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Tras la esquiva redención

Los infiltrados, la última película de Martin Scorsese que se encuentra en cartelera, ha traído de vuelta al cine negro a un director a quien el mundo de Hollywood aún no le hace justicia. A pesar de su grandeza, muchos espectadores se preguntan si el genio de Taxi Driver y Toro salvaje conseguirá un Oscar con su nueva película.

2010/03/15

Por Juan Carlos González A

"La penitencia no se hace en la iglesia. Se hace en las calles. Se hace en casa. El resto es cuento y tú lo sabes”, nos dice la voz en off de un hombre que no puede dormir. Lo vemos levantarse agitado, mirarse en un espejo, volver a la cama a intentar conciliar un sueño huidizo, agobiado por el dolor, por la pena, por el peso de sus culpas. ¿Es Billy Costigan, el policía encubierto que logró infiltrarse en la pandilla de Frank Costello, el jefe mafioso de Los infiltrados (The Departed, 2006)? Podría serlo. Las enormes contradicciones de este hombre –interpretado por Leonardo DiCaprio, con una solvencia que sólo Martin Scorsese podría obtener de él– lo mantienen en una perpetua vigilia, sólo aliviada por los tranquilizantes a los que se ha vuelto adicto. No hay paz en esa alma adolorida, no hay sosiego, sólo un malestar interior que lo está matando.

Pero no. Las palabras y la escena descrita no corresponden a Los infiltrados. Nos las mostró Scorsese treinta y tres años antes, en el inicio de Calles peligrosas (Mean Streets, 1973) y a quien oímos y vemos es a Charlie Cappa –un mafioso menor y paradójicamente seguidor de las ideas franciscanas–, el protagonista de esta historia que fundó las bases del cine que este director nos viene mostrando de manera consistente a lo largo de su preciosa filmografía. Nacido el 17 de noviembre de 1942, en Flushing, en el Estado de Nueva York e hijo de un inmigrante siciliano, Scorsese creció en la comunidad italiana neoyorquina, lo que se conoce como Little Italy. Se aficionó desde pequeño al cine, debido a una serie de enfermedades pulmonares que lo obligaron a permanecer en reposo sin ninguna actividad física. Al terminar el colegio pasó a un seminario, del que –desilusionado– salió un año después, para ahora sí dedicarse al celuloide. Entró a la escuela de cine de la Universidad de Nueva York, donde obtuvo un magíster en arte en 1966. Durante su época de estudiante dirigió varios cortos y mediometrajes que obtuvieron premios y reconocimientos dentro del círculo estudiantil. Estuvo vinculado a la universidad como instructor hasta 1970 y durante ese lapso dirigió su primer largometraje, Who’s That Knocking at My Door? [¿Quién está tocando a mi puerta?] (1968).

Al año siguiente trabajó como uno de los editores del documental dedicado a Woodstock; después estuvo brevemente en la televisión y en 1972 dirigió su segunda película, Boxcar Bertha, que fue así mismo su primer contacto con la industria de Hollywood. Pero realmente la primera película que hizo que la crítica se fijara en este director fue Calles peligrosas, en la que comienzan a verse los temas que van a volverse recurrentes en sus futuros trabajos: la descripción de los bajos mundos urbanos y, sobre todo, la representación de los personajes que habitan esos ámbitos oscuros, una colección de seres humanos en perpetua búsqueda de sí mismos, retratos acongojados de hombres que han extraviado la brújula de su propia existencia y que andan perdidos intentando obtener una redención que no saben siquiera –y eso es lo peor– a qué se parece. Hay un hambre indescriptible en cada uno de ellos, un desasosiego vital que los deja flotando insomnes y obsesos en un firmamento lleno de preguntas, con la única certeza de que no hay nada seguro a qué aferrarse. Y es igual la sensación de incertidumbre si el protagonista de su cine es un ser espiritual –el Jesús de La última tentación de Cristo, el Dalai Lama de Kundun– o un gangster italoamericano de abultado prontuario, no importa, sus inquietudes no se alteran, su sed y su soledad no conocen bálsamo suficiente. Hay un hilo conductor que enlaza a Charlie (Calles peligrosas), Travis (Taxi Driver), Jack LaMotta (Toro salvaje), Rupert Pupkin (El rey de la comedia), Paul Hackett (After Hours), Vincent Lauria (El color del dinero), Lionel Dobie (Historias de Nueva York), Henry Hill (Buenos muchachos), Sam Rothstein (Casino), Frank Pierce (Vidas al límite) y a Amsterdam Vallon (Pandillas de Nueva York) sin considerar el filme en el que aparecen o la situación en la que se encuentren: hay en ellos un espíritu que exige respuestas a preguntas que no logran ser formuladas, y tales exigencias explotan, por lo general, en una salida violenta, que es más una catarsis casi inevitable antes que una reacción incontrolada y errática.

Estos seres en conflicto están apegados a una idea fija que nadie más ve como viable, pero a la que se aferran como si de la misma dependiera no sólo su existencia, sino la vida de todos los demás. Un visionario contra el mundo. Un hombre intentando decirles a todos que el equivocado no es él, sino todos los demás. Mientras tanto llevan por dentro una enorme pena, un luto indescriptible que desde su punto de vista no es otra cosa que un sacrificio personal, un purgatorio indispensable para alcanzar la redención. Porque sin duda a la salvación aspiran, tal como lo pretenden todos los personajes que han habitado su cine. De ahí las cruzadas mesiánicas que emprenden convencidos y los vía crucis que recorren, caminos que deben ser transitados en medio de los visos y la iconografía católica que jamás han dejado de adherirse estrechamente a esta suerte de museo antropológico personal. Y ahora se suma un nuevo miembro: Billy Costigan es su nombre y creció en la Boston de los católicos irlandeses, tan creyentes como fatalistas. Una familia dividida que lo dejó solo y lleno de rencor lo lleva a convertirse en policía, para una vez graduado tener que asumir –casi contra su voluntad– un trabajo como agente infiltrado en la mafia local, dominada con mano maestra por un capo irresistible, Frank Costello, al que Jack Nicholson le da vida divirtiéndose como sólo él sabe hacerlo. Parece asombroso que Nicholson y Scorsese nunca hubieran trabajado juntos, pero por fortuna pudimos atestiguar este momento feliz, en que la actuación desbordada del actor muestra la libertad absoluta que el director le concedió sin problemas: ambos son grandes, ambos dominan a la perfección su arte. La risa de Nicholson –queremos creer– refleja el ambiente en el que la película se rodó. Scorsese se rodeó de su equipo de colaboradores favorito: Michael Ballhaus en la cinematografía; Thelma Schoonmaker, su editora habitual; la directora de reparto Ellen Lewis y ese polémico DiCaprio en el que sólo él parece tener fe y que ya obtiene resultados.

Si bien la óptica de Los infiltrados es coral –con un doble juego de identidades secretas a ambos lados de la ley– es sin duda el personaje de Costigan aquél en el que Scorsese deposita su credo, sus temores y su congoja interior. Lo vemos enfrentarse contra sí mismo todo el filme, revolcándose sin tregua en el lodo de sus creencias, de su miedo, de su fe traicionada en los hombres. Cuánto dolor hay en la descripción de este hombre solitario y asustado: “La soledad me ha perseguido siempre. A todas partes. En los bares y en los automóviles, calles, tiendas... en todas partes. No tengo escapatoria. Soy el hombre solitario de Dios”. ¿Es él quien nos habla? No. Tampoco es él esta vez. Es Travis Bickle, aquel Taxi Driver taciturno y enfermo. Hombres sin paz que piden ayuda a gritos, sin que nadie los oiga, sin que nadie los vea. Treinta años después Costigan fue una víctima más. Otra que pretendió lograr una esquiva redención, pero que en manos del maestro Scorsese lo único que consiguió fue una lección cruenta, sin finales felices, como recordatorio de lo que ocurre cuando le apostamos a la zozobra como modo de vida.

La película ya recibió el beneplácito del público pero, ¿recibirá también la consagración de la Academia de Hollywood? Tras cinco nominaciones al Oscar como mejor director, todo apunta a que Los infiltrados volverá a ser tenida en cuenta para los galardones dorados. Un triunfo el año próximo no sólo sería un justo premio para esta película, sino el reconocimiento –aún a tiempo– a una trayectoria profesional de absoluta consistencia y de una transparencia de propósitos que pone a Martin Scorsese a la altura de los creadores cinematográficos que tanto admira y respeta. Ahora nuestra admiración y nuestro respeto son para él, autor de este universo personal cerrado y oscuro donde pocas veces hay escape, donde la sangre dicta las leyes y limpia la conciencia, el alma y el espíritu desconsolados de estos personajes que nos miran desde allá, desde esa pantalla iluminada en la que Scorsese los encierra y los hace tropezar, pues no saben que andan a ciegas por una existencia cercana a la que protagonizamos nosotros mismos, los espectadores que recibimos con alborozo –y no sin algo de inquietud, confesémoslo– el vital puñado de imágenes que constituyen su cine, que nos aceleran la sangre y nos hacen sentir, pese a todo, completamente vivos.

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