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Un Indiana sexagenario

George Lucas estrenará en el festival de cine más importante del mundo –precedida de un aura de película legendaria– una cuarta parte de la mítica trilogía. ¿Estrategia comercial? ¿Más de lo mismo?

2010/03/15

Por Manuel Kalmanovitz G

Desde el comienzo había algo anacrónico en Indiana Jones. Era un retorno a los seriales de los años treinta de exploradores valientes en búsqueda de templos escondidos y oro, de liberadores de doncellas y salvadores de niños que arriesgaban sus vidas ante hordas de salvajes que casi siempre terminaban adorándolos, enceguecidos por una combinación universalmente apreciada de atrevimiento, fuerza bruta y picardía que los exploradores tenían en dosis intoxicantes.

Indiana Jones, como ellos, era poco más que un saqueador de tumbas bien vestido. Y, a su manera, una especie de James Bond con doctorado, un Bond nerdificado capaz de leer latín, griego, hindi, y de verse regio sin camisa mientras iba de un continente al otro buscando tesoros y seduciendo chicas.

Pero en 1981 eso de robar tumbas, de llevarse los ídolos de los nativos a los museos del primer mundo, ya no era tan digno de celebración como en los treinta. La era de lo políticamente correcto había llegado e Indiana Jones terminó siendo una especie de grito adolescente de resistencia. Un grito no tanto por la restitución de sexismos, racismos y colonialismos (aunque ahí estaban), sino por no perder el sentido del misterio en el mundo, de lo inexplicable.

O al menos esa es la impresión que deja la primera de las tres películas de Indiana Jones, la del arca de la alianza. La segunda es un ejercicio descerebrado de cine de aventuras, aunque simpático. Y la tercera, bueno, la tercera ni siquiera es simpática.

Quizás tenga que ver con que Lawrence Kasdan escribiera el guión de la primera (Kasdan también escribió la mejor de las películas de Las guerras de las galaxias, El imperio contraataca) y con el increíble éxito que tuvo. En esta clase de películas el éxito es una enfermedad progresiva que a medida que avanza hace que las cosas se vuelvan llenas de fórmulas, mecánicas, sin vida. Zombificación podríamos llamarla.

Así, el Indiana Jones vital de la primera parte, mercenario, ladrón de tumbas, seductor de jovencitas, matón de pistola contra espada, se fue desapareciendo en las sucesivas encarnaciones hasta quedar convertido en una caricatura. En caricatura de caricatura, de hecho, porque para comenzar Indiana ya era un calco de estos seriales de los treinta.

Pero es interesante ver que ese aire anacrónico era parte de la trama misma de la primera película. La muchacha, Karen Allen, que no debía tener más de 25 años y que había sido seducida hace diez por Indiana, le dice “No eres el hombre que conocí hace diez años”. A lo que el explorador responde “No son los años, son las millas”. Tal vez desde el comienzo Indiana Jones era demasiado viejo para cosas así.

Pero ahora, 27 años después de ese diálogo, tras miles de millas más de recorrido, regresa Indiana con su látigo y su sombrero y su chaqueta de cuero a inaugurar el Festival de Cannes, el 18 de mayo. Y George Lucas, productor de todas las películas, trata de bajar las expectativas –un síntoma no demasiado alentador.

“Al hacer una película así, una secuela muy, muy esperada, la gente piensa que se trata de la segunda llegada. Y no es así. Es solo una película. Como las otras películas. Probablemente las recuerden con cariño, pero si volvieran a verlas, tal vez se den cuenta de que no son tan buenas como las recuerdan”, dijo Lucas al diario USA Today.

No se sabe mucho de la trama de la película; como pasa con todos estas secuelas, la nueva Indiana Jones está rodeada de un aura de misterio –aura que genera la clase de expectativas que Lucas quiere apagar.

Se sabe, por ejemplo, que la historia de esta cuarta parte tiene lugar en 1957, exactamente 19 años después de la última. Se sabe también que hay una calavera de cristal, obvio. Y que Indiana debe salir del retiro académico para tratar de conseguirla (combatiendo contra los comunistas soviéticos, en versión Cate Blanchett). También se sabe que vuelve Karen Allen y que Shia LaBoeuf, el Tom Hanks del nuevo milenio, tiene un papel importante.

Y ya. A juzgar por el tráiler hay lo de siempre: locaciones exóticas, látigos y vehículos que chocan y explotan.

Lo que no queda nada claro es qué tanta pertinencia tenga Indiana Jones en el presente. Sí, seguramente le irá muy bien en taquilla. Entre las otras tres ganaron 1.200 millones de dólares en todo el mundo y ya hay dos o tres generaciones criadas viendo a Harrison Ford, de 64 años en la actualidad, con sombrero y látigo y que quieren ver qué anda haciendo, como ver en qué anda un amigo del colegio del que no se sabe nada hace tiempo.

Pero a diferencia de otras franquicias, como Batman o la misma James Bond, que han sido revitalizadas por diferentes directores (y cuyas nuevas ediciones competirán en taquilla contra Indiana Jones en el verano septentrional), Jones sigue anclado a Spielberg y Lucas. Y Lucas, como lo demostró en las nuevas ediciones de La guerra de las galaxias, tiene un don especial para hacer películas vacuas pero aburridas. Especialmente con películas-evento que venden tiquetes sin importar su calidad.

Pero bueno, en todo caso será interesante ver a Indiana Jones envejecido. Eso es algo que no se ve mucho en superhéroes. Dicen que Lucas había pensado en hacer cinco películas con el intrépido explorador. De pronto la siguiente y última sea una reflexión sobre la mortalidad. Indiana Jones y la próstata perdida, le podrían poner.

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