Malala Yousafzai ganó el Nobel de la Paz en 2014, con solo 17 años. Cortesía:Fox Searchlight Pictures.

‘Él me nombró Malala’: Un mensaje desperdiciado.

La película cumple con dar a conocer la historia de la joven activista ganadora del Nobel de la Paz. Pero falla en la promesa de entregar un retrato íntimo y la posibilidad de interpelar al espectador.

2015/11/12

Por Laura Martínez Duque

La historia de Malala Yousafzai impacta y debería ser conocida por todos, más allá de saber asociar su nombre a “la ganadora del Nobel de paz más joven de la historia”. Su caso es uno más que llega a esta parte del mundo apenas como un eco. Otra noticia que suscitan las acciones de grupos extremistas islámicos como el Talibán.

Malala Yousafzai nació en 1997 en el valle de Swat, en Pakistán. En 2009, los atentados del grupo Talibán contra esa población arreciaron. Asesinatos, bombas y quemas públicas buscaban aleccionar al pueblo sobre “lo que ofende a Alá”. Ese año un líder Talibán le hablaba diariamente al pueblo por la radio, nombrando pecadores e imponiendo restricciones. Un día sentenció: “Desde el 15 de enero no estará permitido que las niñas acudan a la escuela".

Y se lo tomaron en serio. Dinamitaron tantos colegios como pudieron hasta que el mensaje caló y las niñas se quedaron en sus casas. Los periodistas del mundo empezaron a llegar. Uno de ellos, de la BBC, consiguió que una comenzara a llevar un diario contando la situación que vivía. El reportero además creó un blog en el que la niña siguió escribiendo bajo el seudónimo Gul Makai. Entonces el mundo se enteró del horror. Esa niña era Malala.

Pero la notoriedad mundial del caso llegó en 2012 cuando Malala fue atacada junto a dos de sus amigas mientras viajaban en un bus a la escuela. Las tres resultaron heridas, pero el atentado contra Malala era evidente. Recibió dos impactos de bala en la frente y el cuello. Fue trasladada de urgencia y llegó a Inglaterra para recuperarse en el Hospital Reina Isabel de Birmingham. En esa ciudad se radicó con su familia por las amenazas del grupo Talibán y ante el peligro de volver a Pakistán.

Fue entonces cuando Malala se convirtió en una celebridad. Personajes como Bill Gates, el presidente Obama y Hillary Clinton voltearon sus ojos hacia la joven activista y su causa por la escolaridad de las niñas. Después de un libro autobiográfico, discursos en las Naciones Unidas y una enorme movida mediática, Malala ganó el Nobel de la Paz en 2014. Esa es la historia de Malala Yousafzai.

 

El me nombró Malala, la película que se estrenó esta semana en el país, fue realizada por Fox Searchlight Pictures luego de que el estudio adquiriera los derechos de comercialización y contratará a Davis Guggenheim para dirigirla. El cineasta es el hombre detrás del documental ganador del Óscar y fenómeno mundial An Inconvenient Truth sobre el cambio climático, con la efectiva participación de Al Gore. Además dirigió el “biopic” de Barack Obama cuando este era el candidato presidencial demócrata. El film se proyectó en las convenciones del partido y algunos lo tildaron como un “infomercial” político.

Él me nombró Malala comienza sin crédito alguno de autoría o producción. Arranca con una animación que cuenta la historia de Malalai, la heroína que incentivó al ejército afgano cuando este desfallecía en una batalla independentista contra los británicos en 1880.

Después de esa primera secuencia, durante 88 minutos la película cuenta la historia de Malala a partir de su vida en Inglaterra. Ahí comienzan los problemas. La narración va hacia atrás o hacia delante de manera confusa, volviendo sobre los eventos más relevantes sin ninguna estructura clara. Resulta difícil establecer qué pasó antes del atentado o después. Tampoco se aclara cuánto tiempo llevan Malala y su familia viviendo en el Reino Unido o desde hace cuánto el realizador estadounidense los acompaña registrando su vida. A juzgar por lo que se ve en la película, podría ser un mes o un fin de semana.

Esa es una de las fallas más graves de la película. No se trata de exigir carteles cronológicos o líneas de tiempo explicativos. Es que la cinta avanza a punta de secuencias disponibles en YouTube sobre el atentado y el activismo de Malala en diferentes partes del mundo. Además, las animaciones que recrean los pasajes más sentidos de la historia son tantas que terminan empalagando y desdibujándose. Lo que queda entonces, el registro documental que propone el director, “el retrato íntimo” que promete Fox, es un material realmente pobre.

Los dispositivos que pone en marcha Guggenheim por momentos tienen el tono y la dinámica de una sitcom. Eso de por si no es reprochable: el humor puede ser una gran avenida para ingresar a la intimidad de una familia pakistaní viviendo en Inglaterra. La comedia puede ser la mejor forma de mostrar el choque cultural al que se vieron enfrentados Malala, su padre, su madre y sus dos hermanos en Inglaterra.

El problema es que eso no sucede. El director avanza filmando situaciones que no van más allá de frases ingeniosas de los hermanos menores, arrancando risas de los espectadores y pasando a otra cosa. Malala va a un colegio inglés con niñas provenientes de otras culturas. Esto solo se muestra en una pequeña escena en la que ella está rodeada de niñas rubias y pasa a otra cosa. Malala y sus hermanos tienen un iPad, ven Minion Rush y se ríen. Malala tiene acceso a Google y busca las imágenes de Brad Pitt y Roger Federer, mientras el realizador le pregunta si quisiera tener novio, y ella responde que no podría, y ahí se acaba.

Solo una escena promete un retrato de familia. Una única escena donde Malala, su padre y su madre, van a la mezquita a orar. Dura pocos segundos. En algún momento se sabe que la madre no se ha adaptado al cambio, vemos que está aprendiendo a leer y que de apoco comienza a adquirir el inglés. Pero nunca se sabrá cómo la mediatización, la extranjería, el choque cultural han impactado en esta familia.

No hay ningún registro de sus rituales o costumbres. Como si al estar en Inglaterra hubieran sido despojados de sus raíces. Malala y su familia son personajes de una historia que circula en redes sociales. Davis Guggenheim no logra extraer nada más.

Esa superficialidad hace que los espectadores rían y lloren, sacudan sus cabezas ante un horror lejano y nada más. El director no logra que el público reflexione más allá de la historia de Malala. Como, por ejemplo, que niños y niñas no tienen acceso al estudio porque están en la calle en la peor de las pobrezas, en medio de una guerra, cruzando fronteras para huir con sus familias, desplazados del lugar donde nacieron o reclutados por algún grupo armado.

Falla el director por no saber cómo generar algo más que una compasión que dura lo que dura la película. Falla porque el mensaje de Malala,tan simple y potente, no interpela al público. O lo hace a medias.

 

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