Los protagonistas Mabel Pizarro y Roosevel González.

El cine como amor sencillo

'Ruido rosa', ganadora del premio a Mejor director en la competencia de cine colombiano en el más reciente Ficci, se estrenó en salas el 9 de abril. Se trata de una historia de amor pausada, casi europea, con un guion tan sencillo como sus protagonistas y una portentosa cinematografía.

2015/04/10

Por Christopher Tibble

La industria del cine colombiano pasa por un muy buen momento en cuanto a su producción se refiere. Según cifras de Proimágenes, este año se estrenarán 64 largometrajes nacionales entre ficción y documentales, cifra inédita para una industria en la que entre 1978 y 1990 realizó 45 cintas. Prueba de ello fue el más reciente Festival Internacional de Cine de Cartagena (Ficci), donde se pudieron ver varias de las películas que llegarán a salas este año, como El silencio del río, que ganó Mejor película colombiana, Gente de Bien, el debut del cineasta Franco Lolli y Alías María, de José Luis Rugeles.

Otra de las cintas que participó en el festival fue Ruido Rosa, el tercer largometraje del cineasta barranquillero Roberto Flores. La película, que toma su nombre de la frecuencia sonora que aparece cuando la pantalla de un televisor se daña, narra la historia de viejo que arregla equipos electrónicos y una señora que trabaja como recepcionista en un motel destartalado. Él pasa sus días a solas, a veces compartiendo cama con una prostituta, a veces en un bar. Ella, en cambio, escucha día y noche (aparte de los huéspedes del motel) un disco para aprender inglés, pues sueña con viajar algún día a Estados Unidos.


En la película no pasa gran cosa. Algunas de las escenas son mundanas: una visita a la peluquería, una estufa sobre la que se hierve café, una calle arropada en un diluvio. Hasta los momentos importantes son sutiles, a diferencia de los exagerados y a menudo melodramáticos “cambios de fortuna” de Hollywood. Sin embargo, la cinematografía compensa la escueta trama. Pues cada toma es una composición fotográfica elaborada con rigor, en las que se aprecia un cuidado absoluto del color, así como de la posición de los objetos, y la relación entre estos, para generar unas imágenes que parecieran cumplir una función independiente a la historia.

El manejo del ambiente de Flores hace que el espectador se sienta atrapado en un universo fílmico particular. Si bien la película transcurre en Barranquilla, no se asemeja en nada a las típicas imágenes que uno asociaría con esa ciudad. Todo, desde la los edificios y los muebles, hasta las calles y los personajes, hacen parte de una realidad íntima, construida con minucia por el director. Así, en ese espacio un tanto onírico, los protagonistas se encuentran y se enamoran, van a cine juntos, se desentienden de su soledad.



Y aunque la película acaba con un tono quizá rosa, comparte ciertos parecidos con el cine del malasio Tsai Ming-Liang, uno de los principales exponentes de la “Segunda nueva ola” del cine chino. Primero, en el manejo del tiempo, que transcurre despacio, casi meditativo; luego, en el uso deliberado del silencio, tan constante que se podría decir que hasta se escucha; también en la psicología de los personajes, unos seres marginados que viven en ciudades deshumanizadas; y finalmente en la presencia del agua, que acompaña a la cinta en todo momento.

Se trata, en últimas, de una historia de amor ordinario, sin enredos o hipérboles. Común y corriente, como los enamorados. Tan sencilla que no necesita de mucho, ni siquiera de palabras, para hacerse expresar. Apenas la lluvia, un tiquete de avión, una sala de cine y no mucho más.

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