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Odisea caribe

Hace casi un año, Arcadia publicó una crónica en la que se narran dos días de rodaje de Los viajes del viento. En ese momento solo quedaron interrogantes alrededor de un proyecto interesante. La película ya está terminada y las dudas se han disipado: la película supera con creces las expectativas más optimistas.

2010/03/15

Por Nicolás Mendoza

Una y otra vez Ciro Guerra define Los viajes del viento como una película sobre “lo que nos une”. Una sentencia críptica, de interpretación abierta, que en un comienzo parece una de esas frasecitas bien intencionadas que no significan nada. ¿Cómo puede ser que una película con una localización tan específica (el Caribe colombiano en los años sesenta) pueda hablar por todo el país que somos ahora? A medida que uno escucha a Guerra y sigue el hilo de sus ideas se desvanece la duda inicial. Uno siente, de verdad, por qué al ver Los viajes del viento queda una sensación de estar ante una obra de arte sólida, universal y atemporal. “Lo que nos une” aparentemente no es otra cosa que la cultura colombiana; esa cosa extraña que ha resultado del mestizaje en estas tierras. El genio de Guerra consiste en ir más allá: en encontrar que nuestra historia particular es solo una parte, porque “lo que nos une” no es, como podría suponerse, solamente la colombianidad, sino una cultura humana universal marcada por mitos fundamentales.

Es por esto que la película tiene una estructura que ha sido replicada durante miles de años por las culturas más diversas: el largo viaje de un héroe hacia lo primordial. Es la historia de La Odisea, pero también la de La guerra de las galaxias, de El señor de los anillos, de El mago de Oz, de Apocalypse Now, o de Thelma y Louise, por mencionar al azar algunos de los ejemplos de ese mito. Como lo importante es el viaje, cualquier medio de transporte vale: desde las naves espaciales, las piernas, las lanchas o los convertibles. El héroe de Los viajes del viento, sin embargo, va en burro: un burro tan parsimonioso que un niño lo sigue caminando sin esfuerzo. Sandro Romero lo definió felizmente en la crónica publicada el año pasado en Arcadia sobre el rodaje de la película como un Burroad-Movie.

Guerra explica cómo funciona toda odisea: “El viaje del héroe se construye a través de las paradas. Esa es una estructura episódica por naturaleza, y cada episodio gira en torno a una idea”. Luego da el gran salto conceptual que nos trae de vuelta a Colombia: “Lo puedes hacer con lo que quieras, pero en este caso la idea era los elementos que componen la cultura Caribe: está el elemento negro, está el elemento indígena, está el elemento de la violencia”. Cada una de las paradas de la película encierra una parte fundamental de la cultura y la música para llegar a lo que Guerra define como “una deconstrucción de los elementos que, para mí, componen el Caribe profundo”. Esa deconstrucción es Los viajes del viento. “Ese camino es una recogida de raíces para llegar a lo básico”. Y lo básico es el viento, la esencia del acordeón, de la gaita y de esa cultura Caribe que vamos descubriendo a lomo de burro.

Que en Colombia vivimos sumergidos en un mundo lleno de magia no es ninguna noticia. García Márquez narró esta sencilla realidad a su manera hace muchos años, y Ciro Guerra lo hace ahora a la suya. El mundo de Los viajes del viento está atravesado por demonios y leyendas que no necesitan materializarse porque habitan en la mente de la gente. No hay nada en la película que desafíe las leyes de la física, y sin embargo la magia está ahí. “El pueblo caribeño rige su realidad por elementos mitológicos: toma por ciertas cosas que no son factibles; en Valledupar en los años cuarenta la gente iba los domingos a ver la sirena, y la gente iba y veía la sirena y se devolvía y te decía que había visto la sirena”. En el mundo de guerra no hay, sin embargo, mariposas amarillas ni mujeres que vuelan.

Pero, en Los viajes del viento si hay un objeto mágico. En este caso es el acordeón del diablo. Un objeto alrededor del cual gira la trama, y que produce tantas pasiones y conflictos. Guerra es consciente de haber enfocado toda la energía de su película hacia un objeto que forma parte del imaginario universal: el acordeón del diablo es la materialización caribeña del mito de Orfeo, quien bajó al inframundo con su lira para rescatar a su esposa. “El enfrentamiento con el diablo se repite en todas las culturas, Martín Fierro, Paganini, Orfeo, Daniel Johnston… la música es una cosa tan sobrenatural que siempre, a lo largo de la historia, la gente le ha dado explicaciones mágicas”. Ignacio Carrillo, el héroe de la película, carga con el acordeón del diablo, el que alguna vez fue de Francisco el Hombre, nuestro Orfeo colombiano.

Después de un paseo por tierras lejanas, la conversación vuelve a Colombia. Para Guerra la música vallenata clásica sirve como metáfora del país. ¿Por qué? La razón es tan sencilla como clara; la estructura de la música vallenata resume nuestra historia: “La música vallenata es la única que mezcla en partes iguales el elemento europeo, que es el acordeón; el elemento indígena, que es la guacharaca, y el elemento negro, que es la caja, y eso es lo que somos nosotros”, dice Guerra. Y uno comienza a entender qué demonios quiere decir cuando habla de “lo que nos une”.

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