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  • Los amores imaginarios (2010).
  • De todas maneras Laurence (2012).
  • Mommy (2014).

Relaciones tortuosas

A los 20 años sorprendió a todo el mundo con una película que, desde el título, era pura elocuencia: Yo maté a mi madre. El canadiense, de 25 años, ha realizado desde entonces una película por año y ya es considerado una suerte de genio que ha reinventado el cine. ¿Quién es Xavier Dolan? Presentamos un adelanto de nuestra edición impresa.

2015/03/25

Por Hugo Chaparro Valderrama* Bogotá

Xavier Dolan representa para sus espectadores el riesgo creativo del cine como experimento formal y narrativo. El desconcierto del público cuando se estrenó en 2009 su primer largometraje se reveló desde el título: J’ai tué ma mère (Yo maté a mi madre). Dolan tenía 20 años de edad y los créditos lo señalaban como director, guionista, actor y productor ejecutivo de una historia acerca de la ironía y la amargura de un chico mordaz, capaz de evocar en hora y media un resumen hilarante de los traumas heredados a la relación conflictiva con su madre –el personaje al que se le acreditan complejos infinitos en la historia de la humanidad desde que Edipo se casó con la suya y enloqueció hasta sacarse los ojos para desvanecer una realidad terrible tras la ceguera.

El tono agridulce con el que Dolan describió la relación entre un adolescente llamado Hubert (interpretado por Dolan) y su madre (Anne Dorval), ilustrando a través de sus diálogos el sufrimiento de un amor herido, hicieron del director un dramaturgo auténtico y contrastante en el panorama del cine a principios del siglo XXI, impulsado por su sinceridad en la militancia homosexual que ha definido su biografía.

En J’ai tué ma mère el matricidio es tragicómico: descifra el enigma del supuesto asesinato cuando la maestra le pide a cada uno de sus alumnos que describa lo que hacen sus padres, diciéndole el chico que no puede escribir nada porque su madre está muerta. Hubert la entierra así de una manera simbólica por su rencor adolescente, descrito como un lento y tortuoso aprendizaje, según las palabras de Guy de Maupassant que utilizó Dolan como epígrafe de la película: “Amamos a nuestra madre aunque no lo sepamos y solo somos conscientes de toda la profundidad que tienen las raíces de ese amor en el momento del último adiós”.

La leyenda comenzó y el público no tuvo que aguardar más que un año para ver el segundo largometraje de este hijo irreverente de Montreal, donde sabemos que el pequeño Dolan se familiarizó con las cámaras desde que empezó a trabajar como un monstruo de la actuación a los cuatro años de edad.

 
Los amores imaginarios, 2010

Les amours imaginaires (Los amores imaginarios, 2010) despejó las dudas: J’ai tué ma mère no había sido un golpe de suerte, sino la prueba de un talento inocultable. Xavier Dolan adoraba a Xavier Dolan –pueden navegar en su cuenta de Twitter, @Xdolan, donde los espera su foto con el aura del artista consciente y ansioso por demostrar que es la excepción a la norma–. La vanidad del talento consentido por la fama precoz enseñó en Les amours imaginaires, con un tono intimista y controlado por la estructura del guion, cuidadosamente calculado para matizar sus emociones, una exposición de motivos alrededor de las venturas y desventuras que protagonizan tres amigos: Francis (interpretado por Dolan actuando de nuevo en un film de Dolan); Nico (Niels Schneider, un querubín de cabellos ensortijados y rubios, que despierta pasiones irrefrenables), y María (Monia Chokri), descrita por un espectador como “una combinación totalmente segura y sexualmente agresiva de Bette Davis, Carmen Maura y Anna Karina” –en otras palabras, una combinación del erotismo de Hollywood en su esplendor durante los años treinta y cuarenta + Pedro Almodóvar proyectado en la personalidad dramática de Carmen Maura + Anna Karina en el cielo con diamantes del cine francés de los años sesenta, diferenciándose por un par de letras, emocional y sexualmente, de la triste y sufrida Anna Kar(en)ina.

“No hay otra verdad en el mundo que el delirio amoroso”, escribió Alfred de Musset honrando la pasión francesa al estilo del siglo XIX. El epígrafe de Musset que Dolan presentó en Les amours imaginaires, no solo anunciaba el vértigo emocional de las relaciones contrariadas, de sus esperanzas y de las frustraciones que vulneran a los personajes, también definió un tema que se prolonga en su filmografía: el amor como una experiencia difícil entre el conflicto y el riesgo.

Laurence Anyways (De todas maneras Laurence, 2012) es una larga pregunta acerca de la incertidumbre sexual de sus personajes, confundidos de género –¿es Laurence una mujer extraviada en el cuerpo de un hombre o un hombre que quisiera cambiar su sexo?–, enfrentando las travesuras inventadas por la biología, dándole el cuerpo equivocado al ser humano de sexo equivocado, con una puesta en escena que parecía el desquiciamiento de la sencillez con la que se presentó Dolan en las pantallas del mundo, aventurándose por la exageración de un artificio barroco donde el aire doméstico de sus dos películas anteriores parecía lejano en comparación con este relato donde el chico prodigio intentaba reflexiones de intelectual sobreactuado.

 
De todas maneras Laurence, 2012

Pero Dolan es un iconoclasta. No tiene que darle explicaciones a nadie. El giro radical que significó en su filmografía Laurence Anyways no es tan desconcertante en comparación con J’ai tué ma mère y Les amours imaginaires: sus tres primeros largometrajes son el testimonio elocuente de un artista interesado por los dilemas del cuerpo como lugar de encuentros y desencuentros, de la dificultad para entablar relaciones o para comprender las bondades y tensiones del amor entre una madre y su hijo. Aspectos oscuros o luminosos que Dolan explotó en su cuarta película, Tom à la ferme (Tom en la granja, 2013), una trama de suspenso y crimen que demostró cómo “el verdadero poeta cinematográfico del deseo que hay en Quebec (de hecho, en Canadá)” –según la definición de un reseñador del Festival de Toronto–, también es capaz de asumir el cine de género para enjuiciar la homofobia que amenaza a Tom (por supuesto, Dolan), cuando visita el pueblo donde muere su amante y el hermano mayor del muerto lo agrede como si se tratara de un ajuste de cuentas sexuales, intermediando entre ellos el personaje clásico de Monsieur Dolan, la madre, confundida y agobiada por la muerte del hijo.

Los experimentos formales con los que Dolan ha intentado renovar el cine y su tradición han sido recompensados en las geografías del prestigio publicitario –Cannes o Venecia–, que promueven en el planeta del cine el nombre de sus galardonados. Tanto así que ya parece un hábito alabarlo en Cannes: después de recibir varios premios por sus películas, en 2014, el sensible Dolan no pudo contener el llanto por el Premio del Jurado a Mommy, que compartió con Adieu au Langage (Adiós al lenguaje), de Jean-Luc Godard. Monsieur Godard, a sus 83 años de edad –fantasmal en el evento al que no asistió–, uno de los directores más veteranos del cine junto con Manoel de Oliveira, felizmente en plena actividad a los 106 años de edad, tendía un puente entre el antes y el después con Dolan, que a sus 25 años abrazó emocionado a Jane Campion, presidenta del jurado en Cannes, asegurándole que El piano de Campion fue la primera película que vio a los 16 años de edad, gracias a su madrastra que se la recomendó, para encontrar el estímulo que necesitaba cuando decidió “escribir papeles para mujeres, mujeres hermosas por su alma, su voluntad y su fortaleza, que no son víctimas ni objetos”.

 
Mommy

Una definición de Diane, la madre que protagoniza de nuevo Anne Dorval, como un reflejo lejano y curtido de su personaje en J’ai tué ma mère, mucho más fuerte, radical y procaz en Mommy. No es para menos: tiene que domar la furia adolescente de su hijo, el volcánico y bipolar Steve (Antoine-Olivier Pilon), en una historia trepidante, editada por el mismo Dolan para enfatizar el vértigo de las emociones, con un formato inusual que ofrece en la pantalla la visión de una película casera, infiltrándose la cámara en la intimidad de la madre, del hijo y de una vecina como protagonistas del triángulo pasional en el que el francés de Quebec resuena como una descarga de artillería mientras los ánimos se exaltan y el amor se pone en juego, al servicio de un sentido del cine capaz de equilibrar la forma y el conocimiento del corazón humano.

La presencia de Dolan ha sido tan impactante y frecuente desde su primer largometraje que pude suponer una ilusión óptica en el Festival de Toronto de 2014 en la proyección de La chanson de l’éléphant (La canción del elefante), del director belga, criado en Montreal, Charles Binamé. ¿El paciente desquiciado que reta a su doctor en la institución psiquiátrica donde todo puede explotar en cualquier momento era Xavier Dolan? ¿No solo estrena una película anual, también es capaz de doblar la cuota? Todo es posible con Dolan en el momento de plenitud que atraviesa. El cine lo consiente como a uno de sus hijos más dotados con la generosidad de una madre.

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