Juan Fernando Sánchez, José Restrepo y Julieth Restrepo interpretan a tres hemanos de clase alta que deben enfrentar de golpe, una realidad muy diferente.

Malcriados: la comedia de la idiosincrasia

Una película que desde el afiche declara lo que es sin pretender mucho más. Las buenas actuaciones sostienen esta comedia sobre el sistema de estratos y castas que rige la sociedad colombiana.

2016/04/14

Por Laura Martínez Duque

La historia es bastante común y predecible. Víctor Mallarino interpreta al millonario padre de tres jóvenes malcriados e inútiles. Bárbara (Julieth Restrepo), Javi (Juan Fernando Sánchez) y Charly (José Restrepo) solo tienen talento para despilfarrar dinero y vivir en una burbuja de franca estupidez.

De un  momento a otro, la empresa del padre es acusada de desfalco, los bienes son confiscados y la familia se ve obligada a huir de las autoridades. El único lugar para esconderse resulta ser la casa de la infancia del padre en el centro de Bogotá. En esa casona vieja y destartalada, los tres jóvenes se verán enfrentados a otra realidad. Deben trabajar para comer y vivir constantemente humillados por el status perdido.

Felipe Martínez (Bluff, 2007) viene de trabajar en varias series de televisión y eso se nota en la economía del montaje, la forma de resolver las tensiones dramáticas y el ritmo ágil y preciso de las escenas. Esa narrativa también supone una tendencia hacia los lugares comunes o la aparición de elementos estéticos que parecen importados al no construir una identidad propia.

Un ejemplo, es la casa pobre a la que se muda la familia. La dirección de arte la convierte en un espacio tan “kitsch” que bien podría ser una locación en La Boca, el icónico barrio de Buenos Aires, decorado con objetos que remiten a la imaginería popular colombiana y finalmente queda como un escenario poco probable. Pero el espectador probablemente no repare en nada de eso y entre en el juego gracias a las escenas que funcionan y están bien llevadas adelante por los actores.

Malcriados es una película que cumple con lo que promete. Una hora y media de entretenimiento, risas y hasta momentos que conmueven. La película le cumple al género y se sostiene gracias a la frescura de cada uno de los actores en sus roles.

El cine que se asemeja a ciertos productos televisivos por presentar una complejidad menos elaborada o porque se digiere de la misma forma en que se ven varios capítulos de una buena serie, son propuestas válidas que siempre encuentran su público. Lo importante es que no sean las únicas propuestas y, desde hace un buen tiempo, los realizadores colombianos vienen explorando toda clase de géneros y narrativas.

Con esta película, particularmente, el espectador puede ir más allá de la comedia y encontrar un buen reflejo de la idiosincrasia colombiana. Puede reírse de las diferencias de clase que generan realidades tan dispares en una ciudad como Bogotá, aunque esto sea extensible a todo el país.

Más allá de su aparente liviandad, la película consigue mostrar una sociedad que moldea sus dinámicas –la mayoría de ellas nefastas- a partir del poder adquisitivo que viene de cuna. Malcriados ofrece una buena moraleja, con todo lo  pueril que esto puede parecer, al contar una historia sobre aquellas cosas que deberían construirse desde el intercambio honesto y desprejuiciado más  que sobre la base de apellidos, estratos y castas.

 

 

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