Escena de la película "El ilusionista" de Sylvain Chomet.

Salut, Monsieur Tati

No se necesitan gafas 3D para verla y, sin embargo, es una de las más bonitas películas de animación del cine reciente.

2011/03/30

Por Manuel Kalmanovitz G.

El Monsieur Hulot de Jacques Tati tiene las siguientes características: usa gabardina, sombrilla, pipa y sombrero. Tiene las piernas largas que lo parecen aún más porque sus pantalones no le llegan a los zapatos, como si no existieran pantalones suficientemente largos para esas piernas. Y camina dando zancadas decididas, inclinando ligeramente su cuerpo hacia adelante.

 

Tati murió en 1982 y, pensaría uno, hasta ahí llegaron las novedades de Hulot, este hidalgo moderno, distraído, solitario y algo torpe que construyó a lo largo de cuatro películas entre 1953 y 1971. Pero resulta que no. Podemos verlo otra vez, vuelto dibujo y haciendo cosas nuevas, en L’Illusioniste, la película de Sylvain Chomet (director de Las trillizas de Belleville). Puede que no se llame Hulot, sino Tatischeff (el apellido real de Tati), pero ahí están las mismas características: las zancadas, los pantalones, la determinación.

 

Es un reencuentro grato aunque inquietante. ¿Acaso los muertos ya no pueden descansar? Y además, como todos los que alguna vez han sido filmados o grabados, ni siquiera está muerto del todo. Podemos verlo en cualquier momento, moviéndose en sus películas geniales cada vez que alguien las pone en alguna parte del mundo, causando los mismos estragos a su alrededor.

 

Sin embargo, la nueva aparición no es abusiva. Tati escribió el guión de L’Illusioniste entre Mi tío (1958) y Playtime (1967) y no lo realizó nunca. Estaba en los archivos del cineasta, donde Chomet lo encontró y decidió que esa sería su próxima cinta. Sophie, la hija del comediante, le había hablado del guión antes de morir, en el 2001, y Chomet terminó comprándole los derechos a sus herederos.

 

“Cuando leí el guión por primera vez, pensé que debía hacer algo con él, porque si no nada habría pasado. Sophie Tatischeff no quería que se filmara con actores; no quería que nadie más interpretara el rol de su padre. Y lo otro que me pareció importante es que era una película muy distinta a las otras de Jacques Tati”, dijo Chomet en una mesa redonda del Festival de Berlín del año pasado.

 

La película sucede en Inglaterra en los años sesenta, cuando un mago francés ve que su público disminuye rápidamente, busca otras clases de entretenimiento. Es una ola generacional que se está llevando por delante la tradición del music hall (donde está el mago Tatischeff) remplazándola por roqueros melosos y amanerados que causan sensación.

 

Pero esa ola no es uniforme. En una taberna de pueblo en Escocia, el mago conoce a una adolescente que no sólo se sorprende con los trucos del mago, también cree que la magia sucede de verdad, que no hay truco.

 

Ese es el centro de la película, la relación filial que se desarrolla entre el mago en declive y la muchacha inocente que cree en la magia y el esfuerzo que el mago hace para que la muchacha no se dé cuenta de la realidad.

 

Se siente, como en muchas de las películas de Tati, presenciando una despedida nostálgica a valores importantes en proceso de desaparición. Es más, eso mismo podría decirse de la técnica de animación bidimensional que utiliza Chomet, con dibujos, acuarelas y discretas intervenciones de animación por computador.

 

Basta una imagen para ver que no se trata de la animación tridimensional que ha tenido tan buenos resultados de la mano de Pixar (y no tan buenos en otras manos), sino otra cosa, mucho más laboriosa y de cuidado, una preciosidad que quizás no tenga sentido en una época donde las animaciones por computador se demoran una fracción del tiempo.

 

Pero se sigue haciendo porque es lo que Chomet y su equipo saben hacer, igual que el mago de la película sigue sacando al conejo rabioso de su sombrero porque es lo que sabe hacer.

 

En Inglaterra, cuando se estrenó la película se armó uno de esos escándalos que tanto gustan a la prensa de allá pero que desde otras latitudes resultan difíciles de entender.

 

Richard McDonald, nieto ilegítimo de Tati, mandó cartas furibundas acompañadas de declaraciones igualmente rabiosas diciendo que Chomet había “saboteado el guión original de Tati, sin reconocer sus tormentosas intenciones, para terminar siendo poco más que un homenaje grotesco, ecléctico y nostálgico”.

 

Y sí es un homenaje con algo grotesco porque se trata, después de todo, del director de Las trillizas de Belleville, que tiene una obvia afinidad con los personajes grotescos, exagerados, desfigurados. Pero el problema reside en cómo entender la relación entre el arte —en este caso las películas— y la vida de sus creadores.

 

Según McDonald, el guión de Tati era una especie de mea culpa hacia Helga Marie-Jeanne Schiel, una hija que tuvo con una artista de music hall y que nunca reconoció (Helga es la madre de McDonald). La relación en el guión entre el mago y la muchacha reflejaba la relación que a Tati le hubiera gustado tener con Helga.

 

El trauma familiar es claro. Es la clase de historia terrible que nos refuerza la idea de que los grandes artistas, no importa la fachada pública que tengan, no siempre son buena gente, pero poco más.

 

¿Qué esperaba McDonald de la película de Chomet? Eso no está tan claro. ¿Cómo puede una película (o cualquier obra de arte) sanar o aliviar semejante trauma? Eso tampoco.

 

Quizás esperaba algo explícito. Un letrero que dijera que Tati había tenido una hija ilegítima y que escribió el guión pensando en ella. Pero eso sólo demuestra una profunda ignorancia del proceso creativo, que avanza tomando cosas de distintos lados para dar forma a un todo que se hunde o flota por sus propios medios. Es cierto que L’Illusioniste no es una película de Tati. Las películas de él son las que son, y siguien dando vueltas por ahí, encantando a la gente dispuesta a entrar en ese mundo tan especial que creó (sobre Playtime, François Truffaut escribió que “venía de otro planeta, donde hacen las películas de otra forma”). Pero L’Illusioniste es un recordatorio de que ese mundo existe y que por ahí anda, disponible para quien quiera adentrarse en él.

 

 

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