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Spaghetti Morricone

Puede que usted no haya oído hablar de él, pero seguro ha oído sus composiciones. Ennio Morricone llegó a la cúspide del cine de la mano de los famosos spaghetti westerns de Sergio Leone y tras décadas de trabajo, Hollywood le rinde homenaje.

2010/03/15

Por Ricardo Silva Romero

Es un secreto a voces entre los cinéfilos: el cuarto protagonista de aquella imborrable película de vaqueros titulada El bueno, el malo y el feo es esa extrañísima banda sonora, cargada de aullidos, gritos de batalla, campanas y disparos, creada en los primeros meses de 1966 por el compositor romano Ennio Morricone. Podría llevarse la idea al extremo, podría decirse que la música de Morricone es el verdadero héroe de relatos cinematográficos como La misión (1986), Los intocables (1987) o Cinema Paradiso (1988), pero nadie que no haya escuchado esas melodías inesperadas entendería con exactitud lo que se quiere decir con ello. En pocas palabras: se trata de un viejo irónico, tímido e incansable llamado Ennio Morricone que ha orquestado la nostalgia de algunos de los largometrajes más recordados de los últimos cincuenta años, y a quien se le entregará el próximo 25 de febrero, nada más ni nada menos, un justo premio Óscar por su contribución a la historia del cine.

Compuso su primera obra a los seis años. Aprendió a tocar la trompeta a los doce bajo la mirada de un padre que hablaba de claves de sol hasta la madrugada. A los catorce, como cualquier niño prodigio, se graduó con honores del conservatorio de Santa Cecilia. Se le fueron los cuarenta, los cincuenta y el comienzo de los sesenta (necesitaba el dinero) en grabaciones de bandas sonoras “muy feas” de la era del neorrealismo italiano, composiciones urgentes para la RAI y arreglos de exitosas canciones populares. Se le fueron los ratos libres de esos tiempos en experimentos musicales en la línea asonante de los vanguardistas Pierre Boulez y Karlheinz Stockhausen. Y entonces, cuando recibir cientos de ofertas para musicalizar películas fue un sueño cumplido, se tropezó en la industria cinematográfica con una persona que había conocido a los ocho años: era un antiguo compañero de colegio, el genial Sergio Leone, que estaba a punto de trasformar el cine de vaqueros que Hollywood le había dado al planeta.

Leone le pidió a Morricone que compusiera la música de una trilogía italiana del oeste, filmada en los desiertos de Almería, en España, que protagonizaría un joven actor televisivo llamado Clint Eastwood. Y el compositor, ante las imágenes precisas del cineasta, ante esa mirada que no le temía a la lentitud ni a la suciedad, se descubrió inventándose una banda sonora que combinaba voces de sopranos con ruidos robados a la naturaleza, guitarras eléctricas con silbidos fantasmales. “Venía de un mundo experimental en el que era lícito mezclar sonidos reales con sonidos musicales”, le confesó hace cinco años a Adam Sweeting de The Guardian, “y sentía que mi labor era hacer evidente la psicología de los personajes por medio de los ruidos que producían a su paso”. Quien ve por primera vez ese tríptico, Por un puñado de dólares (1964), Por unos dólares más (1965) y El bueno, el malo y el feo (1967), se sorprende, precisamente, porque esa música insólita nace de los gestos de sus protagonistas: no acompaña los hechos, no, sino que los habita, los comenta, los reforma.

Morricone siguió trabajando en sus propias composiciones clásicas. Pero, tras el éxito de sus colaboraciones con Sergio Leone (con quien formaría, en el fetichista mundo del cine, un dúo tan reconocible como el de Sergei M. Eisenstein y Sergei Prokofiev, el de Bernard Herrmann y Alfred Hitchcock, el de John Williams y Steven Spielberg), se dio a conocer en el mundo como un músico capaz de salvar cualquier película con un par de acordes: quizás por eso sea autor, hasta hoy, de cuatrocientas ingeniosas bandas sonoras. La verdad, para hacer digerible semejante cifra, es que se le fueron los setenta, los ochenta y los noventa orquestando dramas dirigidos por gente como Bernardo Bertolucci, Pier Paolo Pasolini, Roland Joffé, Giuseppe Tornatore, Brian De Palma, Terrence Malick, Pedro Almodóvar, Warren Beatty, Barry Levinson y Oliver Stone, pero que, si hubiera que elegir alguna entre sus numerosísimas obras, si hubiera que escoger una sola de sus composiciones, lo mejor sería quedarse con la última que creó para Leone: esa cadena de flautas que le da forma a la monumental Érase una vez en América.

Ennio Morricone, de 78 años, se ha resistido toda su vida a hablar en inglés, se ha negado, como un monje que no le cede al mundo su espíritu, a vivir en las casitas de campo que Hollywood le ha ofrecido tanto. Prefiere estar en la misma Roma en donde ha vivido desde 1928. Prefiere tomarse su tiempo. Cree, de verdad, que nadie que haga bien su trabajo tendrá nunca cerradas las puertas de ninguna parte. Y, sin dar un paso afuera de su habitación, ha sido nominado cinco veces al inagotable premio Óscar. Sólo hasta el domingo 25 de febrero de este 2007, sin embargo, cuando negar su contribución al cine es ya una tarea sin sentido, recibirá esa estatuilla (la recompensa a toda una carrera) que todos menosprecian pero todos se quieren ganar. Es, decíamos, un reconocimiento justo. Ya era hora de que lo recibiera. Ya era hora de que alguien se diera cuenta de que sobre su obra (esta es, creo, la definición de “obra maestra”) se ha construido toda una forma de componer bandas sonoras: el oboe de La misión, los contrabajos de Los intocables y el piano de Cinema Paradiso, que sólo saben atrapar sonidos sueltos, son personajes fundamentales del cine de estos años.

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