Se cumplen 50 años de la mítica película Psicosis.

Psicosis de Alfred Hitchcock

Hace 50 años, con solo dos días de diferencia, se estrenaron dos películas en Nueva York. La una, El apartamento, sería la cima del talento de Billy Wilder y la culminación de una época dorada del cine. La otra abriría la puerta a una nueva manera de hacer cine. Psicosis, de Alfred Hitchcock, nos enseñó a todos a gritar. Y todavía estamos gritando.

2010/06/29

Por Manuel Kalmanovitz G.

Para entender lo revolucionaria que fue Psicosis hay que hacer un esfuerzo de la imaginación. Hay que volver 50 años en el tiempo, a 1960, cuando no todo podía mostrarse. Hay que pensar que el director de cine más famoso de la época, acostumbrado a trabajar con grandes presupuestos, grandes estrellas y a todo color, había decidido adaptar un libro calificado como “infilmable” por uno de los rebuscadores de materiales de los estudios.

Y que había decidido hacerlo con bajo presupuesto y en blanco y negro –en cierta forma un regreso al pasado porque durante la década de los cincuenta las películas en blanco y negro se habían vuelto minoría.

Suena extraño. Como si un chef famosísimo, acostumbrado a los ingredientes más exquisitos y a los paladares más refinados, decidiera hacer pelanga para venderla al pie del Parque de la Independencia.

Pero los tiempos estaban cambiando y el director famoso al mando de este proyecto, Alfred Hitchcock, llevaba 38 años haciendo películas y había logrado evolucionar con ellos. ¿Y si lo de los paladares refinados fuera ya historia? ¿Si la pelanga fuera el nuevo caviar?

Un director menos famoso, menos perverso o menos terco no habría podido sacar adelante el proyecto. Contribuía, claro, que Hitchcock ofreciera trabajar con el grupo técnico que había entrenado en su serie de televisión y que podía hacer las cosas rápida y eficientemente.

Pero ese no era tanto el problema. Lo que hacía “infilmable” al libro no eran consideraciones artísticas o narrativas (es decir, no era “infilmable” como Lezama Lima es “infilmable”) sino la sordidez de todo el asunto. Simplemente, parecía no ajustarse a los “estándares de decencia”.

Aunque ahora sabemos lo que no sabía el pobre y ahora infame rebuscador de material que desaconsejó adaptar al libro: era eso, justamente, lo que estaba cambiando.

El libro de Robert Bloch está basado libremente en la figura de Ed Gein, el necrófilo de Wisconsin que tres años atrás, en 1957, había sido capturado por la policía y declarado mentalmente incapaz de ser juzgado después del hallazgo en su granja de cráneos, una caja de zapatos llena de vulvas, cuatro narices de personas y varias sillas forradas con piel humana, entre otros trofeos macabros.

En la película, claro, no hay vulvas en cajas de zapatos, ni sillas forradas en cueros de sospechosa proveniencia. Lo permisible no llegaba hasta ahí.

Pero Psicosis sí abrió una puerta al horror que se escondía detrás de los sueños de la clase media estadounidense de los cincuenta, del bienestar y optimismo de posguerra. Es como si ese horror se hubiera encarnado en el mundo real con la figura de Ed Gein y necesitara también hacerlo en el espacio simbólico de la pantalla. Y lo hizo con el Norman Bates de Hitchcock en 1960.

Hay varios toques geniales en Psicosis y uno de los más evidentes es el casting, es decir, la reacción casi alquímica que se produce cuando se escoge a un actor para interpretar a un personaje. En 1960, Anthony Perkins, que encarna a Norman Bates, era un ídolo de jovencitas, el chico sensible, callado y conflictuado que al final enamoraba a las coprotagonistas que terminaban viendo más allá de esa fachada.

Al darle el papel de Norman Bates, Hitchcock aprovechó esa aura para sugerir que eso enigmático y reticente en el ídolo de jovencitas no es simple timidez, sino una terrible y enfermiza confusión sexual que se sublima en asesinatos, para no hablar de otros pasatiempos taxidérmicos.

Y está Janet Leigh, la hermosa protagonista que en los primeros minutos de la película vemos (¡huy!) en brasier, viéndose con su amante (¡huy!) en un motelucho sórdido. Aunque el truco de casting ahí no tiene que ver tanto con la imagen que tenemos de ella, sino con saber que es una estrella, lo que nos hace esperar, en consecuencia, que nos acompañe toda la película.

Psicosis es una montaña rusa. Desde ese comienzo, nos lleva a los espectadores de la mano, dándonos indicios falsos, llamando la atención a detalles sin importancia, para que nos perdamos y nos dejemos llevar con más abandono. Quizás sea ese abandono el requisito básico para lograr lo que Hitchcock llamaba “una experiencia” en la famosa y extensa entrevista que le dio a François Truffaut.

En eso, también, Psicosis era un abrebocas de lo que vendría, de lo que hay ahora: esa exigencia de tantas películas de acción por abandonar toda lógica o esperanza de encontrar un hilo argumental desde el comienzo, como si no viniera al caso o no importara.

“En Psicosis, el argumento me importa poco, los personajes me importan poco –le dijo a Truffaut–. ?Lo que me importa es que la unión de los trozos del film, la fotografía, la banda sonora y todo lo que es puramente técnico podían hacer gritar al público. Creo que es para nosotros una gran satisfacción utilizar el arte cinematográfico para crear una emoción de masas”.

Quizás solo con ese desapego clínico sea posible acercarse a Psicosis sin perder la cabeza o cualquier rayo de esperanza. Porque si se mira con atención, la película no ofrece ninguna salida. Todas las vidas que retrata son miserables, los valores tradicionales (el amor filial, el amor de pareja, la esperanza de una mejor vida) no son más que chistes viejos y mal contados, estructuras que vemos resquebrajarse desde la montaña rusa armada por Hitchcock sin ofrecer alternativas.

Y sí, es todo un espectáculo. “Una experiencia”, como diría él. Pero al mismo tiempo hay algo autodestructivo en este colapso de valores. Porque las películas de Hitchcock, con toda su perversidad socarrona, dependían justamente de esas estructuras para ser efectivas. Al volverse obsoletas, lo único que queda es la amargura y la mala leche. Palabras que describen muy bien la obra tardía de Hitchcock (exceptuando quizás a Los pájaros, de 1963). En ese sentido, Psicosis es el comienzo de un fin. 

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