Pequeñas Voces (2011) se basa las entrevistas y los dibujos de niños desplazados crecieron en medio del conflicto colombiano.

'Pequeñas Voces': los niños narran el conflicto

A propósito del recién anuncio de la desmovilización de menores en las filas de la guerrilla, 'Arcadia' recuerda la película de Jairo Carrillo y Óscar Andrade, basada en las palabras de niños afectados por el conflicto. Una reseña de Hugo Chaparro Valderrama que salió en el libro 'Álbum del Sagrado Corazón del cine colombiano'.

2016/05/16

Por Hugo Chaparro Valderrama*

Pequeñas voces (2011)

de Jairo Carrillo y Óscar Andrade

Cuando crezcan, los niños de la guerra colombiana podrán ver que su país se convirtió en un manicomio de un millón de ki­lómetros cuadrados. Las décadas de los años ochenta y noventa serán consideradas como el tiempo en el que se deterioró la sa­lud mental de las víctimas y de los victimarios que ejercieron la profesión del exterminio en un país hechizado por la muerte. Los testimonios serán aterradores pero necesarios. Sus historias no podrán ser olvidadas y evocarán a los monstruos.

En medio del paisaje descompuesto del país, las cuatro historias que relacionan a los niños de Pequeñas voces servirán como sem­blanza de un presente que acaso continúe en el futuro.

Los diez años de trabajo que comenzaron para el equipo de pro­ducción cuando se acercaron a la Cruz Roja de Bogotá en el 2000 y empezaron a entrevistar niños desplazados por la violencia, y que culminaron con una película de animación de algo más de una hora basada en los relatos y dibujos de sus protagonistas, demuestran que cualquier formato audiovisual es efectivo para lograr sus propósitos cuando se aprovecha con el talento que en­riquece su materia prima en el caso de Pequeñas voces, el color, el sonido y las imágenes en movimiento al servicio de lo que el espectador puede reconocer como uno de los artificios más elaborados y evi­dentes que define al cine, la animación, sugiriendo la realidad en la que se apoya la película.

Pequeñas voces contrasta la plenitud de cuatro vidas forjadas en el campo con la apariencia de la felicidad, enfrentándolas a la tragedia de la guerra según la re­creación de un arduo y laborioso trabajo cinematográfico. Cuando escuchamos a los niños, al mismo tiempo que los rea­lizadores ilustran sus relatos, estamos entre la memoria documental de un país y las biografías individuales que padecen el horror. Su puesta en escena no des­miente el testimonio. El sonido tiene una potencia diferente según el significado auditivo de cada circunstancia; a la voz de un niño la puede opacar el estallido de una bomba y es entonces cuando en un microsegundo la banda sonora gira de la serenidad hacia el estruendo.

El guion de Carrillo no elude lo sentimen­tal. Tampoco la crudeza. Se ajusta a lo que pudo escuchar de los protagonistas cuando los entrevistó y respeta la sen­cillez de sus percepciones infantiles y el crecimiento forzado al que los pudo so­meter de una manera implacable la gue­rra al final de la película, las palabras del niño mutilado por una bomba admi­ten la esperanza con un pragmatismo contundente en el que se comprende lo inevitable sin abrigar ilusiones vanas. La fuerza de la película y la tensión de sus relatos se dan por el contraste entre los dibujos, la suavidad de las voces y el humor que tienen ciertos matices de la animación: las ruedas asimétricas y su­rrealistas de los camiones, el resplandor de la luz en cada imagen, las representa­ciones de los animales y el paisaje, y la crudeza de las armas, el rumor incompren­sible con el que hablan los guerrilleros y los paramilitares, el peligro que desvanece cualquier bienestar.

Pequeñas voces tiene la virtud de la con­tradicción: tras el color de sus imágenes y la plenitud que tienen las vidas de los niños, se agazapa el horror que no admite tregua alguna para condenar a sus víc­timas. El hecho de que sean testimonios reales no impide que parezca una ficción. Sus historias alcanzan niveles tan desme­surados y alucinantes que las imágenes parecen fragmentos de un sueño que evo­luciona lentamente hacia la pesadilla.

Cuando concluye la película, sabemos que no hay belleza posible capaz de disimular la tragedia narrada. Aun así, podemos celebrar la forma, aunque el contenido nos inquiete. Comprender que las Pequeñas voces del film son las de un país secreto o supuesto en regiones distantes para los que viven recluidos en las geografías urbanas cercanas al poder. Cuando se pro­yecte, en escuelas, bibliotecas, univer­sidades, a través de la televisión, en salas de cine, sus rostros anónimos serán un reflejo del espectador que también pueda reconocerse en las voces que se escuchan a través de las imágenes.

*Extracto de su libro Álbum del Sagrado Corazón del cine colombiano, de la editorial Semana Libros.

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