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Fischer vs. Spassky, el tablero de la Guerra Fría

Tobey Maguire y Liev Schreiber protagonizarán a los dos ajedrecistas en ‘Pawn Sacrifice’, la película que recreará el mítico Campeonato Mundial de Ajedrez de 1972 en Reikiavik.

2016/03/28

Por Christopher Tibble

La historia del duelo entre Bobby Fischer y Boris Spassky en el Campeonato Mundial de Ajedrez de 1972 es tan buena que parece una película de Hollywood. Al igual que Searching for Sugarman, el cuento resulta tan perfecto, tan improbable, que bien pudo haber salido de un estudio de Universal Pictures. Pero se parece, incluso más, a una tragedia griega: Fischer era un héroe caído en desgracia, hipocondríaco, paranoico, que provocaba en el público compasión y desconfianza, y que se enfrentaba a la escuela de ajedrez soviética, la más poderosa del mundo. Se trataba de la Guerra fría en 64 casillas. El huraño contra el imperio.

Ahora, de la mano del director Edward Zwick (Diamante de sangre, El último samurái), esta historia llega a las salas de cine. El tráiler emociona a cualquier fanático del deporte ciencia. Pues, al fin y al cabo, deja entrever así sea por unos minutos el duelo más mediático e importante en la historia del ajedrez.




La partida del siglo
Boris Spassky hacía parte de la máquina de ajedrez soviética. Era el quinto campeón que producía el régimen ruso de forma consecutiva. Para ellos, el ajedrez era una forma de mostrar su superioridad intelectual sobre Occidente. Cuajaba a la perfección con los ideales de la Unión Soviética: era una actividad gratuita, que demostraba capacidad de análisis y era accesible para todos. Spassky, quien más tarde desertaría y se iría a Francia, recibía en ese entonces el afecto de sus compatriotas. Su país, además, lo mimaba por sus resultados: tenía carros, una casa grande y choferes. Nunca había perdido una partida contra Fischer.

A Bobby Fischer nadie lo consentía. Vivía como un ermitaño, dedicado a estudiar el juego. Era considerado el mejor jugador de la época: entre 1962 y 1972 solo había perdido dos torneos, uno de ellos ante Spassky. Tenía poco contacto con otra gente y a finales de los sesenta, sin previo aviso, desapareció del todo. Cerró la puerta de su apartamento y empezó a comunicarse con el mundo a través de la televisión. Rápidamente se convirtió en un mito. Pero en 1971, para sorpresa de todos, reapareció con un ímpetu monstruoso. Decidió que quería competir en el Campeonato Mundial en Islandia y aniquiló de forma vulgar a sus rivales. Ganó 20 partidas seguidas, una hazaña inédita en el ajedrez. Tenía 29 años.

Afuera transcurría la Guerra Fría. Poco antes del campeonato había estallado el escándalo de Watergate. El público americano estaba en busca de un referente positivo y lo encontraron en Fischer, quien todavía no se había dejado dominar por la paranoia. La fiebre del ajedrez contagió a los 50 estados. Todo el mundo quería saber del “prodigio de Brooklyn”. En los noticieros lo mencionaban en primera plana y la gente iba a los parques a jugar ajedrez. Así, Fischer se convirtió sin quererlo en el símbolo de Estados Unidos contra la Unión Soviética. De esa forma, su duelo con Spassky, a punto de arrancar, dejó de ser una partida de ajedrez. Se transformó en un combate intelectual entre las dos potencias mundiales. 

¿Ir o no ir?
Justo cuando iba a arrancar el torneo, Fischer decidió no ir. Desde California, donde vivía, empezó a hacer una serie de demandas extravagantes. Quería más plata. Quería cierto tablero. Paranoico, no estaba de acuerdo con nada. Un amigo finalmente lo convenció de por lo menos ir al aeropuerto. Allí, sin embargo, el inestable Fischer se percató de que un fotógrafo le acababa de tomar una foto. Enfurecido, salió corriendo y se fue a la casa de su amigo, donde el padre de este agonizaba a causa de un cáncer. Cuando le mencionaron eso, para motivarlo a irse a Islandia, Fischer se limitó a decir: “a mí eso no me molesta”.

La Federación Internacional de Ajedrez (FIDE) pospuso la partida 48 horas. El ambiente se volvió tenso. Los estadounidenses no sabían qué hacer y los rusos se empezaban a impacientar. Un millonario inglés, amante del juego, decidió duplicar el premio para el ganador (250.000 dólares). Pero el estadounidense no cedía. Finalmente Henry Kissinger, entonces Secretario de Estado, lo llamó y le dijo: “hazlo por tu país”. La llamada funcionó. Fischer se montó en el avión y, gracias a su fregadera, cuando aterrizó en Reikiavik lo recibieron cientos de reporteros. El mundo quería saber que le iba a pasar al errático genio.

Fischer se bajó a solas del avión. Ni su madre Regina, ni una novia o un amigo estaban a su lado. A pesar de que había entrenado físicamente durante meses, se veía demacrado. Un grupo de periodistas y una delegación lo esperaban con ansias en la pista para darle la bienvenida. Sin siquiera mirarlos, siguió derecho y se montó en un carro. Su mente estaba en otro lugar: era consciente, quizá demasiado, de que iba a comenzar la prueba más difícil de su vida. El campeonato sería de 24 partidas y podría llegar a durar hasta cuatro meses. 

Spassky había llegado hace días con un sequito de entrenadores, embajadores y masajistas. La delegación rusa estaba desesperada con la demora de Fischer, pues la veían como una estrategia para desequilibrar a su jugador. Muchos querían amenazar la continuidad del encuentro para ponerle un ultimátum a los caprichos del estadounidense. Spassky, sin embargo, solo quería jugar: temía que cancelar la partida lo haría ver débil.  


“Sentí que había destruido a un genio”
Finalmente llegó el día de la primera partida. En Estados Unidos la gente entró en sus casas para ver la transmisión en vivo. Times Square dejó de pasar comerciales. En sus inmensas pantallas apareció el recinto del encuentro. El público, amasado, aguardaba. Miraban en silencio, como estupefactos, el lugar del espectáculo: los jueces, las sillas de cuero negro, la imponente mesa de ajedrez.  

Spassky surgió primero en el televisor. El ruso se sentó, esperó, y al cabo de unos minutos, avanzó su peón dama dos casillas. Apretó el botón del tiempo. Nadie sabía dónde estaba Fischer. El ruso se puso a caminar por el escenario, nervioso. El silencio enmudecía. De la nada, apareció la larga silueta del americano, en traje y con paso resuelto. Spassky, de espaldas, lo atisbó y ambos se dirigieron al tablero.   

Después de 28 movidas, todo parecía indicar que iba a ser un empate. Se encontraban en una posición simétrica sin damas en el tablero. Pero Fischer la embarró. Se comió un peón envenenado con su alfil y su pieza quedó atrapada. Nadie entendía: era un error de amateur. Más tarde Spassky diría que el americano cometió el error “porque no estaba acostumbrado a jugar defensivamente y no se aguantó”. Para Gary Kasparov, Fischer simplemente no analizó la jugada lo suficiente. La partida acabó poco después. Spassky 1, Fischer 0.   



El estadounidense de inmediato culpó a las cámaras. Dijo que el ruido que hacían no lo dejó concentrarse. Nervioso, y un tanto paranoico, les exigió a los responsables que las quitaran. Pero el comité, por primera vez, no cedió ante sus demandas. Le explicaron que esa era la única forma de generar dinero. Durante los días después de la primer partida, el americano, histérico y a solas, golpeaba la puerta de un compañero a la una de la mañana y lo invitaba a deambular por las frías calles de Reikiavik. Se quería devolver a Estados Unidos.   

El día del segundo encuentro Fischer no apareció. El árbitro de la partida más tarde confesó que sintió “que había destruido a un genio” cuando dio inicio al encuentro sin la presencia del americano. Lo que no sabía era que apenas comenzaba la batalla, una tan intensa y dramática que pasarían veinte años antes de que Fischer se volviera a sentar frente a un tablero de ajedrez. Por el momento: Spassky 2, Fischer 0.  


Un frenesí sin precedentes
El panorama era aterrador para el estadounidense. Fischer había desistido a la segunda partida y su mente había empezado a ceder ante sus delirios. Su desconfianza, un componente natural de su personalidad, se había acentuado. Insistía en que no iba a jugar porque las cámaras hacían demasiado ruido y no lo dejaban concentrarse. Propuso entonces que jugaran en un cuartico que quedaba detrás de la sala principal. Spassky, el campeón ruso, accedió, a pesar de que hubiera ganado el campeonato si se hubiera negado, pues no tenía por qué ceder ante las demandas de Fischer. Esa partida, para sorpresa de todos, reescribió la historia del ajedrez.   

El estadounidense, famoso por jugar casi siempre las mismas aperturas, empleó una que casi nunca había usado: la defensa Benoni (palabra hebrea que significa ‘el hijo de mis desvelos’), una opción arriesgada y peligrosa donde las negras ceden el centro para concentrar su ataque en el flanco de la dama. Fischer no solo sorprendió a Spassky con esa elección, sino también con la forma en que jugó. El estadounidense llevo a cabo una combinación inusual, antiestética, que incluyó poner el caballo en el borde del tablero (una jugada denigrada por los profesionales, resumida en inglés con el aforismo ‘A knight on the rim is dim’). Spassky no entendía nada y antes de entenderlo su posición era inferior: estaba perdido.  No supo como continuar y así, de repente, perdió contra Fischer por primera vez en su vida.   

La victoria del estadounidense no demoró en convertirse en noticia y la popularidad del ajedrez estalló en un frenesí sin precedentes. Fischer aprovechó el impulso de confianza y, ya de vuelta en la sala principal, empató el cuarto partido y ganó el quinto, igualando el resultado. Las tablas se voltearon: los rusos capitularon ante la inmensa presión y le dieron rienda suelta a sus imaginaciones. Acusaron a Fischer de manipular las luces y el tablero para su beneficio y hasta pidieron que se examinaran los asientos. El comité apenas encontró dos moscas muertas. Incluso Spassky, hombre tranquilo y sensato, se dejó afectar: sentía que lo debilitaba una radiación extraña.   



Luego vino la partida más famosa del encuentro, en la que Fischer jugó de forma tan espectacular que, cuando terminó, Spassky, derrotado, se puso de pie y aplaudió con el resto del público. Fischer siempre movía el peón rey dos espacios, la jugada más común del ajedrez. Pero en ese juego dejó atónito al público. Por primera vez en su vida arrancó con el peón del alfil rey, la apertura inglesa. En ajedrez, un deporte que requiere cientos de horas de práctica, comenzar con una apertura que uno no conoce muy bien es jugar a ciegas, en especial contra alguien como Spassky. Fischer lo hizo descaradamente y jugó con precisión. Cuando los reporteros lo entrevistaron, les dijo muy emocionado: “¿Vieron lo que hizo Spassky? Qué gran hombre”, en referencia al aplauso del ruso.   

De ahí en adelante el ímpetu de Fischer fue imparable. En la partida 21 llegaron a la movida cuarenta y ambos se fueron a sus casas a estudiar la posición. Al siguiente día Spassky salió de su hotel y le comentó a un periodista: “Ya hay un nuevo campeón mundial. Se llama Bobby Fischer”.  

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