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Staying alive...

Llega a Colombia Tony Manero, la más reciente película del joven cineasta chileno Pablo Larraín. Una cinta inteligente que ha sabido ponerse en cabeza de lista de un cine cada vez más sólido, más aplaudido y más premiado afuera, un cine que ha aprendido a hacerse preguntas inclementes sobre la propia identidad.

2010/03/15

Por Sergio Paz

Chile es un país tan exitoso como enfermo. Y no hay mejor psicografía de esta distorsión que su nueva y potente cinefilia, apoyada sin vacilaciones por la élite. Basta un dato curioso para confirmarlo: el más promisorio candidato a las elecciones presidenciales de fin de año, Marco Enríquez Ominami —el joven que intentará poner en jaque los viejos axiomas de la política partidista— es también un cineasta. Un cinéfilo. Un cinépata.

Directores como el propio Alberto Fuguet (quien acuñó el término “cinépata”, tomándolo prestado de la obra de Andrés Caicedo, el más chileno de los colombianos); como Rodrigo Marín (premio especial del jurado en el Festival de Miami); como Sebastián Silva (premiado en Sundance) o Alejandro Fernández (aplaudido en Cannes) y José Luis Torres Leiva (premio de la crítica en Rotterdam) han dado vida, en los últimos años, a un cine minimalista y de pocos diálogos en los que la oscuridad de la psiquis es luz en las pantallas.

Tony Manero, del joven realizador Pablo Larraín, es un punto alto en la corriente. Su protagonista es Raúl Peralta, un ladrón y asesino ultraviolento, sin más obsesión en la vida que convertirse en doble de Tony Manero, el bailarín de Fiebre de sábado por la noche.

No es fácil, hay que decirlo, ver esta película. De partida porque todo es bizarro, crudo, extraño: desde el montaje tijereteado, hasta el uso de cámaras en mano que agregan sentido documental a la ficción. Luego está la historia: el viaje de un freak desde la anormalidad hacia la demencia, un tránsito durante el cual no dudará en asesinar al proyectista que tiene la única copia en celuloide de las acrobacias de Travolta, ni en reventar la cabeza a un señor que vende desechos industriales y con cuyos vidrios Peralta construye un escenario retroiluminado. A esas alturas ya tiene la esfera de espejos giratoria de las discotecas de antes hecha con una pelota de fútbol a la que el psicópata adhiere, mientras lucha con su impotencia sexual, trozos de un espejo que él mismo ha despedazado.

Quizás hay algo que salva al Tony Manero chileno. No está solo. El verdadero escenario no es su artesanal pista de baile sino un Chile marginal, ochentero, en plena dictadura, con más agentes de la policía secreta que peatones, bicicleteado de madrugada por los cartoneros que encuentran en la basura una forma de sobrevivir. Eso cuando en el país aún no se repetía hasta el cansancio la palabra “emprendedor”. Así, son también protagonistas de esta película el Mapocho (ese sucio río que Santiago nunca ha querido), los cités del casco antiguo, la Vega o mercado de frutas y verduras donde se acuñó el término “vegino” para referirse al pobre “urbano”. Todo bellamente fotografiado. Es Chile después del terremoto. O en medio de él.

Gran trabajo es también la reconstrucción de época. Y la participación especial de Enrique Maluenda, ícono pop de la televisión chilena que, en aquellos años, tenía un programa de medio día. Siempre con un espacio de cazatalentos. Triunfar ahí es la meta del Tony Manero local: notable metáfora de una república en la que todos somos dobles de alguien. Y, llegar a la televisión, la última locura de un país que 30 años después ve realities todo el día.

Cierto: Pablo Larraín era muy pequeño cuando los más grandes descubríamos el gel. Pero, donde otros se han extraviado, Larraín logra con éxito el retrato de una época y de un espíritu, utilizando para ello no poco discurso e ideología. No hay duda: su cine es más de cabeza que de diálogo. Y mucho le sirvió realizar antes Fuga, la película fallida de otro loco que, a diferencia de Peralta, aburría hasta el bostezo.

Quizás convenga explicar el concepto: en Chile, unos años atrás, se comenzó a usar la palabra “abajista” para referirse al tipo con plata, al “cuico”, al chico de buena familia que para construir su identidad dejaba La Dehesa o Vitacura, los barrios más señoriales, para poner los zapatos, los focos y las ganas de hacer arte en el Santiago marginal. No poco cine se hizo con aquella patraña moral y, si bien el resultado fue mucho balazo, sexo, éxito de taquilla y gemidos en la pantalla, nada logró trascender. Ahora, en cambio, hemos sido testigos de cómo una nueva generación de cineastas, algunos de ellos neo-abajistas, ya no ponen la cámara en lo evidente sino en el corazón.

No hay, entonces, trampa. Sí honestidad. Y, claro, algo pasó. Algo importante que, en el caso de Larraín, le permitió cosechar importantes reconocimientos en los festivales de Cuba, Turquía y Chile. También elogios de críticos como Stephen Holden, de The New York Times, quien dijo de Tony Manero que “más que un retrato indeleble de un psicópata con alma de zombie, es una meditación extremadamente oscura a una identidad cultural prestada”.

La biografía no es menor: Pablo Larraín es hijo de Hernán Larraín, destacado militante de la udi, el partido que se formó al alero de la dictadura militar. Publicista por formación (ganó el León de Plata), Pablo decidió romper su propio espejo y crear una vida que corre paralela a la de su herencia y apellido. Fue un rehacer que encontró eco en un equipo en el que figura el actor y guionista Mateo Iribarren, también Alfredo Castro (Tony/Raúl), un actor imperdible en la industria de las teleseries locales que, pese a haber realizado un importante trabajo de identidad abajista con su Teatro de la Memoria, es en Tony Manero donde finalmente deja la sobreactuación para construir un personaje que terminó deslumbrando en Cannes.

La próxima película de Pablo Larraín tendrá como punto de partida la autopsia de Allende. Dice: “El Chile de los últimos diez años es un país acomplejado que tiene una miseria moral muy grande”. De eso se trata Tony Manero. Y, de eso también, es de lo que se trata el bien llamado Nuevo Cine Chileno.

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