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¿Quieres ser Charlie Kaufman?

El guionista más brillante de la última década se lanzó a la aventura de filmar su primera película como director. ¿Cuál fue el resultado?

2010/07/02

Por Andrés Felipe Solano

¿Quién selecciona la música que se oye en los supermercados? ¿De donde salen los guardias de los programas de televisión que pretenden hacer cumplir la ley en una falsa corte? ¿A quién pertenece la voz que sale por un parlante y dice: “El museo se cerrará en quince minutos”?

Hace veinte años Charlie Kaufman era la respuesta a una de estas preguntas. El ganador de un Óscar a mejor guión original con una de las películas de nombre más largo y oscuro de todos los tiempos (Eternal Sunshine of the Spotless Mind, 2003), no solo prestaba su voz para el Minneapolis Institute of Arts en las tardes. A principios de los años ochenta Kaufman tenía otro trabajo, incluso más aterrador. Durante cuatro años y medio se presentó durante todas las madrugadas en el sótano donde funcionaba el departamento de circulación del periódico Star Tribune. Era el encargado de “tomar las llamadas que reportaban periódicos perdidos a las cinco de la mañana. Era un trabajo muy duro, especialmente durante el invierno. Me tenía que levantar a las cuatro y tomar el bus hacia el centro. Hacía mucho frío y todo el mundo se veía realmente triste”. Durante aquellos años Kaufman, elegido por la revista Première como uno de los cien hombres más poderosos de Hollywood una década más tarde, alcanzó a pensar seriamente que estaba destinado para una clase de vida en la que los clientes alterados gobernaban y un conductor lo devolvía por no tener el cambio exacto.

En 1991, el ya no tan joven graduado de New York University, donde Kaufman realizó algunos cortos y escribió un par de guiones, decidió dejar su trabajo de hombre en el subsuelo y se mudó a Los Ángeles en plena temporada de contratación. Partió, como era de suponerse, sin ninguna perspectiva clara. El pequeño Kaufman, famoso por sus camisas a cuadros y su pelo enmarañado, pasó mucho tiempo sentado al lado del teléfono esperando por una llamada. La única que entró, sin contar las de su esposa Denise, fue la de una persona que le ofrecía trabajar en un programa que transmitía clips tomados de cadenas comunitarias a lo largo de Estados Unidos. El glamuroso puesto además no podía ser en otra ciudad que Minneapolis. Así que Kaufman empacó y metió sus maletas dispuesto a manejar su carro Volkswagen Jetta 1980 durante 2.452 kilómetros, distancia que tendría que recorrer sin aire acondicionado. Horas antes de que dejara Los Ángeles, recibió una segunda llamada de un tipo que lo contrataba para que hiciera algunos episodios en Get A Life!, una serie sobre un treintañero que vive con sus padres y reparte periódicos. Así comenzó un circuito en el que escribió alrededor de treinta episodios para distintas comedias y un piloto para HBO en el que quizá se condensa, junto a los dos capítulos que hizo para Get A Life!, toda su obra hasta llegar a su última película de nombre impronunciable: Synecdoche, New York (2008), que además dirigió.

De alguna manera todas las películas de Kaufman se originan en relaciones que se caen a pedazos, donde hombres son amenazados por mujeres, o se sienten culpables ante las mujeres que aman, o desean mujeres ajenas, o traicionan a sus mujeres y se arrepienten después. Además el guionista se ocupa de oscuras fantasías diarias: entrar en la mente de otro, vivir la vida de alguien más, borrar el dolor de nuestra memoria, hacer de la ficción la realidad, despojarnos del tiempo, hacerlo una ilusión; que sin duda son los temas de los que se han ocupado sus críticos y por los que Kaufman se ha ganado su reputación de hombre de vanguardia. Pero, como le dijo él mismo a Charlie Rose, durante su primera entrevista para la televisión el 27 de marzo de 2004, esos temas no son la esencia de sus guiones. Hablando de Eternal Sunshine... “Fue una reacción adversa a todas esas comedias románticas que me han hecho tanto mal en mi vida... el proceso de borrado y todo lo relacionado es divertido para mí, pero era simplemente el contexto para contar la historia de una relación”. Así, Kaufman resulta siendo un cruce del más puro Woody Allen con un David Lynch decolorado, donde el director que se enamoró de su hija adoptada termina por ganar el pulso.

La cuarta película de Charlie Kaufman no se ocupa de nada diferente. Synecdoche, New York se trata de un director de teatro hipocondríaco, casado con una pintora de miniaturas que con los días se va alejando de su esposo para acercarse a su mejor amiga, de la que termina por hacerse su amante. Caden Cotard, su nombre, también tiene una hija pequeña que se pregunta por qué cada vez que va al baño caga verde y una admiradora de nombre Hazel, una pelirroja que atiende la taquilla del teatro donde trabaja, que, vale decirlo, vive en una casa literalmente en llamas. Cotard poco a poco se obsesiona con la muerte y con perder a su esposa. Es, en suma, una película de terror, como bien lo dijo Kaufman al periódico Los Angeles Times: “Me he estado preguntando qué es realmente aterrador, no qué es lo que nos asusta en las películas de horror, eso es demasiado fácil. He estado pensando acerca de las cosas que en verdad me aterran a mí. La película es acerca de enfermarse y morir, acerca del tiempo que se va muy rápido mientras te vuelves viejo y de no sentir que estás logrando lo que deseabas. Hay asuntos acerca de las enormes pesadillas de las relaciones en los que he estado pensando... perder a tu familia. Perder el respeto de tu esposa”.

Kaufman no escogió al azar el nombre de su personaje, representado por Philip Seymor Hoffman. El síndrome de Cotard se refiere a personas que creen que sus órganos internos han dejado de funcionar. Los pacientes pueden llegan a afirmar que en realidad están muertos y a la vez son inmortales. En pocas palabras se convierten en almas en pena. Exactamente así se siente Caden justo cuando su esposa lo deja para irse a vivir a Berlín con su amante y su hija. Una vez solo, el director de teatro trata de luchar contra la enfermedad y se refugia en su admiradora Hazel, con la que no puede tener sexo (rompe en lágrimas en el momento). A Cotard le es imposible dejar de pensar que su corazón ha dejado de latir y se pudre en su pecho y esa negación le impide amarla. Al borde del desespero le llega la beca Macarthur para genios (sic) y su vida cobra un nuevo aliento. Hazel finalmente se casa con otro hombre, Cotard se hace amante de una de sus actrices y planea lo que va a ser un proyecto grande y verdadero: construir una réplica de Nueva York en una bodega y montar su propia vida. Una trama que en manos de Kaufman es perfecta hasta que el aburrimiento llega después de la primera hora, un pecado que nunca antes había cometido. La segunda parte de la película se convierte en un insoportable juego de espejos donde los actores que representan a Cotard y a sus mujeres son a la vez representados por otros y así hasta el infinito. La obra, por supuesto, nunca llega a estrenarse, Cotard envejece y eventualmente muere en el intento por conseguir una obra de arte llena de verdad. El contexto devora la esencia y ahí fracasa la película.

Synecdoche, New York, a diferencia de las anteriores, no ha sido ungida con unanimidad por los críticos. Pero Kaufman tiene una explicación para su película y en general para sus guiones: “Una obra de teatro está viva cada vez que la miras. La interacción entre los actores siempre va a ser diferente, la energía de la audiencia cambia las actuaciones, pero una película está muerta y es inamovible. ¿Entonces, cómo hacer para que una película esté más viva? Mi respuesta es hacer filmes que te permitan descubrir nuevas cosas después de verlas varias veces. Y mi propósito es hacer sentir que la película es una cosa viva en lugar de algo muerto”. Finalmente Kaufman puede haber logrado lo que esperaba cuando tomaba llamadas a las cinco de la mañana en el sótano del Star Tribune: fracasar. Pero, como siempre, conserva la confianza del jugador que lo lanzará a una nueva película: “Me gusta la noción del fracaso. La única manera de hacer algo interesante es si no te importa fracasar”.

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