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Un mundo alucinante

La ciencia del sueño, nombre de la película que se estrena este mes en Colombia, podría ser un muy buen título para definir la obra reunida de uno de los mejores directores de videos de todos los tiempos. Perfil.

2010/03/15

Por Alejandro Martín

Al despertarnos por la mañana, angustiados luego de tener pesadillas, todos vamos a sentir esa terrible urgencia de abrazar a alguien y hacer el amor: de allí que los sueños sean fundamentales para la reproducción de la especie humana”. Así, según Michel Gondry, se explicaría a partir de la evolución la necesidad que tenemos de soñar. Y con esa pequeña teoría consigue también darnos la pista de varios de los elementos claves de su carácter: una ingenuidad inseparable de su ingenio, un espíritu de científico chiflado y un corazón inmenso entre romántico y despreocupadamente sexual. Obsesionado con las imágenes y en especial con la manera como estas se articulan, se transforman y se combinan en los sueños, Gondry parece una persona que no salió nunca de la infancia.

Gondry creció en un ambiente hippie en el que la creatividad era máximo valor. El lema de sus padres era evitar todo tipo de represiones. Eso es algo que comparte con Björk, la cantante islandesa con la que creó en una serie de seis videoclips que son una de las obras de arte más hermosas de finales del siglo XX. Allí elaboraron todo un mundo que no es otra cosa que esta tierra de ríos y cemento, árboles y máquinas, animales y pantallas percibida a través de los ojos de quien todavía puede maravillarse ante lo que ve. A pesar de lo sofisticados que son los sonidos y las imágenes que se funden allí, los dos consiguen transmitir una carga tremenda de emociones y de ideas que quiebran los límites establecidos. Algo que se hace evidente en el video de Joga, donde Gondry pone a latir piedras y montañas mientras la cámara recorre un modelo digital de Islandia, que resulta la representación más intensa de la forma cómo Björk concibe el amor: “Las coincidencias / tienen sentido / sólo contigo / no tienes que hablar / yo siento / paisajes emocionales”.

Gondry, a la manera de su compatriota Georges Méliès, es una especie de mago que encanta a sus espectadores. Su destreza es crear situaciones imposibles que se hacen posibles gracias a las imágenes en movimiento. Su maestría es desviar nuestra atención para que no descubramos el engaño, jugando con la perspectiva y los tamaños relativos de los objetos en el encuadre, para que no sepamos a ciencia cierta qué está lejos y qué cerca. Pocos como él han aprovechado el hecho de saber que un segundo de cine está hecho de veinticuatro imágenes quietas. Además, ha contado con la ayuda invaluable de su hermano Olivier, experto en programación, su mano derecha para hacer posible que sus sueños se convirtieran luego en videos. Son los recursos técnicos los que le sugieren a nuevas secuencias e historias (los dos heredaron la vena inventora del abuelo, famoso por haber hecho uno de los primeros sintetizadores: el Clavioline). Por eso ha plagiado todo tipo de trucos y efectos de todas las épocas: desde los orígenes del cine experimental hasta lo último en video arte. Irónicamente, pocos reconocen una de las invenciones más famosas de los hermanos Gondry: el efecto de “bala del tiempo”, que consiste en congelar un instante y que inmortalizó en la secuencia inicial de Matrix. Gondry lo utilizó en su video de Like a Rolling Stone de los Rolling Stones, para volver imágenes esa extraña sensación de esa mujer perdida en las drogas entre los vagabundos y los millonarios, haciendo un contrapunto entre su mirada alucinada de las calles con esos momentos de dicha congelada de los cocteles.

Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, la película que lo hizo famoso, parte justamente de esa tensión entre el mundo “objetivo” y aquel que “crece” en las cabezas de los personajes. En ella, el genio de Charlie Kaufman y sus alambicados guiones autorreferentes, encuentra su molde en Gondry. El director francés no sólo fue capaz de darle a la idea original el mundo de imágenes que necesitaba, sino que la dotó también de la dulzura y la calidez para que más allá de la genialidad de sus premisas, Eterno resplandor consiga evocar como lo hace las dificultades del amor. Ahora, libre de compañías por primera vez y como autor total, Gondry hace La ciencia del sueño a la manera de una primera película, y le queda así: llena de todo lo que quería decir desde pequeño, todas sus pesadillas, todos sus proyectos, su visión del mundo y de la creación, todos sus chistes y todos sus trucos... Resulta una bonita manera de meterse en su cabeza, aunque lo que allí se presenta está mucho mejor dicho en el documental Siempre tuve doce años que acompaña el DVD con lo mejor de sus videoclips. Allí, en el que puede ser uno de los tratados más geniales sobre el proceso creativo, Gondry nos cuenta, a la manera del mejor de los profesores y aprovechando los recursos visuales que bien conoce, toda la trama que está detrás de sus videos, sus obras maestras. Porque, a pesar de haber hecho unas películas muy especiales, siguen siendo sus videos lo más valioso de su trabajo, ya que con ellos él se encargó de mostrarnos que ese “género menor” podía llegar a ser tanto o más interesante que su hermano mayor el cine.

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