reflexión que ahora sí le pertenece enteramente, “creo que la muerte es la liberación del amor.”

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