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Un extraño artefacto

En octubre próximo se estrena un mediometraje que tiene todo para ser una joya en el panorama cinematográfico colombiano. ¿El problema? Su duración hace temblar a los exhibidores que ven en 1989 una propuesta muy arriesgada.

2010/03/15

Por Ricardo Silva Romero

Todo el mundo está hablando de 1989. Dicen que es una película colombiana muy rara que apenas dura cuarenta minutos. Que la dirige un fotógrafo bogotano que se llama Camilo Matiz. Que a la larga es un monólogo interpretado por el mismo Vincent Gallo que se atrevió a filmarse a sí mismo en la incómoda Buffalo ’66 y la controversial The Brown Bunny. Que los organizadores del festival de Cannes quisieron incluirla en su programación a pesar de su formato. En fin. Todo el mundo tiene su versión de los hechos. Y tal vez lo mejor sea preguntarle al propio Matiz, un experimentado realizador de comerciales que dice unas quinientas palabras por minuto, cómo hizo para producir ese pequeño relato cinematográfico que la gente comenta en todas partes: esa curiosa mezcla de obra plástica con novela gráfica.

Dice que le vino a la mente la idea, una suma de imágenes de pesadilla, hace un poco más de dos años. La tradujo en un par de meses al lenguaje de los guiones. Preparó con su equipo de siempre (a la cabeza el editor Caryl Deyn Korma) hasta el más mínimo detalle del rodaje. Y a principios de 2008 se quedó sin su actor principal, el genial Steve Buscemi que los hermanos Coen convirtieron en mito para los cinéfilos, porque las agendas de los dos se llenaron más de la cuenta. Fue así como llegó al hombre que protagoniza 1989, a Gallo, aquel actor, escritor y director neoyorquino que para bien y para mal le ha dedicado toda su carrera (montó una banda de rock con Jean Michel Basquiat, fue modelo de Calvin Klein, dirigió un par de películas que aún hoy causan controversia) al derecho sagrado de hacer en el arte lo que le venga en gana.

Matiz había hecho contacto vía e-mail con Gallo, varios meses atrás, porque lo veía como el protagonista ideal de un proyecto que le habían encargado para promocionar el turismo en Colombia. Así que, cuando supo que el actor tendría un par de semanas libres en medio de la producción del más reciente largometraje de Francis Ford Coppola, el apaleado Tetro, no dudó en enviarle ese extraño guión de veinticinco páginas que era la base de 1989. No es coincidencia que Matiz y Gallo se hayan encontrado: los dos pertenecen a una nueva raza de narradores que podríamos llamar “multimedia”, porque no se resignan ni a los géneros ni a los formatos de siempre y no entienden por qué los artistas tienen que especializarse como los peligrosos médicos de estos últimos años. El cine, el arte, la fotografía, la literatura, la música: nada está primero para ellos. Todo puede esculpirse. Todo es plástica. Lo único que importa es hallar el material ideal para contar la historia que se quiere contar.

En fin. Digo que 1989 “es una curiosa mezcla de obra plástica con novela gráfica”. Y puedo decirlo porque, cansado de dar explicaciones, Matiz me pregunta si tengo tiempo para ver su película en una salita que queda a unos metros de donde estamos hablando. Yo le digo que sí: ni más faltaba. Y, cuando caigo en la cuenta de que la idea es verla juntos, le ruego a Dios que sea buena.

Sí lo es. Desde la primera imagen, una hipnótica superficie de sangre que vemos como a través de un microscopio, hasta el último plano, una bocina de teléfono público que ha quedado descolgada, está claro que se trata de una pieza cargada de simbolismos (ahí está ese escape de agua que no se termina, ese reloj que marca cierta hora, aquella voz que recita el versículo 35 del capítulo 21 del Éxodo), pero es más que evidente, también, que no es necesario interpretar sus imágenes para disfrutarla. El personaje oscuro encarnado por Gallo divaga sobre lo divino y lo humano, en una cafetería del centro de Bogotá, mientras espera la fatalidad. Y ya. No hay mucho más en la trama de 1989. Casi todo lo que pasa en esos cuarenta minutos, pasa en el montaje, en los encuadres, en los ángulos de cámara. Cuando termina, y queda claro que todo estaba en los detalles, es fácil decirle a su director que verla es un placer: ha creado, sin duda, un artefacto fascinante.

Y digo “artefacto” porque se trata de un relato filmado que debería colgarse en la pared de algún museo. Sí, Cine Colombia ha decidido estrenarla a comienzos de octubre, en unas pocas salas del país, a pesar de su duración, y teniendo en cuenta, a la hora de la exhibición, el tipo de relato que es. Y es seguro que en los teatros comerciales, como le sucedió en el festival de Cannes, encontrará un público que sepa verla como debe ser. Pero después, cuando todo el ruido haya pasado, Matiz tendrá que decidir si se limita a presentarla en festivales, si la publica en dvd o si se la cede a una galería que la reproduzca como quiere que sea vista.

¿Qué hacer con semejante artefacto? ¿Dónde más mostrarlo? ¿A quién? Lo dice su propio director, Camilo Matiz, mientras buscamos la salida de esas oficinas: 1989 es exactamente la película que él quería hacer, sigue al actor que él quería seguir, cuenta lo que él tenía en mente y dura lo que él necesitaba que durara, y como es suya, como no hay inversionistas a quienes responderles, como la idea no era ganar ni el dinero ni los premios que gana haciendo comerciales, puede tomarse el tiempo que quiera para pensarlo con cuidado. 

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