Fritz Lang nació en 1890, en Viena. Foto Archivo Federal Alemán.

‘Metrópolis’: la oposición radical de dos mundos

Un día como hoy, hace cuarenta años, falleció el gran director austriaco Fritz Lang. Entre sus muchos clásicos quizá ninguno resalta tanto, y es hoy tan pertinente, como Metrópolis (1927), la inquietante descripción de dos realidades enfrentadas, de un orden piramidal, de una división que ahora es global.

2016/08/02

Por Gustavo Forero Quintero

En la lujosa superficie de una megalópolis del año 2026 viven los ricos, los pensadores, los científicos, llamémoslos la casta, y abajo, los obreros, los desposeídos, llamémoslos los subalternos, que, como pueden, intentan mantenerse con vida el mayor tiempo posible. El contexto es la brutal división de los mundos. Arriba y abajo. El poder y el trabajo. La lucha de clases sin mediación, escueta, real. Esta es, hasta cierto punto, la descripción del mundo, o mejor, de los dos mundos, de la película Metrópolis (1927), de Fritz Lang.

Visto desde hoy, esta imagen es la descripción de nuestro mundo: de brillos y oscuridades, de orden piramidal, donde los de arriba aprovechan y los de abajo sobreviven. Los unos no tienen ni idea de los otros y tal vez por eso ambos aseguran a su manera su respectiva permanencia. Un poco como lo describió Karl Marx hace casi dos siglos: el mundo de la lucha de clases que, en su teoría, se debía liquidar con la revolución social. O el mundo del corporativismo del Partido Nacional-Socialista de los Trabajadores de Alemania en que militaría poco tiempo después Thea von Harbou, esposa de Lang y coguionista de la película, que pretendía saldar las diferencias con el lema Mittler zwischen Hirn und Hand muss das Herz sein (“Mediador entre el cerebro y la mano ha de ser el corazón”).

Lang y Von Harbou en su apartamento en Berlín en 1923 o 1924, periodo de tiempo en que se escribió el guión de Metrópolis. Foto: Waldemar Titzenthaler. 

La diferencia es que ahora la división es global, y encuentra mecanismos terribles para mantenerse, mecanismos que resultan insuperables. Como señala Samantha Nutt en su conferencia “The real harm of the global arms trade”: “...la mayoría de las personas que se están muriendo en la guerra viven en los países pobres, y sin embargo la mayoría de las personas que se benefician de la guerra viven en los países ricos. ... más o menos el 80 por ciento de esas armas [pequeñas] provienen de...los cinco países miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, más Alemania”.

Esta visión apocalíptica es la que recrea la película Metrópolis a partir de una escena formidable. Allí, una enorme puerta para gigantes divide los dos mundos, una puerta de espejos y sin pomos que se abre y cierra conforme a la rapidez de los entreactos propios de las secuencias cinematográficas de la época. La escena es ficción, claro. Hace creer que el contacto entre ambos mundos es posible, pero en su metáfora audiovisual demuestra la fatalidad de la división. En esta puerta se produce lo que vulgarmente se llama “amor a primera vista”, un milagro. Por un curioso azar, María, una líder social y religiosa del mundo de abajo, sobrepasa su límite y abre la puerta. Por un instante se queda en el umbral mirando hacia el mundo de arriba y, como parte de ese milagro, su mirada se encuentra con la de Freder, el protagonista de la película, el hermoso hijo del dirigente de Metrópolis, Johan Joh Fredersen.

Las miradas se cruzan para sembrar la rica semilla del amor, la médula del viejo romanticismo que creía en resoluciones alegres. Y, como una muestra más del milagro, ambas miradas se multiplican en reflejos increíbles de la pobreza de uno y del privilegio del otro de los amantes: él se encuentra en medio del placer, está acompañado de las ninfas seductoras y efebos magníficos del Jardín de las fuentes, que observan con curiosidad la estrechez encarnada en la sencilla mujer. Ella está rodeada de más de veinte niños pobres, descalzos, que se asombran frente al mundo de “la luz”, el locus amoenus, que se les muestra enfrente. Estos últimos ven por única vez ese mundo, el lugar en el cual cualquiera quisiera vivir, el mundo de las fuentes, donde podrían saciar su sed y reposar tranquilamente. “¡Mirad! Esos son vuestros hermanos”, les dice María.

De inmediato, como era de esperar, ese sistema de mundos divididos reacciona. Siete lacayos —que no obstante su condición viven de este lado— conducen al grupo de los subalternos de vuelta a su mundo, cierran la inmensa puerta y las cosas vuelven a su lugar. El lugar que le corresponde a cada uno por origen. Ambos jóvenes, las ninfas, los efebos y los niños pobres regresan a sus respectivos mundos, donde sin lugar a dudas deberán permanecer el resto de sus vidas.

La simpleza de este instante del encuentro visual se magnifica en la película para advertirnos su condición milagrosa. Esto es lo que más me interesa del asunto, aunque, repito: la historia romántica sigue su curso y de esto se trata la película. Gracias a las miradas una súbita solidaridad nace en estos dos representantes de los mundos, una solidaridad que, mirada con los ojos de hoy, resulta definitivamente una ilusión óptica como la película misma. La visión beatífica de María —el nombre confirma la metáfora romántica y cristiana— provoca la transformación en el sistema. Una mirada es suficiente para cambiar la fatalidad de los mundos, o por lo menos para que surja la fuerte ilusión de buscarlo.

Luego de esto, el discurso ideológico empieza a colarse para ofrecer la imagen de la reconciliación posible entre las clases sociales, entre los mundos. Los dos jóvenes, cada uno por su lado, insisten en lo de “hermanos” para igualar a la especie en el campo del amor. El mundo se presenta así conforme al mundo interior de quien ve, a su lugar en ese mundo, y esa interioridad sensible constituye una esperanza. En tal dialéctica, María habla con el lenguaje religioso, que es el amor de Cristo; y el héroe actúa por este sabio motor, que se rebela en todo su poder revolucionario. Incluso en una sociedad industrial de explotación del hombre por el hombre el cambio y la comunión entre todos puede ser posible. La búsqueda de un cambio social hace parte de la utopía del amor. La aventura romántica implica encontrar a la mujer excepcional y luego de numerosas pruebas llevarla al altar.

Con tal propósito, el amor lleva a Freder a cruzar el umbral de los mundos y, conforme a su epopeya, a encontrarse a sí mismo. En su experiencia, encuentra las pruebas a vencer, que son las pruebas mismas para su condición heroica. Se enfrenta a Moloch, el monstruo de la tecnología moderna, que destruye a quien no lo puede controlar, y que, para el caso, son los pobres subalternos que apenas tienen consciencia de serlo. Aquí, la sensibilidad romántica de Freder lo lleva a identificarse con el dolor de los explotados y a intentar de una buena vez el cambio del mundo de abajo, que traerá como consecuencia eficiente el fin de los privilegios. La tecnología industrial no puede estar por encima de la vida de los trabajadores, pues se ha convertido en su enemigo. El joven ingenuo, hijo del rico empresario, quiere acabar con esta fatalidad de “las profundidades” y se conduele entonces con el sufrimiento de sus “hermanos”, los del gueto subterráneo donde se encuentra el corazón industrial.

“¡Quiero cambiar mi vida por la tuya!”, le dice Freder al obrero 11811 que encuentra a su paso, lo que quiere decir en su candidez decimonónica es iniciar el cambio de una visión privilegiada por otra visión democrática. No obstante la loable voluntad, en el mundo de las profundidades de Metrópolis los caminos se bifurcan, trascienden el socialismo o el corporativismo. Son los de la revolución social pero también los de la ambición personal. En este momento es cuando la utopía tiene su primer obstáculo: 11811 es un sufriente más del mundo de abajo, pero no tiene más deseo que salir de ahí. Como la mayoría de los habitantes del mundo de abajo prefiere el dinero y los placeres a luchar por ese cambio. Así, en lugar de ir a casa de Josaphat, sede de una naciente resistencia, 11811 prefiere ir al Yoshiwara, el bazar del goce de Metrópolis. La utopía del socialismo o el corporativismo tiene aquí su refutación fatal: el hambre, el cansancio o simplemente la ambición llevan a salidas individuales, no colectivas. Esta parece ser la fatalidad misma del sistema dividido de los dos mundos: quien tiene la oportunidad, prefiere integrarse al bienestar.

A continuación, gracias a su hijo el empresario Johan Joh Fredersen se entera de los problemas de la máquina Moloch y, sobre todo, de peligrosas rebeliones de los obreros. Por tal razón, decide solicitar la ayuda del científico Rotwang. Así, se dirige a su casa, designada con la estrella de David. Y cosa curiosa: aquí las puertas tampoco tienen pomos. Este hombre, de origen judío, le muestra a Fredersen un robot antropomorfo de su invención que puede ayudar a solucionar el conato de rebelión. Con tal proyecto, el gran empresario y el científico espían el encuentro entre los hombres de abajo y María, la líder de amor, en medio de un púlpito de cruces. En este momento, ella cuenta a sus discípulos (incluido Freder) la leyenda bíblica de la torre de Babel: quienes idearon el proyecto tuvieron que contratar “mano de obra extranjera”, es decir, explotar a sus pueblos subyugados. Babel es el Moloch de la época y solo el amor de Dios podrá acabar con la injusticia y solucionar la desdicha.

El hombre rico y el científico se dan cuenta entonces del peligro que supone el discurso religioso y deciden eliminar a la líder, suplantarla y acabar con la conspiración. Un robot —el doble de María— promueve entonces los disturbios y justifica la represión violenta contra los trabajadores. Pero de nuevo surge el discurso romántico: Rotwang quiere utilizar al robot para vengarse del presidente de Metrópolis, su hijo, y toda la ciudad. El robot tiene el espíritu de Hel –esposa de Rotwang, que tuvo una aventura con Fredersen y murió al dar a luz a Freder— y quiere acabar con todo. Incitados por el robot, los subalternos se rebelan contra la clase intelectual que tiene el poder, amenazando con destruir la ciudad . Pero el discurso vuelve a solucionarlo todo. Gracias a Freder, el magnate Joh Fredersen y los trabajadores de Metrópolis se reconcilian, en medio de la razón, el trabajo y el corazón.

*

Ahora que vivimos en directo el mundo “moderno”, creo que el planteamiento inicial de esta metáfora de nuestro mundo resulta muy aproximada a la realidad de la división. La película fundamentalmente describe la oposición que define el sistema: entre abajo y arriba, entre privilegiados y subalternos. La brutal diferencia. Del mismo modo, en las fronteras contemporáneas que dividen los mundos de hoy ni siquiera hay puertas, pequeñas o grandes, solo muros como los de Gaza, Tijuana o Melilla. Allí donde se esperaba una revolución solo queda la imagen de la división rotunda. Esta hermosa palabra —revolución— como otras semejantes —libertad, igualdad, fraternidad— se ha convertido para muchos en retórica: hace parte del lenguaje arcaico de una Europa idealista muy diferente a la Europa real, de fronteras y privilegiados. Ni revolución socialista, ni mediador entre mundos, ni nada. Capitalismo salvaje y sálvese quien pueda. Lo que queda es la tajante división de Lang que aterradoramente se ha cumplido: muros, pasaportes, fronteras, puertas blindadas que no pretenden liquidar las brechas sino asegurarlas. En tal panorama, un “encuentro” entre los dos mundos resulta, como en la película, una ilusión óptica.

De lejos, el mundo de hoy se parece al de Babel, Metrópolis o la pirámide del sistema capitalista de la revista sindical Industrial Worker (1911). Arriba unos cuantos, con todos los privilegios: pensiones vitalicias para sus ciudadanos, “renta básica”, ocio garantizado y vacaciones de los meses de verano, servicios médicos para todos, aire limpio, seguridad democrática, educación gratuita, vías de comunicación seguras, empresas “globales” con rendimientos inauditos para sus promotores, “empleos justos”, farmacéuticas monopólicas que les dejan a sus ciudadanos sus altos beneficios, monarquías parlamentarias en buenísima parte y democracias reales que respetan a sus respetables ciudadanos, premios Nobel y de otras múltiples naturalezas garantizados para sus habitantes, respeto a sus diferencias, libertad de empresa para sus ciudadanos, incluso para la producción de armas que se venden al resto de un mundo polarizado, en fin.

Desde allí, desde la punta de esa pirámide Industrial Worker donde poquísimos se sientan (¿el 5% de la población humana, acaso?), apenas se debe distinguir el nebuloso paisaje del resto de la humanidad (como en el siglo XV “precolombino”): pobreza, guerras derivadas de los intereses de la metrópolis contemporánea, contaminación; y aquí contaminación por sus empresas, radiaciones por el uso indiscriminado de sus productos, enfermedades provocadas o no curadas por sus productos farmacéuticos, agua sucia, con cianuro de sus explotaciones mineras a menudo, explotaciones ilimitadas de recursos naturales de sus empresas transnacionales, desiertos en ampliación, ignorancia y analfabetismo, que garantizan el funcionamiento del maldito sistema, subrazas, cultura arrasada por el dominio “cultural” de los centros, miseria.

Aquí se llega a entender la importancia de las teorías, el socialismo, el corporativismo, el pensamiento científico, la estrella de David o el cristianismo. Aquellas utopías de la reconciliación que pacifican a los subalternos.

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