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Río arriba

El mismo director que sorprendió con el largometraje El rey pronto estrenará un documental basado en El río, un libro de Wade Davis que revela la travesía del científico Richard Schultes por el río Apaporis. Además, será musicalizado por Phillip Glass.

2010/06/30

Por Ricardo Silva Romero

Robert Flaherty reconoció que la finalidad de los documentales era hacernos prójimos de los desconocidos. Alfred Hitchcock se aventuró a decir que en esa clase de películas Dios es el director. Errol Morris agregó que ningún otro tipo de narración partía de la base de que el mundo estaba tan fuera de control como nosotros mismos. Las tres citas vienen al caso porque la crónica que ha filmado el director caleño Antonio Dorado, un relato valiente que en inglés lleva el título de In Search Of One River, consigue acercarnos al indescifrable río Apaporis. Y tiene el buen gusto de no pretender ser más que el diario de un viaje al fondo de la selva en el que pudo haber sucedido cualquier cosa.

El documentalista suele ser un hombre resignado que no se encuentra tan interesado en lo que sabe como en lo que descubre. Un día se da cuenta de que anda detrás de una historia que quizá no tenga final. Y empieza la marcha. Antonio Dorado emprendió el camino hacia su hallazgo gracias a aquella obra del antropólogo canadiense Wade Davis, El río, que desde hace siete años ronda las mesas de noche de los intelectuales colombianos. “Yo creo que esta película me buscó —me dijo Dorado hace unos días—. Tres personas me hablaron la misma semana del libro de Davis, me dijeron ‘tienes que leerlo: es un librazo’, hasta que una cuarta me lo dio de regalo”.

Era el final de 2004. Acababa de estrenar su primer largometraje de ficción: El rey. Y como aquella producción sigue el nacimiento, el auge y la caída de un arquetípico capo de la mafia colombiana, le recomendaban a diario relatos sobre los orígenes del negocio de la droga. Una tarde no le quedó más salida que leer el bendito libro que lo acosaba. Y, apenas se dejó arrastrar por ese volumen de setecientas páginas que parece de cien, se le volvió “uno de los diez que me llevaría a una isla desierta”. Se obsesionó. Consiguió el teléfono de Davis, apenas terminó la lectura, para conversar con él sobre la posibilidad de hacer una película. Ya no veía alternativas.

Y no las veía porque Davis no solo contaba en su texto los pasos que el etnobotánico Richard Schultes, su maestro, había dado por los 805 kilómetros del río Apaporis en busca de plantas medicinales que aliviaran los peores días de la Segunda Guerra Mundial. También narraba sus propios recorridos por las selvas, las comunidades y las sabidurías de la Amazonía colombiana. Y probaba que a los indígenas de la región, que creen en el poder de la naturaleza, que no saben que la magia es magia y se sienten a salvo entre las trampas de la selva virgen, no se les ha reconocido lo suficiente todo lo que han descubierto en beneficio del mundo. Filmar una película sobre su jungla podía ser un buen comienzo.

Davis le confesó a Dorado, esa primera vez por teléfono, que se sentía orgulloso de que un colombiano hiciera algo con lo que él consideraba una “carta de amor” para el país. Le dijo que había sido, por orden de Schultes, un hombre dispuesto a probar las bondades de todas las plantas. Y al final apartó tres días, en una agenda repleta desde 2005 hasta 2010, para que empezaran a trabajar juntos en el proyecto. Pensaron, en un primer momento, producir una película dramática. Después llegaron a la conclusión de que lo mejor sería hacer un documental cuyo clímax fuera el momento en el que el propio Davis vuelve al Amazonas para regar las cenizas de Schultes en el Apaporis.

Desde ese momento empezaron los obstáculos. Dorado confiesa, en su diario de filmación, que sus estudiantes de la Universidad del Valle “comenzaron a apostar cuál profesor me reemplazaría” desde que se enteraron de que iba a filmar una película en una zona plagada de bichos devoradores de córneas, hormigas carnívoras y secuestradores. “Le he dicho a Wade Davis que no es conveniente que me acompañe en este primer viaje hasta que yo no verifique con mis propios ojos (y pellejo) el asunto”, escribe. “Yo lamentablemente no tengo a nadie que me pueda detener o que vaya en mi lugar”. Solo le quedaba, ante la ausencia de Davis, perseguir una trama nueva: llevarles a los indígenas del Apaporis, para captar sus reacciones, las fotografías que Schultes se tomó con sus ancestros en los primeros años de la década del cuarenta.

Viajó al Vaupés en febrero de 2007. Llegó preparado para enfrentar “un infierno verde”. Y sobrevivió a la selva gracias al trabajo de un par de antropólogos amigos, a la valentía de los cinco miembros de su inmejorable equipo de filmación y al reconocimiento de que ese paraíso no iba a atacarlo por la espalda. Estuvo a punto de naufragar. Pudo haber sido secuestrado. Pero conoció idiomas capaces de designar quince tipos de verdes, vio la vida de comunidades que siguen valiéndose del trueque, fue testigo de la preparación del carare, del polvo de coca, del yagé. Pudo hablar “con los custodios del lugar más bello del mundo”: las cataratas del Jirijirimo. Y estuvo presente en las danzas con máscaras que Schultes fotografió hace ya cincuenta años.

“Yo no conocía la selva —me dijo—. Y mi primer descubrimiento importante fue que no es lo que ves en las fotos o en las películas: cuando entrás te das cuenta de que todavía existe la vorágine, notás que tenés que oírlos a ellos porque son los maestros de la jungla, reconocés que ahí está escondido el corazón de la vida”.

Filmó el 1% de lo que vio, un poco menos de 50 horas, porque no se podía tener la cámara encendida todo el tiempo. Sin embargo, cuando terminó el primer borrador del largometraje junto al editor Mauricio Vergara, notó que no solo había vuelto a salvo de la Amazonía: también había retratado con respeto a esos hombres que han venido a la tierra a cuidarla. Ha sido a punta de edición, poco a poco, como Dorado se ha ido acercando a ese largometraje que no sabía que tenía en mente. Wade Davis le dijo “creo que revela de una manera maravillosa el poder de la cultura nativa” al ver uno de esos cortes iniciales. El maestro minimalista Phillip Glass le manifestó hace poco su interés de componer la música porque lo considera, como va, “un film hermoso”.

Sí lo es. En unos meses, cuando todo quede en su sitio, podrán decirlo los espectadores. Ya verán que las escenas de archivo prueban que son violentas las culturas que no escuchan al mundo, que las imágenes tomadas por la cámara de Mauricio Vidal son tan bellas que cuesta trabajo pensar en otra cosa, que el sonido captado por César Salazar es tan claro que confirma la sospecha de que esa región va a estar ahí cuando no estemos. Sí, de eso se va a tratar En busca del río: la actitud del propio Dorado, que se pasea frente a la cámara como un aprendiz que no sabe adónde va, no nos deja olvidar que somos prójimos, todos, porque no somos nada comparados con la selva.

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