Un fotograma del largometraje.

La mirada compasiva de Rubén Mendoza

Su documental 'Señorita María: la falda de la montaña' descubre el factor humano de su protagonista con una mirada entrañable a pesar de las dificultades que vive como mujer trans en Colombia. Es parte del Festival Internacional de Cine de Cartagena.

2017/03/03

Por HUGO CHAPARRO VALDERRAMA LABORATORIOS FRANKENSTEIN©

Señorita María: la falda de la montaña de Rubén Mendoza, descubre el factor humano de su protagonista con una mirada entrañable, a pesar de las dificultades que narra el documental. Desde la coquetería inicial, que revela su cuerpo juguetón cuando avanza saltando sobre las piedras de un arroyo, hasta la despedida final, que la abandona de nuevo en su soledad –acompañada por el amor a su vaca y por la presencia de la anciana que es un puerto de llegada seguro para su tristeza-, seguir a la señorita en sus matices, conocer su ternura y su dolor, nos acerca, sin el sentimentalismo de la lástima y con la sabiduría de la compasión que evidencia el respeto por otro ser humano, a una historia que no deja de ser insólita cuando el campo y su rudeza masculina permiten suponer lo que habrá pasado la heroica María Luisa en su biografía, dignificándose a sí misma ante los prejuicios.

Nos acercamos desde la primera secuencia, donde las imágenes se suceden de forma vertiginosa, al paisaje en el que se revelarán el personaje y sus fantasmas. Donde no es del todo desconcertante encontrar ovejas y reses en una carretera, y suponer una bienvenida al mundo rural en la quietud que las siembra fugazmente sobre el pavimento. Podríamos suponer una metáfora: las criaturas que vemos tienen una dimensión fantástica, cercana a la que sugiere después la señorita María Luisa, vislumbrada en la ruta por la que conduce el viajero del documental, invitándolo a pasar una temporada en la geografía donde vive, sufre, trabaja y festeja los resplandores de su felicidad.

La crudeza física del trabajo campesino se relaciona con la dimensión no menos fantástica de la religión que le sirve a la señorita de consuelo -desde su nombre: María como evocación cotidiana de la Virgen y de su bondad; un motivo para comprender por qué la señorita aborrece los pantalones y prefiere la falda como una forma de la cercanía femenina con el personaje que cifra su fervor místico-.

Las visiones del cielo, de los árboles, de la levedad que descubre una hoja flotante, permiten establecer un contraste efectivo entre la serenidad del paraíso con las serpientes que merodean en el ánimo de María Luisa. Por ejemplo, cuando habla de su madre, conteniéndose para no insultarla, hasta explotar con una tristeza irrefrenable, llorando mientras el cielo permanece como una presencia imperturbable y armónica.

El plano misterioso de la señorita partiendo ramas, con el arco iris al fondo, o la imagen que parece sacralizarla, cuando el mismo arco iris la enmarca y ella enseña un rostro de tímida serenidad ante la cámara, tienen una belleza dramática contraria al recuerdo del viaje por el que fue desde Boavita (Boyacá) hasta Bogotá para enfrentar a su padre.

La construcción episódica del documental describe la belleza melancólica del personaje, ensamblando sus recuerdos, sin evitar las formas accidentadas que pueden tener las vidas retratadas por el cine, aprovechando el azar de los rodajes donde se manifiestan verdades secretas.

Es inspirador asistir a la evolución de un estilo en el tiempo real en el que se suceden las películas de una obra cada vez más sólida como la que define a Rubén Mendoza. Desde su cortometraje La cerca (2004) o su largometraje Tierra en la lengua (2014), desnudó la violencia sin tregua en Colombia, llegando después hasta El valle sin sombras (2015), su documental sobre la tragedia de Armero, con una mirada compasiva y solidaria, incluso perpleja, que anticipó el tono para registrar el drama y la vida de esta heroína secreta en la geografía católica de Boyacá.

Quiero suponer –aunque el público sea impredecible-, que Señorita María: la falda de la montaña conmoverá la inteligencia del espectador, festejando el viaje hecho imágenes que nos descubre su mundo.

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