RevistaArcadia.com

Retrato fracturado de familia

La película franco-belga 'Después del amor' es una obra inteligente y honesta, perfecta para la temporada de diciembre en la que el buen cine se suele ir también de vacaciones.

2016/12/14

Por Pedro Adrián Zuluaga

“No hay ningún fracaso, ni la enfermedad, ni la ruina profesional o económica, que tenga un eco tan cruel y profundo en el subconsciente como un divorcio. Penetra hasta el núcleo de la angustia, resucitándola. La herida provocada es más profunda que toda una vida”. Esta cita del escritor alemán Botho Strauss se usa como epígrafe de un filme dirigido por la actriz Liv Ullmann, a partir de un guion de Ingmar Bergman. La película se llama Infidelidad, pero en el centro de su devastador drama lo que hay, dominando sobre todo lo demás, son rupturas emocionales, parejas que se distancian. La infidelidad a la que alude el título se queda corta si se la reduce a la extendida costumbre del adulterio. Ullmann y Bergman sugieren que los amantes que se separan traicionan algo esencial que afecta la confianza o, si se quiere ir más lejos, la fe. Esa promesa de una vida protegida por el cuidado mutuo, cuando se desvanece, deja un eco “cruel y profundo”.

La película franco-belga Después del amor respira al unísono con esa visión pesimista que todos reconocemos como el sello bergmaniano. En la primera escena, una mujer aún joven y dos niñas, sus hijas, llegan apuradas a la casa donde viven. La tensión interna de los planos siguientes, lo cortante de los diálogos entre los personajes –no tarda en aparecer el padre de las niñas– y el movimiento nervioso de la cámara, nos entregan las primeras informaciones sobre un mundo que se está desmoronando. Encerrados en esa casa-prisión, los protagonistas –y sus eventuales testigos– vivirán el desgaste de una fractura amorosa. Las pocas ocasiones en que la película sale al exterior de ese decorado doméstico, no lo hace para ofrecer un respiro de aire libre sino para remarcar lo inevitable de la separación.

A partir de una situación tan prototípica, mostrada una y otra vez por el cine, el director Joachim Lafosse logra una película efectiva y dolorosa que no hace ninguna concesión al espectador, pero que le entrega a cambio algo mucho más valioso: precisión y contundencia en la representación, un archivo de gestos –aquellos del fin del amor– en el que cualquier espectador podrá reconocer su propia verdad. Para hacerse una idea de lo austero de su propuesta estética y narrativa, de la frialdad clínica y notarial de la mirada –que no impide el despliegue de momentos de dulzura donde estos dos tanques de batalla, los amantes, se permiten un cese al fuego– convendría reparar en el sentido del título original de la película: L’économie du couple, la economía de la pareja. Luego de 15 años de relación, a Boris (el también director Cédric Kahn) y Marie (Bérénice Bejo, recordada por su papel en El artista), lo único que parece quedarles en común son unos bienes: precioso botín de guerra que debe ser negociado. El mayor bien de todos es esa casa que la pareja insiste en compartir por razones económicas, a pesar de que del viejo amor solo sobreviven agrios reproches.

La película confina a los personajes en esa casa en disputa pero se las ingenia para que la cámara los persiga como un animal en celo. Donde todo parece ser dureza e inmovilidad, emociones que se atragantan y se estancan, la cámara aporta soltura, capacidad de reaccionar al movimiento interior y físico de los personajes. Este es apenas uno de los muchos detalles en que Después del amor exhibe su precisa filigrana. Lo mismo se podría decir de la música, que aparece solo en momentos clave. O de la alternancia de situaciones cotidianas vividas en relativa calma por la familia con otras donde los dos personajes principales se quiebran y pierden la compostura que se quieren imponer para no afectar a las dos niñas pequeñas.  

Con decisiones guiadas por el rigor narrativo y la confianza en lo que está contando, Lafosse nos entrega una pieza plena de inteligencia, donde la justa distancia se revela como la verdadera compasión, un oasis de honestidad artística para una temporada –la de diciembre– en la que el buen cine se suele ir también de vacaciones.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.