El FICCALI va del 10 al 14 de noviembre.

"El público colombiano solo quiere ver 'Sábados Felices' en cine"

El FICCALI inicia la noche del 10 de noviembre con la proyección de la película 'Campo Grande' de Sandra Cogut. Antes de la que promete ser una exitosa apertura, varios de los directores invitados dieron cortas entrevistas sobre sus obras.

2016/11/10

Por Santiago Serna Duque

La productora de campo definía el tiempo de los interrogados. Decía: “Cata, cada uno tiene diez minutos y que pase el siguiente” y la entrevistadora asentía con la cabeza en respuesta de aprobación. El sofá rojo recibía a los invitados del octavo Festival Internacional de Cine de Cali, dirigido por Luis Ospina. Juiciosos, concluían la entrevista en el tiempo indicado. A preguntas directas, respuestas cortas, en medio de un lenguaje televisivo alejado por completo del profundo y paciente estilo narrativo que permite la ficción.

El festival reúne a figuras del cine independiente mundial. Su lema: ofrecer al público caleño un compendio de películas eclécticas que conforman una programación molotov. Sobre el auditorio del canal Telepacífico -testimonios de cine en la televisión-  desfilaron desde realizadores nacidos en Medio Oriente (Irán, Irak) hasta oriundos de México y Colombia. Es el primer día del festival y se siente una calma chicha que promete, en los próximos días, detonar la fiebre cinéfila plantada, y ahora, cultivada por Ospina y su combo caleño.

Sobre cine, el porqué de sus historias y las dificultades de grabarlo -tan comunes en un cine colombiano masoquista- hablaron cuatro de los directores invitados. Estas son sus palabras.  

Abbas Fadhel, Irak. Patria (Irak, año cero)

Venía de terminar mis estudios en Francia y la guerra promovida por Bush parecía inminente. Me pregunté: ¿qué puedo hacer para estar con mi familia?, pues tenía miedo que ellos murieran en medio del embate norteamericano, así que tomé mi cámara y viajé a Irak para grabar imágenes que dejarán una huella consciente de aquella tragedia.

Con este documental quería darle un rostro a mi pueblo, porque Irak, como Colombia, se reduce a un cliché violentista. El principal motivo para que algunos de los protagonistas fueran mis familiares era que ellos me tenían confianza y eso les permitía ser fieles a la realidad. Es realmente complicado que las decisiones estéticas del cine no ficción se exhiban a través de un rodaje inalterado -Godard decía que todo documental tendía hacia la ficción-, pero se puede hacer lo posible para que los personajes sean veraces, por tal motivo hice un casting entre mis allegados, para escoger los que se expresaban naturalmente.

Esa verdad del relato levantó ampollas entre la sociedad norteamericana. Cuando mostré mi película en Nueva York, en medio de un público progresista, que estaba en contra de la guerra pero no la entendía, caló hondo ese drama tan ajeno. Su imaginario irregular, construido por largometrajes como Francotirador de Clint Eastwood y los informes televisivos, adquirió nuevos ángulos en los que importaba más la cotidianidad de las víctimas, que las declaraciones de Sadam Husein o Bush.

Yulene Olaizola, México. Epitafio

Mi película está basada en el libro “La historia verdadera de la conquista de la nueva España”. Adaptando algunos párrafos, casi crónicas, cuento la historia de tres conquistadores españoles que escalan hacia la cima del volcán Popocatépetl -superior a los 5400 metros de la altura- en una misión impuesta por Hernán Cortés.

La cinta propone un análisis que acentúa la vida de personajes, que si bien es cierto perpetraron varias matanzas en contra de los indígenas, también tenían motivaciones loables como individuos.  Es evidente que muchas personas en México se han tomada a mal la cinta porque creen que es una apología a la conquista española, y que nosotros, como realizadores, estamos defendido esas posturas. No es así, el problema es que en el cine mexicano no hay suficientes obras que narran la historia del otro bando, sin caer en la obviedad del mal.

En términos de producción la película fue un trabajo de exigencia física, cargado de experiencias vivas, pues para hacerla nos tuvimos que convertir en alpinistas. Gracias a la ayuda del director de fotografía Emiliano Fernández, quien es alpinista profesional y escalador, grabamos las escenas en un terreno dominado por él. Pero conforme ascendíamos, el paisaje se volvía un territorio monocromático, donde al hacer cima todo era completamente blanco. El volcán fue la única locación (no hay un solo interior), y narrar la historia de forma dramática fue complejo, porque la trama recae sobre los tres personajes.

Víctor Gaviria, Colombia. La mujer del animal

Todas mis películas han sido construidas a partir de un conjunto de testimonios. En el caso de La mujer del animal, hablé con una señora víctima de un marido violador y brutal. Fue entonces cuando me sentí en la obligación de contar una historia de vida que pocos creían, algo común en esta sociedad del silencio. La moral de mi cine se refleja en el compromiso que tengo con las personas que me cuentan sus vidas sin tapujos, y que en la mayoría de casos, sus problemáticas parten de algo tan simple como comerse un plato de comida.

En Colombia, el cine que muchas veces se torna frívolo, se ha ido transformando gracias a realizadores como Rubén Mendoza (La sociedad del semáforo) o Iván Gaona (Pariente). Son directores que entienden la importancia de emplear un buen lenguaje a la hora de hacer cine: saben manejar el guión, son juiciosos en la narrativa y respetan las virtudes de los personajes.

Lamentablemente películas como La tierra y la sombra, El abrazo de la serpiente, Pariente, Siembra se pierden por la ignorancia de un público tan estúpido que solo parece querer ver a Sábados felices en formato cine. Es inverosímil cómo pésimas películas alcanzan millones de espectadores y otros trabajos finos, como los nombrados anteriormente, solo algunos miles.  

Homer Etminani, Irán. Inmortal

Inmortal narra la vida de Cosme Peñate, un hombre que vive en la playa de Puerto Colombia. Su trabajo consiste en recoger los cadáveres, en su mayoría víctimas del conflicto armado colombiano, que la corriente lleva a la costa. Esta es una película que desde su guión se sale de todos los cánones. Con el apoyo de la Universidad del Atlántico y en un ejercicio casi individual -soy el director, productor, fotógrafo- hice un largometraje que le apuesta al nuevo lenguaje narrativo hecho de forma independiente, pero que busca un espacio en el sistema, para que se exhiba en salas del país.

Este tipo de cine está en una época donde busca encontrarse consigo mismo, pero aún no tiene las facultades para ser considerado arte, debido a su juventud. Por ahora lo podríamos reconocer como buenos textos ilustrados por la imagen. Ahora bien, esa costumbre, de llamar cine a todo lo que que se muestra en las salas es equivocada. Ese tipo de películas son mero entretenimiento. El cine como expresión artística se mueve en otros parámetros.

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