Un fotograma de 'Un pastelería en Tokio'

'Una pastelería en Tokio': un regreso al cine clásico japonés

La más reciente película de la directora japonesa Naomi Kawase no es una clase de cocina ni un experimento en "cine culinario". Es, en cambio, una sutíl mirada a los procesos, las miradas y las costumbres de Japón.

2016/05/12

Por Laura Martínez Duque

A primera vista, desde el afiche y hasta en las primeras secuencias, la película parece muy simple y hasta pueril. La traducción del título al español no ayuda pero tampoco miente. En efecto es solo eso, una película sobre una pastelería en Tokio. Pero como en todo buen cuento japones, la aparente simpleza esconde una enseñanza sobre su filosofía y sus tradiciones.

Eso es lo que logra Naomi Kawase en esta película sobre tres personajes, de tres generaciones distintas, que deben coincidir en un espacio y un tiempo para transformarse.

En un rincón de la inmensa ciudad de Tokio, sobre una avenida colmada por el color blanco del cerezo en flor, una anciana llamada Tokue se acerca a pedir trabajo a una pastelería. El dueño duda pues la mujer tiene más de 70 años y sus manos están enfermas. Después de insistir una y otra vez, la anciana logra que el hombre pruebe su propia receta de anko, el dulce de fríjol que sirve de relleno para los dorayaki, el producto insigne de la pastelería. Después de la degustación, el hombre decide contratar a Tokue a pesar de saber que está enferma de lepra.

La anciana sabia enseña a los más jóvenes a honrar los procesos, las costumbres y los rituales. El dulce de fríjol ya se fabrica y se vende al por mayor. Para ella, esto es inconcebible y le muestra al jefe los métodos secretos para preparar en cuatro horas el mejor dulce, a la vieja usanza. Y los nuevos dorayaki se convierten en un éxito rotundo.

Como la sabia anciana Tokue, Naomi Kawase también honra los tiempos. Puede dedicarle minutos a capturar el movimiento de las hojas de un cerezo o a seguir la espuma que baila por fuera de una olla. Esta alquimia interna, que se hace perceptible en la duración, genera afección en el espectador. En ese tiempo que transcurre, el espectador deja de ver unas hojas o una espuma y queda suspendido en sus propios pensamientos.

Esta es la primera vez que la realizadora japonesa adapta una obra ajena. La carrera de Kawase esta colmada de premios y reconocimientos de los más importantes festivales de cine del mundo y siempre ha defendido con vehemencia sus inquietudes y su estilo. Ha indagado sobre la vida, la muerte y la identidad sin hacer concesiones frente a lo que muchos críticos consideran “cine new age” por tocar temas que, según ellos, pertenecen a lo holístico, a lo espiritual y a ese paisaje japonés popularizados en el Occidente.

Y es curioso que cuando Una pastelería en Tokio llegó a Occidente, los distribuidores, exhibidores o creativos intentaron hacerla más legible, más digerible o más occidental, inventándole una etiqueta que pretende pasar por un nuevo género cinematográfico: “cine culinario”.

No es cine culinario. Es el cine de la Imagen-Tiempo que el filósofo francés Gilles Deleuze describía como una evolución del cine luego de la Segunda Guerra Mundial y de quien uno de sus primeros autores es precisamente un japonés, Yasujiro Ozu. Pero también son directores de este tipo de cine Akira Kurosava y Kenji Mizoguchi.

Los orientales tiene su propia relación con el tiempo y el espacio, con el aquí y el ahora, la vida y la muerte. Así como el cine de Hollywood revela las pulsiones culturales y sociales de ese país y de otros países que están completamente atravesados por sus cánones, los autores orientales también ofrecen claves para aproximarse a otros ritmos del cine, otras construcciones temporales y sensoriales.

Una pastelería en Tokio es una historia sobre la magia que habita en cada cosa viva que hay en el mundo y que la mirada amorosa -en los vínculos, los procesos y el cine-, logra hacer emerger. Una vez que se reconoce esa energía, una botella de plástico puede girar gracias al viento para traer el nombre de alguien que ya murió y que viene a decir algo. No es una película para aprender a hacer la mejor receta de un amasijo típico japonés.

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