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Un holandés caliente

Los críticos de su país dicen que es el mejor director de cine que ha dado Holanda. Tiene 69 años, ha rodado filmes interesantes como Robocop, escandalosos como Bajos instintos y fallidos como Showgirls. Ahora demuestra su mejor forma en Black Book y afirma que le gustaría hacer una obra sobre Jesucristo.

2010/03/15

Por Francisco J. Escobar S.

Su verdadera profesión no es dirigir, es disentir; ir en contra, hacer lo que le da la gana. Verhoeven es uno de esos tipos que siempre elegirá el camino difícil, oscuro y chueco. Es el que, en un mundo de pubis calvos, puso a la prensa a hablar del vello púbico (protagónico en su nuevo filme, Black Book). Es el creador de una de las escenas que más veces ha sido congelada, comentada y revisada cuadro a cuadro en la historia del cine: el instante en que Sharon Stone cruza las piernas en Bajos instintos (1992). Es el hombre que pudo haber arruinado su carrera con la terrible Hollow Man (2000) y el que ha visto cómo su Showgirls, que fue elegida como la peor película de 1995, con el paso del tiempo ha ganado elogios.

Ese es Verhoeven, el “único cineasta en activo capaz de dotar de función narrativa a un pubis teñido”, dice Jordi Costa en El País. Y no es un simple juego de palabras. En su nuevo filme hay una escena de pubis inolvidable. En ella la protagonista Rachel Stein, una joven judía holandesa, tiñe su vello púbico de rubio para completar su disfraz corporal de alemana. Transcurren los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial y la mujer aparenta ser germana para seducir a un oficial nazi, por encargo de los holandeses. La cámara muestra el proceso en el que la intimidad de la chica cambia de color. Y así el pubis holandés se convierte en alemán. Un momento que ha sido comentado por todo el mundo. Algunos con sonrojo; otros para señalar, con acierto, que se nota que el realizador ha vuelto a rodar en su país natal, al margen del moralismo de Hollywood que le hubiera hecho cortar esa secuencia. Ese pubis es la muestra de que el joven y osado Verhoeven de Turkish Delight (1973, nominada al Óscar) y Soldier of Orange (1977, elegida por la crítica de Los Ángeles como mejor película extranjera) sigue respirando bajo la piel envejecida de este realizador modelo 2007. El director ha recobrado las ganas y ha vuelto a hablar como en los buenos tiempos, por eso le decía a The Guardian: “¿Que si hay desnudos en mi nueva película? Pero claro que los hay, soy holandés”.

Un holandés que a mediados de los ochenta, cansado de su tierra, se marchó a los Estados Unidos para rodar Robocop (1987), y al cabo de veinte años, después de éxitos y grandes fracasos (del sueño y la pesadilla americanos) retornó a su patria para filmar la película más cara de la historia de su país: Black Book. La que lo tiene de vuelta en el negocio. Pero, a pesar del sabor amargo que le dejó al final, es su período en Estados Unidos el que le daría la fama que se ha ganado. Cerca de Hollywood aprendió cómo se debe rodar en “América” y cómo un día puedes ser la estrella del momento por realizar una buena película de ciencia ficción que se llama Desafío total (1990), luego convertirte en un magnífico rebelde por lograr que Sharon Stone cruce la pierna (¡vello púbico! ¡Escándalo!) en Bajos instintos (1992), para después convertirte en el saco que los productores quieren cargarse a patadas al ver Showgirls (1995).

El filme, que mostraba el universo de un grupo de strippers en Las Vegas, que contó con todo el apoyo de la MGM, con el guión de Joe Eszterhas –que escribió Bajos instintos y Sliver– y que se promocionaba como “la película más caliente del año”, mandó a Verhoeven a la guillotina. Producirla había costado algo más de 40 millones de dólares y en taquilla recaudó apenas la mitad de esa cifra. ¿Qué pasó? El crítico Roger Ebert, decía: “No te puedes creer ni un segundo de la película”.

Y el director llegaba al punto más bajo de su carrera. Intentó levantarse con el filme de ciencia ficción Starship Troopers (1997) pero algunos lo vieron como una oda al fascismo y la caída se prolongó. Con el paso de los años los analistas juiciosos han reivindicado su cinta. A finales del año pasado, en Sitges, Verhoeven la defendía, explicaba que en esa época Estados Unidos “se estaba desviando hacia un modelo de sociedad fascista. La película se estrenó cuatro años antes del 11-S y quería delatar que había algo enfermizo en esos héroes dispuestos a morir por su patria. Al final, la película resultó profética: tras el 11-S, Bin Laden se refugió en su red de cuevas, un entorno bastante parecido al que servía de guarida a las arañas extraterrestres de Starship Troopers”.

No miente. Verhoeven es un realizador convencido de que ese cine de Serie B es el mejor vehículo para opinar: “En el arte es normal utilizar lo que se considera ‘banal’ o ‘mediocre’ para mostrar tu punto de vista y dar tu manifiesto”. Pero lo que logró con sus Troopers no lo consiguió con Hollow Man (2000) y el viejo Paul, como el protagonista de su cinta, se convertiría en un hombre invisible para las productoras. El director reconoce que creyó que su carrera estaba acabada, pero entonces surgió Black Book, el thriller que se desarrolla en la Segunda Guerra Mundial, por el que regresó a su país, fue elogiado en el pasado Festival de Venecia y es considerado por buena parte de la crítica como su mejor obra.

A sus 69 años, tras Desafío total y Showgirls, después de abandonar varios proyectos que nunca llegaron a concretarse, como Cruzada, Verhoeven renace y quizá las fuerzas le alcancen para realizar el filme sobre Jesucristo –personaje en el que según él, se basa Robocop– que siempre ha querido rodar. “He pensado hacer esa película pero mis amigos dicen: ‘Ni se te ocurra. En Estados Unidos te dispararían por eso’. Creí entonces que era mejor escribir un libro sobre el tema, pero quizá por el libro también me disparen (…) Me gusta escandalizar a la gente, pero no quiero que me disparen a matar justo ahora, ¿no?”. ¿Tendría vello púbico su filme de Jesucristo? Seguramente sí. Pensándolo bien, por su salud física y mental, mejor que no lo ruede.

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