Foto: Ingimage

París, ¿te amo?

El 7 de enero se estrena en salas colombianas ‘Un fin de semana en París’, una película que, al igual que muchas otras, retrata el lado más romántico de la capital francesa. Pero, después de un truculento y difícil 2015, ¿cómo es vivir hoy en día en París? Responden algunos habitantes.

2016/01/07

Por Revistaarcadia.com

París y el romance. París y el amor. Quizá no exista un lugar más común. Se trata de un cliché consumado, pero no por ello falto de sustento. El cine, de todas formas, se ha encargado de enaltecer esa percepción, gracias a clásicos como Los niños del paraíso (1945), filmada durante la ocupación alemana, y Jules et Jim (1962), la segunda cinta de Francios Truffaut, pero también a películas recientes al estilo de El fabuloso destino de Amélie Poulain (2001) y Medianoche en París (2011) de Woody Allen. Aunque, valga decirlo, varios directores también se han encargado de mostrar el lado más crudo, pero menos popular, de la ciudad.

Ahora, el 7 de enero, se estrena en Colombia Fin de semana en París, otro largometraje dedicado a exaltar la dimensión idílica de la capital francesa. Dirigida por Roger Michell y escrita por Hanif Kureishi (quien estará en el Hay Festival de Cartagena), la cinta retrata con humor negro las cortas vacaciones de una pareja británica, mayor y desencantada, que busca revivir su relación en París. Y, de hecho, sus periplos por la ciudad culminan con un homenaje a Sin aliento (1960) de Jean-Luc Godard, una obra maestra que ayudó a alimentar el espíritu romántico de la ciudad.

El año pasado, sin embargo, la capital francesa vivió dos episodios siniestros. Recién despuntaba 2015 cuando, justamente el 7 de enero, la sede del semanario satírico Charlie Hebdo sufrió un atentado yihadista perpetrado por dos hermanos pertenecientes a Al-Qaeda. El ataque terminó con la vida de 11 personas y dejó a 11 más heridas. Luego, el 13 de noviembre, París vivió su propio 11 de septiembre: 137 personas fallecieron y otras 415 resultaron heridas por culpa de una serie de ataques terroristas del Estado Islámico.

¿Cómo es vivir en París después de los atentados? ¿Cómo es la cotidianidad de una ciudad que, asolada por el terrorismo, decidió cancelar varias de las celebraciones de fin de año, como los fuegos artificiales de la Torre Eiffel? Cinco de sus habitantes responden.

Frédéric Martel
Sociólogo

Cuando estoy en el extranjero, en Argentina, en China, en los Estados Unidos, pero también en Colombia, a menudo me doy cuenta que los símbolos, a veces los prejuicios, tardan en desaparecer. Uno todavía se imagina al parisino con su baguette de pan debajo del brazo (como en Amélie); con los pintores y escritores por todas partes; Woody Allen la sigue mostrando como la ciudad del amor; que habla de Charles Aznavour (mi abuela escuchaba sus canciones); que adora la Torre Eiffel y Montmartre. Después de todo, París también es todo eso.

Pero esa no es la ciudad en la que vivo. Y detesto esa París de museo, que existe, pero que no es la mía. La mía es una París de la diversidad, donde una parte importante de la población es árabe, china o india. Es una capital digital europea (una "smart city"/ "ciudad inteligente"). Es una ciudad que recientemente eligió un alcalde gay y que actualmente es gobernada por una alcaldesa nacida en España y que en su juventud no era francesa. Es una ciudad cultural pero los happenings, las instalaciones y el rap urbano han reemplazado a los pintores. Los escritores vienen siempre: lo sabemos desde el Balzac de Las ilusiones perdidas y el Flaubert de La educación sentimental. París todavía es la capital mundial de los escritores, pero son más diversos que antes, más modernos.

París es también un eje global; una ciudad donde tuvimos dos ataques terroristas en un año; y una ciudad-mundo también, que atrae todavía a muchos turistas y hombres de negocios. En resumen, es una gran ciudad europea con lo mejor y lo peor. Yo creo que a menudo es idealizada o caricaturizada dado que es una ciudad compleja, diversa, y a la vez loca y castigada.

Ana Isabel Gómez
Periodista

A París le cae muy bien una frase que usan los franceses sobre su país: "La France, tu l‘aimes ou tu la quittes" (o la amas o la dejas). Pero hasta quienes optan por no amarla deben reconocer lo de siempre: que es una ciudad grandiosa, con calles, fachadas y cafés que enamoran, y con mucha gente dispuesta a ayudar –a pesar de la mala fama de los parisinos–. 

Apenas voy a cumplir un año de vivir aquí, así que tengo una visión sesgada aún... pero lo que puedo agregar es que es una ciudad adicta a los placeres (para bien y para mal), cosmopolita, con mucha influencia árabe y norteamericana, bien vestida, preocupada por la educación y con un muy buen servicio de transporte. Pero también muchas partes tienen el olor impregnado a orín, las minorías también son marginadas (para quienes conocen la ciudad, lo habrán notado en St. Denis), a los turistas fácilmente les roban, el pickpocket ("cosquilleo") en algunas estaciones de mucho flujo es una cosa de todos los días... 

Y aparte después de Charlie Hebdo y más aún después del 13 de noviembre, el terror es latente... En todo caso, una amiga sueca de mi clase quien está acostumbrada a la impecabilidad (‘aburrida‘, según ella) de su país, opina con emoción que la ciudad es ‘equilibradamente caótica‘ y me parece pertinente porque a mí también me gusta a pesar de no ser perfecta como la pintan.  

Sergio Rosas
Estudiante universitario

Vivir en el París del 2016 es cargar con dos fechas: 7 de enero y 13 de noviembre del 2015. Libros y filmes de una ciudad luminosa van quedando atrás, y el aire se llena de palabras como “terrorismo”, “expulsión” y “odio”. Como dice la canción, “París será siempre París”, con su vida cultural imparable, pero uno siente que el hermetismo de algunos crece cada día.

En diciembre, alcancé a pensar que la ciudad y sus habitantes podrían dejar atrás el temor, dolor y rencor que comenzaron a sentirse densos y pesados en el aire del invierno. No fue así: el estado de urgencia, con su extrema vigilancia y su propensión al miedo, hizo que el último día del 2015 las calles estuvieran menos atiborradas de lo normal, pero repletas de militares y policías. La herida está fresca y conozco jóvenes franceses que lo piensan dos veces antes de sentarse en una terraza por temor a que “ellos se hagan explotar de repente”. Se refieren a los Otros, que usualmente no diferencian entre yihadistas o refugiados a los que ninguna luz ilumina en la Place de la République.

Charlotte Binaut
Productora musical

Amorosa, vibrante y unida a la mañana siguiente de esa negra fecha que fue el 7 de enero; asustada, escondida y triste por esas jornadas grises de mediados de noviembre, ¿qué rostro tendrá nuestra capital en 2016? Me imagino mi ciudad en 2016 activa, viva, estimulada, romántica, con esa insolencia que será siempre un objetivo privilegiado para quien no soporta un poco de locura.

Ciertamente, ahora reflexionamos un poco más a la hora de comprar una boleta para un concierto en el Olympia o subirnos a dar una vuelta en la Grande Roue (así se llama la rueda de Chicago de París) en la plaza de la Concordia. Nos alarmaremos con el sonido de las sirenas de la policía o los bomberos, cada vez más frecuentes, ¿a menos que ya no seamos más sensibles? Pero en el fondo, resistiremos, cada uno a su manera, en las terrazas de los cafés, descendiendo los adoquines de los Campos Elíseos... o tal vez, no nos resistamos a los encantos de nuestra ciudad que ya no arde, pero más que nunca, ¡brilla!

En todo caso, es lo que nos deseo y por lo que apostaría.

Ricardo Abdahlall
Periodista

Las ciudades se parecen a los amores. Uno está deslumbrado al principio y con el tiempo llegan las decepciones acompañadas del descubrimiento de una segunda belleza, la definitiva, que nace de la complejidad. Por eso uno perdona la ingenuidad de Medianoche en París y algunos de los episodios de Paris Je t‘aime y al mismo tiempo sospecha de las intenciones de películas como Amélie, realizadas por personas que, conscientemente, explotan el mito de París y le dan la espalda a una realidad a la que no le temen cintas como Bande de filles de Céline Sciamma, Eastern Boys de Robin Campillo o las películas de Abdellatif Kechiche.

París tiene creo que 52 « Fashion Weeks » por año, pero cuando se cierran las puertas de las tiendas de lujo llegan decenas de roms, refugiados y personas sin hogar a instalar sus cartones porque saben que allí pueden protegerse del frío. París es una ciudad donde se hacen malabares para pagar los 700 euros de arriendo que cuesta un estudio de quince metros cuadrados, pero donde las librerías y los cines de barrio son subvencionados.

París es una ciudad donde en verano se toma vino rosado frente al río y en los parques y la noche se decide con un “¿En tu casa o en la mía?”, pero donde el Frente Nacional propone limitar las subvenciones a la planificación familiar y movimientos como la homofóbica Manif pour Tous y el colectivo católico Civitas no dejan de ganar adeptos. Donde en los barrios de ricos del distrito XVI aún miran mal a un negro que sube a un autobús, y a veinte cuadras de allí, en el mercado de Barbès, cada dos pasos se escucha un idioma diferente y los precios y ñapas se negocian entre sonrisas.

Donde, al final de la tarde hay centenares de conferencias sobre todas las causas y eventos culturales para escoger, desde los Mapuches hasta Palestina, del conflicto colombiano al feminismo versión Femen o versión Ni Putas ni Sumisas, y donde el miedo real al extremismo termina por usarse como justificación para reprimir manifestaciones contra la energía nuclear.

Supongo que a fuerza de perder los paraísos, necesitamos creer que existe una ciudad bohemia, donde los pintores están en los parques y los enamorados se besan en cada esquina y que para muchos París es ese lugar. A lo mejor porque se han exagerado sus encantos, que existen, y a que de sus monstruos, que siempre han estado allí, parece que hasta ahora empieza a hablarse. 

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