Foto: Cortesía Diamond Film Colombia.

Las ocho que amamos de Tarantino

¿Qué tienen en común la primera y la más reciente película de Tarantino? Ocho personajes encerrados hasta la muerte y la incertidumbre por saber quién es el infiltrado. La octava producción del director ya deja ver los recursos cinematográficos de un genio que se repite.

2016/01/21

Por Laura Martínez Duque

The Hateful Eight o Los ocho más odiados es la octava película de  Quentin Tarantino. Según los designios del propio director y para aumentar la angustia de sus seguidores, quedarían dos entregas más antes de su retiro definitivo. Más allá de este ingrediente, la promesa de sus películas siempre genera una expectativa genuina.

Cada estreno vuelve y divide las aguas. Están aquellos que lo idolatran y disfrutan detectando –y aleccionando a otros- sobre referencias y claves escondidas en sus películas. Tarantino hace guiños a algunas de sus producciones pasadas y de un tiempo para acá disfruta retomando elementos de su propio universo cinematografico.

Del otro lado, hay otros igualmente entretenidos y decididos a desenmascarar plagios donde otros ven homenajes y citas. Para estar en cualquiera de los dos equipos hay que saber de cine. Es por eso que al “niño malo de Hollywood” siempre lo cubre un regodeo cinéfilo que puede ser bastante pesado para el espectador que solo quiere ver una buena película y no tiene por qué saber qué es un Spaghetti Western o haber visto cintas de Sam Peckinpah.

Pero hay algo más curioso. Hablar del cine de Tarantino genera un impulso colectivo de  “rankear” sus películas de la mejor a la peor en una escala medida por amores y odios completamente  subjetivos. Es dificil encontrar personas que no hayan visto por lo menos dos de sus películas.

Lo delicado es llevar esa apreciación comparativa al terreno de la revisión o la crítica. Aunque, de nuevo, parece inevitable. Desde hace varios años, en una carrera que abarca ya más de dos décadas, es imposible dejar de mirar atrás para rastrear las primeras propuestas, los inicios de este director. 

Los ocho más odiados trae varias particularidades que hacen todavía más irresistible el paralelismo. La película comienza con la grandilocuencia musical de Ennio Morricone, autor de la gran pieza que acompaña los planos panorámicos logrados gracias al sistema Panasonic 70 milímetros – algo que la gran mayoría de los espectadores no tendrán la posiblidad de apreciar, pues hay muy pocas salas acondicionadas para este tipo de formato ya obsoleto, y aunque lo hicieran, “el espectáculo” de la gran panorámica dura apenas unos minutos-. La excesiva promoción del recurso parece más funcional a una estrategia de marketing  que a una decisión de fotografía y cámara.

La pelicula continua añadiendo personajes y completando el elenco conformado por Kurt Russell, Samuel L. Jackson, Jennifer Jason Leigh, Tim Roth, Michael Madsen, Walton Goggins, Demian Bichir y Bruce Dern, hasta que los ocho odiosos se reúnen todos en un albergue a esperar el paso de una tormenta. Es ahí cuando aparece, casi como si la misma película lo pidiera, el deseo de volver a ver Reservoir Dogs (Perros de la Calle, 1992), la película que inauguró su gran carrera en el cine.

Ahora bien:

Quentin Tarantino ya ingresó en la historia del cine contemporáneo. Lo hizo tomando una serie de decisiones estéticas que se convirtieron en marcas autorales. Por saber elegir a sus actores y saber ponerlos al servicio de un buen guión. Por esas verborreas que saturan y encantan. Por saber introducir delirantes puntos de giro. Por el morbo que sabe estimular en el espectador. Porque ha querido contar historias desde las pulsiones más oscuras y lo ha hecho sin remilgos. Sodomización, homoerotismo, violaciones. Tarantino ha hecho películas misóginas, racistas, antisemitas. Políticamente incorrectas hasta la médula.

Tarantino también es un fetichista. Cree e insiste en ciertas formas, objetos y personajes. Parece no poder o no querer salirse de sí mismo. Es ese, quizás, el problema de Los ocho más odiados. Lo llamativo es que en lugar de reciclar para superarse, parece haber olvidado todo lo que hizo bien alguna vez. Las falencias de la octava película se hacen evidentes porque son las mejores decisiones que Tarantino supo tomar en su ópera prima.

Perros contra forajidos

En ambas películas hay ocho personajes que se eliminan entre ellos sistemáticamente. Tanto en una como en la otra, la masacre tiene que ver con la sospecha de un infiltrado. Alguien miente y todos tienen buenas razones para hacerlo. Los personajes, bien provistos de sevicia y armas, terminan confinados a un lugar del que, se sabe, muy pocos saldran con vida. Las fugas a otros espacios estan dados por el flashback. Los capítulos separados por  intertítulos. La voz en off, la música exquisita que convierte la violencia en danza, y por supuesto, el gore.

Tarantino siempre ha sido desmesurado, barroco y excesivo. Pero en Perros de la calle lo desbordan las buenas elecciones, la creatividad. Cada flashback es un cortometraje en sí mismo. En su primer largometraje de gran presupuesto, Tarantino no dejó de buscar encuadres enrarecidos, paisajes urbanos que no necesitaban ningun artilugio millonario para lucirse. Criterio y buen gusto de un hombre que sabe lo que quiere, tanto así, que no duda en ponerse a sí mismo como un personaje, sin falsa modestia. Tampoco duda en “matarse” a sí mismo sin rendir cuentas de porqué y cómo sucedió. Aparece al inicio de la película esbozando sus ideas sobre el verdadero significado Like a Virgin de Madonna.

En Los ocho más odiados también se pone a sí mismo pero esta vez como voz en off. El recurso es tan flojo y prescindible que solo queda entenderlo como lo que es: el intento de llenar el hueco narrativo de una historia que ya no tiene cómo sostenerse.

El problema no esta en el exceso. Aunque puede parecer excesivas como siemrpre la sangre, la violencia y las autoreferencias. Tampoco es un abuso del diálogo. Tiene que ver más con una carencia. De magia, de conexión, de la astucia creativa que distingue a Tarantino.

“Bam”

Un revolver hecho con dos dedos y una onomatopeya pueden ser más inquietantes y violentos que una cabeza explotando a cámara por el impacto de una escopeta. Una lección dramática que deja Perros de la calle. La seña, el gesto infantil con el que un grupo de asesinos se gatillan entre ellos, va condensando la tensión de la escena. Cada vez más dramática y contenida en el espacio cerrado. Una buena dramaturgia que solo necesita el cuerpo del actor y el texto  para llegar al pathos, la conexión con el auditorio. Acá, potenciada ademas por una cámara que se detiene en cada gesto. Bam...

Perros de la calle se sostiene gracias a la carga afectiva que pesa sobre cada uno de los personajes. Ellos cargan con su maldad, sus miserias y esa humanidad que será brutalmente asesinada. El espectador es el único testigo de cómo mueren, solo él sabrá quien mentía y quien no. Es quien finalmente se enfenta al dilema moral que no pudieron resolver los perros ya muertos.

El personaje de Michael Madsen como un psicópata de buen corazón es tan atractivo, que hasta su violencia es encantadora. Hay algo dulce en él. Su sevicia, ceremoniosa y musical, es capturada por la cámara que sabe agarrar sus gestos. El horror no está en ver cómo corta la oreja de un policia maniatado. Lo terrible es la atracción que genera en el espectador. Es no poder dejar de ver lo que hace, por cómo lo hace. Madsen, también es convocado para el elenco de Los ocho más odiados, interpreta a un vaquero deslucido y pusilánime.

Lo mismo sucede con Tim Roth. En Perros de la calle encarna a un ladron herido por un impacto de bala. Tiene que llevar adelante el conflicto y lo hace mientras sangra, aulla y se resiste a morir. Pura actuación. Solo logra hablar hacia el final.

Como uno de los más odiosos, Roth, al igual que Madsen, se limita a esperar su momento de estallar en pedazos en Los ocho más odiados. No hay nada memorable. Ningún gesto o frase serán recordados. Son remedos pobremente escritos, pobremente filmados. Kurt Russell y Samuel L. Jackson también estan desperdiciados. Son y no son los mismos de Death Proof en el caso de Russell o de Pulp Fiction en el de Jackson.

La octava maravilla

La octava película de Tarantino no tiene porque arrojar un veredicto sobre el genio del director. Tampoco le dará toda la razón a quienes creen que se trata de un director en su ocaso. No será tan fácil afirmar que es un artista enroscado en  su propia figura, fagocitado por un narcisismo estético. Si fue enceguecido por su propia luz, es porque ha sido brillante.

Queda esperar que siga creando e insistiendo en sus obesiones. Por lo pronto, es un placer volver a sus inicios.

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