El poster de la película.

La increíble historia de Genesis Potini

El 27 de agosto se estrena ‘El renacer de un campeón’. La película neozelandesa, basada en la vida de un famoso ajedrecista, arrasó en varios festivales internacionales el año pasado.

2015/08/27

Por Christopher Tibble

No existen muchas películas sobre ajedrez. El juego, a decir verdad, no es muy cinematográfico. La mayoría de sus apariciones en la pantalla grande son esporádicas, a modo de metáfora o demonstración de inteligencia, como en El séptimo sello, de Ingmar Bergman, o Harry Potter y la piedra filosofal. Hay, por supuesto, excepciones: desde Fiebre de ajedrez, el genial cortometraje de los años veinte que filmó el soviético Vsevolod Pudovkin, hasta la higiénica En busca de Bobby Fischer, una cinta noventera aclamada por la crítica. Hacía falta, sin embargo, una película que lograra, de manera simultánea, centrarse en el juego e imbricarlo en una dinámica social mayor. Una mezcla difícil de consolidar, pero que ya cuenta con un exponente: El renacer de un campeón, el segundo largometraje del neozelandés James Napier Robertson.

Basada en la vida real, la obra estrenada el año pasado se ha convertido en poco tiempo en un clásico del país insular. Además de ser un éxito en taquilla y de ser considerada por la crítica local como una de las mejores cintas de su historia, El renacer de un campeón se llevó el premio a mejor película en los festivales de Nueva Zelanda, Seattle, Rotterdam y San Francisco. Un crítico incluso afirmó que se trataba de la mejor cinta que ha salido de Nueva Zelanda en más de veinte años. Y no es difícil entender por qué ha causado tanta conmoción el largometraje protagonizado por Cliff Curtis (Blow, Somos Guerreros): se trata de un relato conmovedor que entrelaza con naturalidad el bajo mundo de las pandillas, el tabú de las enfermedades mentales y un torneo infantil de ajedrez.

Genesis Potini (Curtis), quien falleció en 2011, fue un ajedrecista que alcanzó notoriedad en su juventud. Su vida, sin embargo, tomó un giro drástico cuando, después de un torneo, un doctor lo diagnosticó con un trastorno bipolar. Al igual que el protagonista de la corta novela de Stefan Zweig llamada Ajedrez, la locura de Gen (como le decían sus allegados) había sido exacerbada por el deporte ciencia, un juego tan complejo que, llegada la movida cuarenta, las posibilidades que se pueden dar en el tablero superan el número de partículas en el universo observable. En cierto sentido, la relación entre las enfermedades mentales y el ajedrez es un lugar común, pero solo por la cantidad de ejemplos que existen: Bobby Fischer sufrió una crisis esquizofrénica después de ganar el campeonato mundial de 1972 y no volvió a tocar un peón en veinte años; el maestro judío Akiba Rubinstein pasó la Segunda Guerra Mundial en un asilo mental en Europa y no terminó en un campo de concentración por mostrarse entusiasmado con la idea cuando los nazis lo visitaron.

El renacer de un campeón exhibe esa relación. Pero también va más allá. La cinta encuentra a Potini cuando está a punto de salir de un hospital psiquiátrico. Antes, durante una excursión, la cámara lo acompaña dentro de un anticuario, donde alcanza a sorprender a un puñado de transeúntes con su habilidad frente a un tablero antes de ser forzado a entrar en la camioneta de la clínica. A pesar de que los doctores quieren que continúe internado, su hermano, un importante miembro de una pandilla local, decide hacerse cargo de él y le ofrece una cama en su casa, la base de operaciones de la banda criminal. Ahí, aún trastocado por su enfermedad, pero dispuesto a tomarse sus medicamentos, Gen conoce a su sobrino, quien a insistencia de su padre piensa someterse al ritual de iniciación de la pandilla.

Al mismo tiempo, y para salir de ese difícil ambiente, Gen decide entrenar en un garaje a un equipo de niños provenientes de hogares de bajos recursos y violentos. A través de su interacción con los niños, Potini no solo se reencuentra con el juego, sino que además descubre una actividad que le ofrece la estabilidad recomendada por sus médicos. Pero hay un problema: su sobrino, educado por su padre para ser un criminal, quiere jugar. Quiere, en últimas, escapar. Y ve a su tío como el camino a la libertad. De por si inestable, Gen entonces debe encontrar la forma de balancear dos posiciones adversas: el deseo de su hermano y el de su sobrino.

Son varios los logros de la cinta de Robertson. Por un lado, la dirección es impecable. Tanto los actores como la música funcionan para visibilizar los barrios marginales de Nueva Zelanda y el resquebrajado mundo interno de Potini. Por otro lado, El renacer de un campeón logra trascender el tablero de ajedrez, si bien todo gira en torno a él: la cinta demuestra como el juego puede ser una herramienta de cohesión social. Además, mediante los monólogos atropellados de Gen, traza una analogía entre el ajedrez y la comunidad entrelazando la mitología de la etnia Maori con la función de cada una de las piezas del tablero. “Es un juego de guerra”, afirma uno de los miembros del club de ajedrez. Una guerra simbólica a la que Potini recurrió durante años para sacar a niños de barrios marginales de otra guerra, la de las pandillas y las drogas.

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