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La futilidad de James Bond en el siglo XXI

‘Spectre’, la más reciente cinta sobre el espía británico, es otra aventura internacional con mujeres, gadgets y carros de lujo. Pero también es una película que pone en entredicho el papel de los espías clásicos en un mundo digital.

2015/11/05

Por Christopher Tibble

Todo parece indicar que llegó a su fin un capítulo más de la serie sobre el espía más famoso del mundo. Spectre, la película número 24 que protagoniza el agente 007, y la segunda dirigida por el cineasta Sam Mendes (Belleza americana, 1999), será el último largometraje del personaje creado por Ian Fleming que protagoniza Daniel Craig. Cuando hace poco la revista Time Out le preguntó si se imaginaría haciendo otra película de James Bond, el británico fue tajante: “¿Ahorita? Preferiría romper un vidrio y cortarme las venas”.

Su comentario, sin embargo, no le hace justicia a Spectre, una cinta que, si bien no carga la fuerza dramática  de Skyfall (2012), cuenta con suficientes explosiones, momentos dramáticos y locaciones para satisfacer a cualquier fanático del espía creado en 1953. Y Craig, sin duda el Bond más humano y complejo que ha existido hasta la fecha, demuestra una vez más por qué fue el indicado para reemplazar a Brosnan después de Die Another Day (2002).   

Spectre se desenvuelve como una película o libro de detectives. En México, Austria, Marruecos, Inglaterra, Italia y Sudáfrica, en picos copados de nieve, desiertos, ciudades y pueblos, el espía británico sigue los pasos de una organización secreta que busca apoderarse de las redes informáticas de distintos países, con una trama que trae a colación el escándalo de vigilancia digital desatado por Edward Snowden. Al paso de una oportuna senda de pistas, y acompañado de la doctora Madeleine Swann (Léa Seydoux), Bond desentraña la red criminal solo para encontrar que su artífice es un viejo conocido.

Entrevista al director que descubrió a Léa Seydoux.

Pero el valor de la cinta, más allá de la serie de aventuras internacionales por momentos exageradas al punto de aburrir, consiste en cómo Mendes pone en evidencia, no sin humor, la futilidad de un personaje como Bond en el siglo XXI. Pues detrás de la trama principal, subyace una mucho más interesante: el programa de agentes 00 va a cerrar por culpa de los avances tecnológicos, en particular los drones, computadores y demás instrumentos digitales que parecen haber suplantado al hombre a la hora de pelear guerras.

En esa línea, el director busca reivindicar la imagen del espía del siglo XX. Hay secuencias de peleas en trenes y aviones antiguos, referencias a carros clásicos, así como hoteles destartalados y reuniones en edificios viejos. Y el mismo desenlace parece ser un intento por parte de Mendes de frenar, así sea temporalmente, el implacable avance de la maquinaria digital. Aunque, valga decirlo, el personaje determinante de la película no termina siendo el espía británico, sino su amigo programador.

Pero quizá el punto más debatible de esta nueva entrega del agente 007 se encuentra en esos lugares comunes tan propios de Bond que se sienten más como una tradición que una repetición: los carros, las gadgets y las mujeres. Pues si bien en la primera categoría la película cumple, la segunda apenas se toca y la tercera es desaprovechada por el director: Monica Bellucci, que había causado tanto revuelo en redes antes del estreno de la cinta, solo aparece durante cinco minutos.

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