RevistaArcadia.com

Otra vez Pablo Escobar

El 19 de marzo se estrenó en Colombia ‘Paraiso perdido’, una película que nuevamente evoca, sin muchos riesgos, la figura del jefe del Cartel de Medellín.

2015/03/20

Por RevistaArcadia.com

A primera vista hay varias sorpresas. Mitad de los miembros del cartel de Medellín hablan como mexicanos, los colombianos llevan masticando coca durante miles de años, Pablo Escobar es bilingüe y en el momento de “entregarse” a la justicia en la cárcel La catedral, una espesa barba recubre su cara. Y, para colmo, Benicio del Toro, quien interpreta al capo, es incapaz de imitar un acento paisa.

Paraíso perdido, la primera película del actor italiano Andrea Di Stefano, toma su nombre del célebre poema del siglo XVII escrito por John Milton. Al igual que en esa obra, en la cinta hay un diablo y un Edén: Pablo Escobar y Colombia, respectivamente. Y, como en La playa, de Danny Boyle, los protagonistas son un grupo de extranjeros ingenuos que no tardan en darse cuenta de los peligros del trópico.

Nick Brady (Josh Hutcherson) es un canadiense –él mismo enfatiza que no es un ‘yankee’– que llega a las playas del Golfo de Urabá junto a su hermano con el sueño de pasar los días surfeando. Corre la década de los ochenta y, en medio de su idilio, Nick conoce a María (Claudia Traisac), una joven que se encarga de ayudar a los pobres de la zona. Ella es perfecta. Es buena, linda, humilde. Sin embargo, tiene un lado oscuro: es sobrina de Pablo Escobar.

La relación entre Nico (así llaman a Nick) y María despega rápidamente. Todo parece que marcha bien, hasta que un día el capo los invita a su cumpleaños en la Hacienda Nápoles. Durante una serenata de Escobar, Nico mira alrededor, pasmado con el exceso de lujos, y le pregunta a María por el origen del dinero. Ella, sin hesitar, le responde: “viene de la cocaína, pero mi tío le da todo a los pobres”. Nico duda, se asusta, pero sucumbe ante el amor (¿cómo no?) y decide casarse con María y ser parte de la familia. Pero todo sale mal (¿cómo no?) y el pobre canadiense se ve obligado a escapar de las garras del tercer mundo.

Paraíso perdido es una película de estructura plana. Los malos son malos y los buenos, irremediablemente buenos. El único personaje complejo es Escobar, el ángel caído que juega con su hija y luego asesina sin piedad. Justo cuando el guion deja entrever alguna duda o acción inmoral del pobre Nico que le agregue algún matiz a la cinta, el director se encarga de justificarla de inmediato. Si roba, es para ayudar. Si asesina, es para purificar. El diálogo tampoco es el mejor. En un momento el hermano de Nick lo confronta y preocupado le pregunta:

“¿Vale la pena ser como ellos?”.

Nico responde: “No soy como ellos”.

El hermano no está convencido: “Me rompes el corazón, hermano”.

El principal mérito de Paraíso perdido es que no aburre. Se desenvuelve como un thriller, cargado de tensión y suspenso. El héroe se ve obligado a confrontar una compleja red de sicarios, policías y militares. Sin mucha experiencia, tiene que valerse de lo poco que sabe –y entiende – para salir con vida.

Y si bien la cinta logra mantenerlo a uno al borde del asiento, su insistencia en recurrir a los lugares comunes asfixia. No solo los malos son malos, sino que también son todos colombianos. Todos menos María, pues cómo se va a enamorar Nico de algo impuro. Toda la cuota extranjera, cabe resaltar, es inofensiva, ejemplar.

En el fondo, se trata de una película que vuelve a reciclar, como tantas otras, la figura del emblemático narco. ¿Con qué fin? Con el de entretener. Como le asegura uno de los sicarios al pobre Nico: “¿Adónde vas? ¿No ves que nadie se escapa de Pablo Escobar?”. El matón tiene razón. Ni los personajes, ni nosotros, hemos podido librarnos de Pablo Escobar. 

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