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Puente de espías: una guerra muy fría

Esta es una película convencional de principio a fin. Y predecible. Y además, insoportablemente maniquea. Aunque Steven Spielberg es, sin duda, un director industrial que ha creado muchas de las aventuras más fascinantes del cine –E.T, Indiana Jones, Goonies, El imperio del sol, etc.—en esta ocasión, su intento por crear una película que fuera más allá de un colonialismo ramplón no le ha salido bien.

2016/02/25

Por Redacción Arcadia

La película se ocupa de otra historia “basada en la vida real”, esta vez la del abogado experto en seguros James B. Donovan (Tom Hanks) a quien tras la captura del espía soviético Roman Ivánovich Abel (Max Rylance) le cae en las manos un caso que nadie quiere asumir. El argumento comienza en 1957, en plena Guerra Fría. Los Estados Unidos quieren demostrar a su contraparte soviética que son mucho más civilizados y que le darán garantías a cualquier espía capturado en su territorio. Donovan es un tipo modélico, apegado a la ley, buen padre de familia y estupendo esposo que asume la defensa de Ivánovich sin hacer caso del veredicto anticipado de jueces, colegas y demás miembros del aparato judicial para quienes el caso es solo un trámite cuyo fin es obvio: ningún acto de espionaje será tolerado por el país más poderoso del mundo y se castigará con la muerte.

Aunque Donovan no logra oponerse a esa estructura, sin embargo logra salvarlo de la pena de muerte, con una trampa que anuncia el desarrollo de la película: Ivánovich debe vivir porque es una pieza clave de intercambio, en caso de que un espía norteamericano caiga preso en territorio soviético.

Entonces ocurre lo predecible: un aviador es derribado por cazas soviéticos, es llevado a juicio y se convierte en la pieza de intercambio perfecta. El mismo día que Donovan, ahora reclutado por la CIA como una especie de enviado en la sombra, llega a Berlín para negociar con los rusos en su embajada de la RDA, un estudiante estadounidense es capturado cuando intenta ver a una familia amiga violando el muro que para entonces, 1961, estaba a punto de ser una realidad que separaría, durante 28 años, a la población de una ciudad y al mundo entero.

De ahí en adelante, todo es puro trámite. Ires y venires por una geografía de postín, con la típica escena de tensión en el Chekcpoint Charlie, el puesto fronterizo hoy devenido en suvenir turístico. Donovan ahora debe rescatar –o intercambiar—no a uno sino a dos ciudadanos americanos a cambio del espía ruso: ¿lo logrará?      

No hay mucho más qué decir sino que la idea de la academia de nominar a Spielberg parece más un requisito a llenar año tras año. Tom Hanks actúa, como lo ha hecho desde hace tiempo, de sí mismo; Max Rylance, nominado a mejor actor de reparto, no sobresale. La dirección es complaciente. Y el ritmo poco vertiginoso para una historia que tenía muchas posibilidades de convertirse en una verdadera mirada autocrítica a un momento histórico en el cual la polarización era el pan de cada día.

Pero Puente de espías no pretendía nada de eso. Apenas quería demostrarnos cómo ese hombre, que en verdad existió y que en principio fue señalado e insultado por los ciudadanos de su país por defender a un ruso, luego se convierte en un héroe de una película con moraleja incluida: América (como dicen ellos) es un territorio de emancipación, de hombres que luchan sin importar de quien se trate, para defender el derecho de cada ciudadano del mundo a ser libre.

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