Escena de La red social, los actores Jesse Eisenberg y Rooney Mara interpretan una pelea entre Zuckerberg y su supuesta novia.

Los extraños niños de hoy

Se ha convertido en un fenómeno de taquilla en todos los países en los que se ha estrenado, y el 26 de noviembre llega a Colombia. Se escriben cientos de artículos sobre ella en toda la prensa mundial. Es Red social, la película que narra la creación de Facebook. ¿Por qué tanto alboroto?

2010/11/18

Por Ricardo Silva Romero

Es tiempo de reconocer que Facebook es la vida real: que en Facebook, como en cualquier lugar del planeta, están las relaciones personales, los hechos, las voces interiores, los peligros, los negocios. Cuesta entenderlo del todo. 500 millones de personas están ahí, viviendo sus dramas, desde que se levantan hasta que se acuestan, pero para muchos sigue siendo una noticia de última hora. Si se creció entre redes sociales, si Napster suena, por ejemplo, a historia patria, Facebook no es más que una realidad. Si se pertenece a alguna de las generaciones anteriores, que construyeron sus identidades para protegerse de la sociedad, crecieron con la obsesión de hacerse un nombre en sus campos de trabajo y tuvieron que sobreponerse al miedo para lograr lo que lograron, es común sentir que estar en Facebook es perder el tiempo: jugar un juego inventado por los extraños niños de hoy, entregarse por completo a la decadencia de las sociedades consumistas, correr más riesgos de los necesarios.

 

Red social, la fascinante película sobre la fundación de Facebook que se estrena el 26 de noviembre en Colombia, afectará en especial a aquellas generaciones que se vieron obligadas a acostumbrarse a internet: a los que éramos mayores de edad cuando recibimos el primer e-mail. No acaba ni con nuestros temores ni con nuestros prejuicios. Pero sí, a partir de un cuidadoso retrato del inventor de aquella red, nos da la oportunidad de reflexionar sobre el fenómeno. Y nos prueba que detrás de este mundo tan nuevo se encuentra la motivación más vieja de todas: la esperanza de ser correspondido.

Red social es, sobre todo, un perfil justo del hombre que inventó Facebook a los veinte años: Mark Zuckerberg. La gente que lo conoce, que por estos días da declaraciones a diestra y siniestra a publicaciones como The New Yorker y The Wall Street Journal, lo describe idéntico al personaje que Jesse Eisenberg interpreta en la película. Vivió una infancia feliz. Su familia tuvo claro, desde el principio, que era un genio de los computadores. Microsoft le ofreció millones de dólares por un reproductor de música inteligente que creó cuando estudiaba en la Phillips Exeter Academy, pero él los rechazó con la excusa de que prefería ir a la universidad. Ya en Harvard, en el dormitorio H-33 de Kirkland House, puso en internet todas sus fantasías de hacker hasta que —dándoles la espalda a tres compañeros de universidad que lo contrataron para montar una red estudiantil— llegó a la idea de Facebook.

 

Hoy, según Forbes, cuenta con una fortuna de 7 billones de dólares. Pero es un simple muchacho de 26 años. Se lleva bien con su familia. Tiene la misma novia, la médica Priscilla Chan, desde hace más de siete. Viven en arriendo en una casa que a nadie le importa. Les gustan las películas de Pixar.

 

Zuckerberg habla como un robot: lanza frases cortas, tipo mensaje de texto, en tono impasible. A su inteligencia fría, semejante a la de los músicos o los matemáticos en cuanto establece conexiones, asimila lógicas y reconoce secuencias a toda velocidad, le cuesta interpretar las situaciones humanas. Es amable pero disfuncional. Es inescrupuloso pero no entiende del todo cuál es el sentido de un escrúpulo. Trabaja todo el tiempo a toda hora. Según dice su perfil en su propia red social, le gusta Shakira, ama el minimalismo y quiere ver menos jerarquías en el mundo. Desprecia el autoritarismo. No le interesa el dinero: Terry Semel, el antiguo presidente de Yahoo!, suele contarle a la prensa que en 2006 Zuckerberg se negó a venderle el portal por un 1 billón de dólares. “Enriquecerme no es mi meta”, dijo.

 

Zuckerberg de verdad cree que el objeto de su empresa, avaluada hoy en 32 billones de dólares, es “convertir al mundo en un lugar más abierto y más honesto”. 

 

Su inteligencia de programador no logra ponerse en el lugar de los otros, pero tiene claro que así no seamos cercanos, así nos hayamos visto alguna vez en alguna parte, así no nos conozcamos cara a cara, todos estamos conectados con todos por un amigo de un amigo de un amigo. Su inteligencia de programador pensó en términos de enlaces, pero todo parece indicar que hacer evidentes esas conexiones entre las personas sí puede modificar al mundo: un estudio reciente del Instituto Semel de UCLA prueba que Facebook permite a sus usuarios prevenir el deterioro cognitivo, establecer relaciones más íntimas y reducir el estrés al ser oído —esto es, al sentirse reconocido— por un grupo de personas con nombre y apellido.

 

Cuando Zuckerberg se enteró de que el guión de Red social había sido escrito por el creador de The West Wing, Aaron Sorkin, eliminó a la serie de televisión de los programas favoritos en su perfil de Facebook. Estaba seguro de que la película iba a retratarlo como un nerd mezquino con ínfulas de estrella de rock. Había jurado que no vería el largometraje. Se sentía traicionado por el autor de su serie preferida. Sin embargo, unas semanas después de su estreno, cuando Red social, dirigida a la perfección por David Fincher, alcanzó los 110 millones de dólares en las taquillas del planeta, The West Wing volvió a aparecer entre sus preferencias. Se había dado cuenta, con sus propios ojos, de que Red social no sólo era justa con él sino que abría aún más la discusión sobre el verdadero significado de Facebook en nuestros tiempos.

 

Fue Richard Peña, el director del Festival de Cine de Nueva York, el primero que habló de la importancia de la película. El 8 de julio de este año, cuando anunció que La red social abriría el evento, comparó al equipo que hacían el director Fincher y el guionista Sorkin con el que en 1975 hicieron el cineasta Sidney Lumet y el escritor Paddy Chayefsky por cuenta de ese clásico del cine que es Network: “su obra no sólo capta el momento que vivimos sino que reflexiona sobre nuestros cambios culturales”, dijo.

 

Vale la pena, en este punto, decir que el título original de Red social es The Social Network. Que Fincher, que en trabajos como El club de la pelea o Zodiaco ha tratado de captar “el malestar de los tiempos que corren”, reconoce que su meta era “filmar una de esas películas valientes de los años 70 tipo Todos los hombres del presidente o Network”. Y que Sorkin, que de Cuestión de honor a Charlie Wilson’s War ha descrito la tras escena del poder, admite que su idea no era atacar a “este muchacho que no ha hecho nada malo” sino mostrarlo como “el héroe trágico a la cabeza de ese grupo disfuncional que paradójicamente está detrás de la red social más importante”. La idea de los dos realizadores era, en suma, crear el Network de nuestra época.

Así es. The Social Network sucede en el mundo que Network vaticinó hace 35 años. Al final del largometraje de Lumet y Chayefsky, el maquiavélico jefe del canal se lo describe al enloquecido presentador del noticiero: a Howard Beale. “Usted es un viejo que piensa en términos de naciones”, le dice. “Sólo existe un sistema de sistemas, un vasto, inmanente, interactivo, multinacional, multicultural, dominante entretejido de millones de dólares. No existen los Estados Unidos. No existe la democracia. Sólo IBM, AT&T y Exxon. Ya no vivimos en un mundo de ideologías, señor Beale, sino en una red de corporaciones inexorablemente determinadas por las inmutables leyes de los negocios: el mundo es un negocio, señor Beale, lo ha sido desde que el hombre salió del lodo, y yo lo he elegido a usted para esparcir el evangelio de ese lugar perfecto en donde nuestros niños no vivirán la opresión sino simplemente las ganancias”.

 

“¿Por qué a mí?”, pregunta Beale. “Porque está en televisión, bobo, porque 60 millones de personas lo siguen de lunes a viernes”.

 

Network predijo un “mundo perfecto” habitado por individuos sometidos, masificados e hipnotizados por la televisión: gracias a aquella red tejida desde monstruosas empresas de comunicaciones, gobernada por ejecutivos inescrupulosos siempre en busca de rentabilidad, la Tierra pronto se convertiría en una colmena con forma de pirámide. The Social Network describe una revolución cultural dentro de ese “mundo perfecto” liderada por una generación robotizada que no reconoce tradiciones, ni reverencia nombres, ni entiende cuál es la obsesión con la intimidad, ni cree en organigramas, ni cede ante autoritarismos: internet les ha enseñado a ver a la humanidad como una suma de secuencias, de lógicas, de conexiones. Las multinacionales de Network nos volvieron una raza de televidentes con la casa por cárcel. Pero las redes sociales de The Social Network nos pusieron en contacto, nos dieron una voz, nos volvieron evangelistas de nuestra propia causa.

 

Todos volvimos a ser individuos con su propio perfil. Todos tuvimos un nombre y fuimos de la misma generación. Todos tuvimos autoridad porque todos (bueno, 500 millones de nosotros) estuvimos al tiempo en televisión: detrás de la pantalla.

 

Zuckerberg está tan ocupado pensando en links que no se da cuenta de que fuera y dentro de La red social se encarna una era en la que, para bien y para mal, todos nos miramos a los ojos. Su meta es que, así como podemos ver en El Tiempo a cuáles de nuestros amigos les ha gustado algún artículo, pronto sepamos qué platos de qué restaurantes son los que más piden nuestros conocidos o si a nuestros compañeros de trabajo les pareció bueno el capítulo de anoche de la telenovela. Pero no ve riesgos en ese objetivo. Como de la infancia a la juventud ha sido un privilegiado, no logra entender a los que aún no están en Facebook: ¿por qué tanto escándalo con el cuento de la privacidad?, ¿no ven que ese concepto está cambiando?, ¿tienen algo que esconder?, ¿no están orgullosos de sí mismos?

 

No es una trampa. Es sólo que la ignorancia es atrevida. Su libro favorito es La Eneida pues su héroe “busca crear una nación sin fronteras”. Y él piensa que algo así se puede hacer de link en link.

 

Escribí para la revista SoHo, hace tres años, un artículo testimonial en el que contaba que me iba de Facebook —a manera de suicidio— porque no quería que me persiguiera el anuario, reconocer que no había madurado e incorporarme al mundo incómodo que me había convertido en una persona que escribe. Volví hace un año. Y todo estaba igual: mis amigos, mis datos, mis gustos. Sentí miedo, al principio, porque no había podido escapar a la red. Pero me encogí de hombros cuando entendí que estar en Facebook no era más peligroso que tener teléfono, que yo seguía siendo yo adentro y afuera de la red social, que las miradas de los demás me explicaban a diario que mi nombre no es más ni menos que el de nadie.

 

No estaba mal. La generación robótica de Zuckerberg, una manada de ingenieros pragmáticos, nos había puesto a vivir en este frío edificio de cristal. Y como personas de las de antes, de esas a las que se les va la vida en el intento de sentir compasión y en el empeño de estar a la altura de su destino, nuestra responsabilidad era habitarlo.

 

The Social Network, más allá de la contraversia (RevistaFucsia.com)

¿Un traidor profesional? (JetSet.com.co)

 

 

 

 

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