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Krigen: la guerra como dilema moral

La cinta de Tobias Lindholm, nominada a Mejor película extranjera en los premios de la Academia, gira en torno a la difícil decisión de un comandante danés durante un combate en Afganistán. ¿Se deben condenar las acciones tomadas bajo extrema presión?

2016/02/28

El cineasta Tobías Lindholm parece sentirse más cómodo narrando historias engorrosas, en las que los límites éticos se desdibujan y donde puede explorar con minucia la psicología humana. En su película anterior, A Hijacking (2012), el director examina la relación entre unos secuestradores somalís y la tripulación de un barco comercial al tiempo que sondea el dudoso proceso de negociación liderado por el dueño millonario del navío. A su vez, ha colaborado en los guiones de películas de Thomas Vinterberg, incluida la extraordinaria La cacería (2012), el inquietante retrato de un pueblo danés donde un hombre es acusado de tocar a una niña.

En Krigen (2015), traducida al inglés como A War, el director narra la historia del comandante danés Claus Michael Pedersen y de su escuadrón en la provincia de Helmand, en Afganistán. Los hombres se encuentran en una base militar a las afueras de un pueblo, salvaguardando a los civiles de los ataques de la guerrilla talibán. Su situación, en un comienzo más o menos apacible, se torna complicada cuando los soldados se involucran en la vida de una familia de la zona. Cuando, de repente, un acto de bondad amenaza no solo a los habitantes del pueblo, sino a la cuadrilla misma.

Heredero del estilo realista y despojado de efectos especiales que fomentó el movimiento de cine vanguardista Dogme 95, creado por Vinterberg y Lars von Trier a mediados de los noventa, Lindholm relata la guerra sin ínfulas nacionalistas o actos heróicos. Se centra, en cambio, en las relaciones personales y en retratar la humanidad de los soldados, a menudo ignorada en la películas bélicas. El cineasta tampoco parece condenar el conflicto armado. Más bien, lo utiliza como un marco para presentar una situación moralmente compleja, cargada de matices y difícil de juzgar.

 Al mismo tiempo, y por intervalos, Lindholm abandona a los soldados para retratar el día a día de la esposa y tres hijos de Pedersen en Dinamarca. El cineasta enfatiza la crianza de los niños por parte de la madre y su difícil realización en la ausencia del padre. Así, pone en evidencia la distancia entre el comandante y su familia con escenas sutiles, como cuando uno de los niños, el más terco de los tres, se rehúsa a bajar del carro para ir al colegio. Hacia el final, sin embargo, las dos historias confluyen cuando los altos mandos del ejército danés acusan a Pedersen de cometer un crimen de guerra y lo mandan devuelta a su país.

Es entonces que la historia se adentra de lleno en las implicaciones morales del conflicto armado. En el juicio, Pedersen debe decidir si justifica sus acciones en el campo de batalla o si, como su ética le indica, se declara culpable y asume las consecuencias. La situación, sin embargo, no es tan sencilla: si bien la decisión que tomó bajo fuego tuvo consecuencias negativas, también salvó la vida de uno de sus hombres. Así es como el juicio, de por si cargado de tensión dramática, se convierte en una especia de clase de filosofía moral.

Si se usa una mentira para salvar a alguien, ¿esa mentira es justificable? Si la persona desconocía cuál iba a ser el resultado de sus acciones, ¿es culpable? ¿Qué es más importante, la vida de alguien o la verdad? 

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