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Sí vuelvo a Patillal

Es verdad que el cine colombiano atraviesa un buen momento. Mucho se habla de los productos terminados, de sus aciertos, de sus errores, de sus premios... Sin embargo, Arcadia quiso saber cómo era estar en el corazón del rodaje de una de las películas colombianas que más promete. Su director ya soprendió con La sombra del caminante. ¿De qué se trata esta road movie en clave vallenata?

2010/03/15

Por Sandro Romero Rey

Una road-movie es una película con línea del horizonte y punto de fuga. Los personajes avanzan, buscan su destino, se aman, se traicionan y se pierden en la ruta hacia el encuentro con su propio viaje interior. Desde Bonnie & Clyde hasta Y tu mamá también, desde Bye-bye Brasil hasta Paris Texas, desde Una historia verdadera hasta Entre copas, las road movies ocupan un lugar de privilegio entre los amantes del cine. Una película de carretera se identifica con un carro y una autopista solitaria, como los paisajes de Vanishing Point o Thelma & Louise. Pero los westerns también son, de alguna manera, road movies. El cine mundial está lleno de road movies. Sin embargo, no hay muchos antecedentes en el cine colombiano de “películas de carretera”, salvo Los músicos, de Víctor Gaviria, o, quizás, Soplo de vida, de Luis Ospina. Todas estas evocaciones se me cruzaron por la cabeza cuando supe que Ciro Guerra (el director colombiano que había debutado en el 2004 con La sombra del caminante, una película extraña y hermosa sobre dos hombres que deambulan en blanco y negro por una Bogotá de pesadilla) estaba rodando Los viajes del viento, ambicioso largometraje en la costa caribe colombiana en el que, según nos anticipa la sinopsis, se cuenta la historia de un viejo juglar que viaja desde Majagual (Sucre) hasta Carrizal (más allá del desierto de La Guajira) para devolver su acordeón a su anciano maestro, porque no quiere volver a tocarlo nunca. El viaje en burro, seguido por un joven aprendiz, está concebido como una particular road-movie que se sumergirá en el corazón del norte de Colombia, en su diversidad cultural (el vallenato, el Palenque, la Sierra Nevada…) y en la búsqueda de un lenguaje que se articule con la tradición cinematográfica universal, sin perder los valores de nuestra identidad. Era un proyecto demasiado atractivo como para no ir a echarle una ojeada. Además, las coincidencias felices existen. La revista Arcadia compartía la misma curiosidad por la película y me invitó a visitar el rodaje. Gracias a Arcadia, terminé achicharrándome un fin de semana en Patillal, siguiéndole los pasos al director nacido en Río de Oro (Cesar), quien vuelve sobre sus huellas para construir una historia llena de música y riesgos vitales.

 

Burroad-movie

Cross Road Blues es una canción legendaria en la historia de la música norteamericana. Compuesta por Robert Johnson en 1936, forma parte de una colección de temas emblemáticos del género, canciones grabadas en dos sesiones míticas, las cuales están envueltas en el misterio. A partir del descubrimiento de “la canción perdida de Robert Johnson”, el director de cine norteamericano Walter Hill hizo una película en 1986 que narra una fábula en la que un niño guitarrista sigue los pasos de un viejo blues-man para descubrir el misterio del cruce de caminos donde, se supone, se encuentra el Diablo. Uno empieza por pensar que Los viajes del viento tendría este primer referente. Pero la impresión se esfuma cuando uno llega al set de filmación y se encuentra con la Colombia profunda, sudando por cada uno de los poros de técnicos y actores. La película es un viaje al corazón de la música, a través de las frustraciones de un viejo compositor y de las esperanzas de un joven aprendiz. Era mi primera pista. Cuando llegué a Patillal, el grupo terminaba la primera semana de filmación y, como pude, traté de integrarme al laberinto de la invención de sus imágenes. Como se sabe, no hay nada más tedioso e incomprensible que un rodaje. Si no se está allí inmerso, si no se sabe de dónde se viene y para dónde se va, el curioso que llega a enredarse entre cables y reflectores no tendrá otro sentimiento que el de la frustración. Por eso, desde que me monté en la busetica que me llevaría de Valledupar a Patillal, comencé a enterrarme en el hueco de su historia. Por lo general, en todos los rodajes en los que he estado, conozco, de alguna manera, a sus responsables. Conozco sus historias y, si no estaba trabajando, estaba integrado de cierta forma con el asunto. En el caso de Los viajes del viento nada me ataba, salvo el hecho de ser colombiano. Aunque, dios de dioses, eso de ser colombiano a veces le juega a uno malas pasadas. Era la primera vez que estaba en la zona. Mientras avanzaba por la ardiente carretera, vigilada por militares armados hasta los dientes, pensaba que de Patillal solo conocía la canción del hombre al que lo mata la tristeza y de cultura de burros apenas me entusiasmaba la carátula del álbum Get Yer Ya-Ya’s Out! de los Rolling Stones y su secretísima parodia a Bob Dylan. Poco de zoofilia. Así que llegué armado con cierta peligrosa inocencia al lugar de los acontecimientos. Al bajarme de la buseta, terminaban de filmar en una locación y se desplazaban a otra. Me presentaron a Ciro Guerra a quien solo conocía por referencias, gracias al actor César Badillo, protagonista de La sombra del caminante. Pensé decirle que yo era “La custodia de Badillo”, por hacer un chiste, pero preferí callar, puesto que la impresión inicial que deja Ciro es la de ser uno de los hombres más serios del mundo, a pesar de sus escasos 27 años. Me producía cierta envidia el hecho de saber que había rodado su ópera prima a los 21 años, sin haber terminado sus estudios audiovisuales. La película fue acogida en un número desconcertante de festivales internacionales y ganó 13 premios alrededor del mundo. Pensé en Bernardo Bertolucci, quien decía que un director de cine es aquel que es capaz de conseguir la plata para hacer una película y nada más. Puede que tenga razón pero, en el caso de Guerra, había más, tenía que haber mucho más. Conversamos un rato, mientras se organizaba el dispendioso trasteo de una locación a otra. Según me contó, Los viajes del viento es producida por Diana Bustamante y Cristina Gallego de Ciudad Lunar Producciones, la misma casa productora de La sombra del caminante, una empresa dedicada a la producción de cine “autoral de alta calidad”. Lo más interesante es que la película, antes de terminarse, ya está financiada en su totalidad, con el apoyo, en distintos momentos de la producción, de productores alemanes, franceses, holandeses, españoles y argentinos.

 

“Odio el vallenato”

“Esta es la película que siempre quise hacer —me confiesa Guerra—. Lo que nunca pensé es que la fuera a hacer tan pronto. Es una idea que me ronda en la cabeza desde hace más de diez años, la cual se sintetiza en la imagen del juglar viajero. Pero creo que sentí la urgencia de contarla una vez que estuve en un proceso de inducción de jóvenes en la universidad y un muchacho se presentó de la siguiente manera: ‘Me llamo Fulano de Tal y odio el vallenato’. Todos los allí presentes lo aplaudieron. Desde ese instante consideré que había que hacer una película sobre algo de lo que había un gran desconocimiento. Sobre un imaginario con una iconografía propia que, para muchos, estaba emparentado simplemente con el vallenato de buseta”. El director es interrumpido por un asistente. Va, resuelve problemas, regresa. Sin necesidad de que yo le haga la pregunta, Ciro me habla de la relación temática con García Márquez: “Nos hemos alejado completamente del universo, o mejor, del tono garciamarquiano. La película tiene una visión realista, muy alejada del realismo mágico. Aquí está lo que García Márquez contó a su manera. Él dio una interpretación de su entorno. Nosotros nos acercamos, si se quiere, de una manera más antropológica”.

Pero otra vez vuelven las interrupciones. Ciro Guerra se escabulle con discreción y me deja a merced del viento. En la buseta iban varios ancianos de la región quienes, luego me enteré, eran extras para la escena siguiente. Me desplazo con toda la caravana. Al llegar al nuevo punto, mientras espero, observo desde la distancia y me devoro el guión. La escena que será rodada a continuación (son las dos de la tarde y “el calor humano” es un infierno) es la escena número 30, en la que el protagonista mayor, Ignacio Carrillo (interpretado por el compositor Marciano Martínez, nacido en el corregimiento de La Junta, Guajira, el mismo del ‘Cacique’ Diomedes Díaz), le cuenta al joven mulato Fermín (Yull James Núñez, de Valledupar) las razones por las cuales va a devolver el acordeón a su antiguo dueño. Mientras leo, me doy cuenta de que el acordeón protagonista reposa a mi lado. Un acordeón negro, con dos cachos de toro. “Es el acordeón del diablo”, le susurra un policía a otro, mientras mantienen a los curiosos detrás de una cinta amarilla. El acordeón del diablo. Mientras avanzo en la lectura, me doy cuenta de que estamos frente a una nueva sorpresa, frente a una película única, mucho más ambiciosa, compleja y colombiana que La sombra del caminante. Pero no quiero hacerles el daño a Ciro Guerra y su equipo diciendo que se trata de “el gran filme” de nuestro cine ni cosa parecida. Como en el blues, en el cine también existe una maldición: película que se sobrevalora durante el rodaje, no corre con buena suerte. Nadie puede juzgar una película por su guión y mucho menos por su filmación. Por fortuna, una película es un enigma, hasta que no se vea proyectada en las salas.

La escena 30 se filma sin mayores complicaciones. Me familiarizo con el grupo. No conozco a nadie, salvo al director de teatro Manolo Orjuela, responsable de la dirección de actores (un año llevan en la preparación de los actores de la región). El director de fotografía es Paulo Pérez, quien ya figuraba en los créditos de El rey de Antonio Dorado y también oficia como camarógrafo. El joven script (el encargado de la continuidad) lleva un chaleco acorde con su responsabilidad, el cual reza: “Ojo al Eje”. Los argentinos del steadycam (el dispositivo pegado al operador de cámara por un arnés) tienen día de descanso, pero el resto del equipo (sonidistas, técnicos, asistentes, figurantes, coordinadores de la producción) no se detienen nunca. A pesar de estar apenas en la primera semana de rodaje, ya se les ve agotados. Pero son jóvenes y dispuestos a enfrentarse hasta al mismo diablo.

El rodaje se detiene, porque el viento trae nubes y tapa el sol. “Los viajes del viento”, pienso, distrayendo el calor y los bichos. Apenas se reanuda la toma interrumpida, los burros empiezan a chillar como locos. ¿Sabrán que el asunto va con ellos? El burro protagonista se llama ‘Redentor’ y es el que más protesta.

Cuando ya me estaba instalando en la locación, el director no queda satisfecho con el trabajo de sus actores y decide que los curiosos debemos “liberar el set”. Solo permanecen Guerra y el director de actores. Guerra es guerra. A las cinco de la tarde, corriendo contra el tiempo (en el cine, la llamada “hora mágica” del amanecer o el atardecer es sagrada), nos desplazamos a la última locación de la jornada. Se filmará la escena 10, la cual sucede realmente en Mompox, pero se “falseará” en Patillal. Es la escena cuando el protagonista descubre que la casa de su maestro está en ruinas y debe partir a buscarlo. El sol, reflector implacable, dirige la escena. Allí, a las seis y treinta de la tarde, termina la jornada que comenzó a las cuatro de la madrugada. Todos, para sus adentros, le dan gracias a Dios. Por fortuna, a veces Dios existe.

 

Lejos del Valle de Old Parr

Al día siguiente, el trabajo es mucho más agitado. Veinte músicos del Palenque de San Basilio son los protagonistas de la escena 43, que sucede debajo (¡por fortuna!) de un inmenso árbol de caucho. Aquí comprendo que en Los viajes del viento se hablará en cuatro idiomas (español, el wayúunaiki de los wayúus, el ikn de los arhuacos y el bantú de Palenque). Desayuno con el protagonista, Marciano Martínez: “Me han preguntado tanto en esta filmación por qué me llamo Marciano, que voy a preguntarle a mi tío por qué fue que me pusieron así”, me comenta. Tras atravesar el río Badillo, hemos llegado de nuevo a Patillal, “tierra de compositores”, como reza un aviso en la carretera. A lo lejos, el resguardo indígena Kankuamo. Por todas partes, la sombra armada de los militares. La zona es de una belleza que aplasta: a lo lejos, la Sierra Nevada recortada en azules victoriosos. Los mangos se caen solos de los árboles sobre nuestras cabezas. ¿Qué hubiera sido de Newton en Patillal? No nos distraigamos. Estamos debajo del árbol de caucho, con los técnicos embarrados, los músicos palenqueros tronando sus tambores. El actor joven hace una siesta en el suelo. Ciro Guerra mira la realidad a través de la pantalla de video, reencuadrada con una cinta negra. Angélica Perea, la directora de arte, instala cientos de ramas de mentiras para que estas parezcan de verdad. El actor que representa al legendario Batata da instrucciones a sus discípulos y recibe instrucciones del director de actores. Cada cierto tiempo, los técnicos guardan recuerdos visuales con sus camaritas portátiles. Pasa el tiempo. A la hora del almuerzo, es imprescindible el A.C.P.M. (“sin Arroz, Carne, Papas y Maduro, el equipo estalla”). Pienso en la manera como se debe escribir la sensación que produce un rodaje. Pienso en cómo trato de capturar la vida en el instante en el que la vida se construye. La directora de arte inyecta sangre en una lagartija de mentiras. Técnicos en guardia. El camarógrafo mantiene el pulso firme. Suenan los tambores. Jacques —el asistente— fuma Pielroja —todos los que fuman en un rodaje colombiano fuman Pielroja—. El asistente de luces mide con su exposímetro. La luz de Dios se filtra por entre las hojas. Catorce horas más tarde, la tensión incesante desaparece, porque termina la primera semana de rodaje y habrá día de descanso. Esa noche, todos se dispersan. Pero en la plaza principal de Valledupar, debajo de la tarima “Francisco El Hombre”, lugar donde se encuentra el cuartel central del largometraje, nadie descansa.

Los viajes del viento seguirá su ruta y a mí me da cierta tristeza. Compruebo que me encantan los rodajes. Aún les falta todo por hacer. Aún tienen que reproducir el Festival Vallenato de 1968. Aún tienen que franquear montañas y, como Herzog, reinventarse el mundo. Pero presiento que algo bueno se nos viene encima. Algo que, finalmente, está sucediendo con el cine colombiano del nuevo milenio. Ojalá la banda de Guerra sepa llegar hasta la cima.

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