Fotograma del documental "Pequeñas voces" dirigido por Jairo Carrillo.

Sálvese quien pueda

El abandono, el desplazamiento, la toma del Palacio de Justicia, el río que resiste la guerra, los hipopótamos de Pablo Escobar: los documentalistas colombianos prueban, en Cartagena, que están dispuestos a encarar la verdad sobre el país.

2010/02/28

Por Franco Lolli

Entre las muchas películas iberoamericanas que, en su edición número 51, propondrá al público el Festival de Cine de Cartagena de Indias, se encuentran cinco documentales colombianos. Se trata de Pequeñas voces de Jairo Carrillo y Oscar Andrade; Apaporis, en busca del río de Antonio Dorado; Meandros de Héctor Ulloque y Manuel Ruiz; Pablo’s Hippos de Antonio Von Hilderbrand; y La toma de Miguel Salazar y Angus Gibson. 

 

Desde un punto de vista puramente cinematográfico, es difícil encontrar un parentesco directo entre estas obras; mucho más fácil es hacerlo si se las considera en términos de contenido. En ese sentido, la selección del Festival es muy coherente: todos los documentales colombianos escogidos se interesan por realidades sociopolíticas de gran impacto y los une una voluntad evidente, muy loable, de crear memoria en un país donde reinan la injusticia y la impunidad.

 

Las pasarelas temáticas que se encuentran entre los filmes son varias, y, como ya es costumbre en el cine colombiano, el narcotráfico, la violencia y la corrupción hacen parte de los asuntos que más interesan a los directores.

 

Pequeñas voces: la violencia

 

Pequeñas voces aborda el tema del desplazamiento forzado, a través de un dispositivo que con el tiempo se ha hecho clásico dentro del documental contemporáneo: son los niños, en este caso víctimas de la violencia, quie-?nes dan testimonio de su propia historia. Lo hacen a la vez oralmente y a través de dibujos que sirven de base para la animación.

 

Como la reciente Vals con Bashir, la cinta de Carrillo y Andrade tiene la particularidad de ser a la vez un documental y una película de animación. No es esto suficiente para convertirla en un objeto cinematográfico trascendente, pues la mirada ingenua que trasparece en el filme no es la de los niños sino la de los realizadores. Sin embargo vale la pena mencionarlo porque es seguramente eso, junto con su tema, lo que le permitió hacer parte del último Festival de Venecia.

 

Apaporis: el miedo

 

Apaporis, en busca del río parece, al principio, una obra más convencional, casi televisiva. En los primeros minutos, la mezcla de algunos planos de la selva —más genéricos que generales— con la voz en off pomposa y teatral del director, dejan presagiar lo peor. Sin embargo, el misticismo con el que Dorado aborda el gesto cinematográfico le permite, al menos por momentos, capturar en su cinta algo de la magia de la Amazonia.

 

El director caucano cuenta la historia del río Apaporis, la de los indígenas que viven en las zonas aledañas a éste y la de la realización de su propia película; o sea, también, la del camino hacia la memoria. Pero lo que parece interesarle verdaderamente, más allá de documentar las costumbres milenarias de una pequeña comunidad, es su propio acercamiento, siempre respetuoso, hacia los habitantes de esta región. Con la particularidad de que aquí el río y la naturaleza no son solo paisajes sino también personajes. Tal vez los más importantes. 

 

Al ponerse a sí mismo en escena, Dorado también retrata, indirectamente, muchas realidades del país que él y su equipo de filmación habitan, que nunca parece ser el mismo de los indígenas. No hay mejor ejemplo de esto que la secuencia en la que cuenta cómo una noche no logró conciliar el sueño del miedo que le entró al recordar que, como a Íngrid Betancourt, a él también los militares le aconsejaron no seguir adentrándose en la selva.

 

Meandros: el abandono

 

Al documental de Dorado podría asociársele, en muchos aspectos, el de Ulloque y Ruiz. Meandros también describe una región rural, en este caso el Guaviare; les da a sus habitantes una voz que se les niega e informa del peligro que acecha a aquellos que se atreven a vivir en la zona o siquiera a atravesarla.

 

Pero aquí el enfoque es más sociológico. Al dar cuenta de la vida de la gente en el Guaviare, Meandros analiza, de manera sobria, dos de los problemas más grandes que vive Colombia en la actualidad: el abandono del Estado hacia sus comunidades más vulnerables y la guerra por la droga que azota al país.

 

El gran acierto de Ulloque y Ruiz es que no pretenden decir mucho más de lo que naturalmente muestran las situaciones que filman o cuentan las personas filmadas. En ese sentido, la penúltima secuencia de la película es ejemplar. En ella, un hombre les canta a los jefes del Estado, pidiéndoles que entiendan que al rociar las tierras con glifosato, en ningún caso solucionan el problema de la cocaína y, en cambio, sí siembran infertilidad y hambre. A través de su trova, que suena a lamento pero también a exigencia, les implora que aborden por fin el problema de una manera menos hipócrita.

 

Pablo’s Hippos: el absurdo

 

Es interesante ver que varios de los entrevistados del documental Pablo’s Hippos llegan más o menos a la misma conclusión al analizar retrospectivamente la época de la narco-violencia bajo Pablo Escobar. Aunque, en este caso, no se atreven a formular las cosas explícitamente —se trata entre otros del ex presidente César Gaviria y los ex ministros Rafael Pardo y María Emma Mejía—, sus tonos y sus gestos dejan entrever que la única salida posible para Colombia es la legalización de la cocaína.

 

Es una lástima que esta idea, como todas las que vehicula el documental de Von Hilderbrand, esté contaminada por un montaje y una dirección efectistas. Y es que, al buscar entretener al espectador a toda costa, el autor instrumentaliza a las personas a las que cree darles la palabra. Y además le quita fuerza a la mayoría de imágenes de archivo que usa; a veces con tan mala fortuna que termina glorificando a Escobar y banalizando sus asesinatos.

 

Von Hilderbrand pretende usar la caricatura como medio de reflexión (tanto así, que acudió a Antonio Caballero para que le dibujara unas secuencias de animación absurdas en las que los hipopótamos de la Hacienda Nápoles hablan como traquetos). Pero no consigue ni hacer pensar ni hacer reír. Y en cambio deja en evidencia el miedo que le tiene, como la mayoría de los colombianos, a llamar a las cosas por su nombre y a tratar las tragedias reales con el respeto que se merecen. Una parte de la entrevista a César Gaviria es particularmente chocante en ese sentido. Pareciendo olvidar que el atentado terrorista que Escobar perpetró contra un avión de Avianca en 1989 dejó ciento diez fallecidos, al ex presidente se le dibuja una sonrisa entre satisfecha e irónica al contar que él se salvó de la muerte.

 

Pero no se puede culpar al director por la forma como Gaviria relata ese triste episodio en el documental; al contrario, habría que reconocerle el valor audiovisual del testimonio que logró captar. Igual es de notar que la actitud del entrevistado participa del mismo proceso, muy cuestionable en Pablo’s Hippos, que consiste en narrar la realidad —la historia colombiana— como si se tratara de una ficción.

 

La toma: el olvido

 

La toma, el último documental que será presentado en el Festival, fue realizado con el propósito de crear memoria. La premisa narrativa del filme es simple pero efectiva: estudiar de nuevo lo sucedido durante la toma del Palacio de Justicia en 1985, a partir del proceso que se siguió contra el coronel Plazas Vega y cuyo fallo se dio a conocer hace apenas unos meses. Como en Pablo’s Hippos, aquí también se trata de acercarse al pasado a través de los hechos del presente. La diferencia es que mientras que Von Hilderbrand lo hace de manera metafórica y distanciada, Salazar y Gibson lo hacen de manera frontal y directa.

 

Lamentablemente la valentía que muestran los directores a la hora de investigar y entrevistar, atreviéndose además a tocar un tema tan actual como históricamente importante, les hace falta a la hora de decidir donde poner la cámara. Por momentos, la propuesta audiovisual de La toma es tan convencional, que parece asumir que el único interés de la obra fuera documentar lo sucedido, como si no se tratara también de representar la realidad.

 

Solo un plano, proveniente de los archivos y absolutamente alucinante, escapa a esta tendencia. En él, se ve a un hombre caminar tranquilo en la Plaza de Bolívar, mientras a pocos metros los militares sacan a las personas corriendo del Palacio. Lleva una bolsa de comida en la mano y, con gran serenidad, se detiene a alimentar a las palomas como si no quisiera aceptar que, ante sus ojos, está sucediendo una calamidad.

 

Difícilmente podría resumirse mejor que en esas imágenes la sensación que dejan estos cinco documentales sobre lo que es ser colombiano y vivir en Colombia.

 

En la tierra del “sálvese quien pueda”, donde ya nada parece asombrar o indignar, y pocos muestran una voluntad verdadera de afrontar la realidad, parece casi normal que algunos cineastas edulcoren los testimonios de niños desplazados por la violencia —hasta el punto de reemplazar sus rostros por dibujos limpios y sin asperezas— y otros representen el narcotráfico como si se tratara de una anécdota jocosa. Pero no lo es.

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