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Un mundo alucinante

En septiembre de 2007 volverá a las tiendas una película que fue todo un hito en el cine del siglo XX: la mítica Blade Runner, de Ridley Scott. Para celebrar su 25 aniversario, la Warner saca en DVD la “edición definitiva”, con escenas recién filmadas por el director, acompañada de la versión clásica estrenada en 1982, la versión internacional y el montaje del director de 1992. ¿Por qué fue tan importante?

2010/03/15

Por Gabriela Bustelo

Los Ángeles, California, noviembre de 2019. En la última planta de un imponente edificio cibernético revestido de circuitos y microchips está teniendo lugar un tenso interrogatorio. Un hombre debe averiguar si la persona que tiene delante es o no un androide, pues en su tenebroso mundo los humanos y las máquinas son tan semejantes que existe una profesión –la de “Blade runner”– dedicada a exterminar a los robots defectuosos.

En una habitación cargada de humo, un sofisticado detector de mentiras mide las alteraciones involuntarias del iris del sospechoso, mientras el “cazador de robots” le pide que describa, en pocas palabras, los buenos recuerdos relacionados con su madre. Al oír la palabra madre, el sujeto se levanta, suelta un improperio y le pega un tiro a bocajarro.

Así de contundentemente empieza la película Blade Runner, estrenada con poco éxito de taquilla en 1982, año en que estallaba la guerra de las Malvinas, moría Grace Kelly, declaraban a Von Bülow culpable de asesinar a su esposa y Belisario Betancur era elegido presidente de Colombia. También fue el año, aunque pocos medios lo reseñaron, en que fallecía Philip K. Dick, el estadounidense autor de la novela de ciencia-ficción ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, tras cuyo estrambótico título se esconde la principal fuente literaria de Blade Runner. Aunque Dick murió pocas semanas antes del lanzamiento de la película, sí llegó a ver un copión de las imágenes filmadas por Scott, que le entusiasmaron por tener “el tono y la textura” del mundo fantasmagórico que había ideado.

Sin embargo, Ridley Scott no figuraba en el proyecto desde el primer momento. Con el título de Días peligrosos, el guión de Hampton Fancher había pasado ya por las manos de directores tan improbables como Adrian Lyne (Flashdance, Atracción fatal), Michael Apted (Gorilas en la niebla, Nell) o Bruce Beresford (Conduciendo a Miss Daisy). Finalmente se le encomendó al primerizo Scott –cuyo Alien, el octavo pasajero triunfaba entonces– y para el papel protagonista se eligió a Harrison Ford –aún desconocido, pero con El Imperio contraataca y En busca del arca perdida recién rodadas). Sería el director británico quien diera al film ese personalísimo tono de futurismo noir, imitado hasta la agotadora saciedad, como fue él quien dio con el título de Blade Runner, procedente de una novela homónima de Alan Nourse reescrita por William Burroughs, y también quien contrató al guionista David Peoples, responsable de varios de los diálogos más famosos de la película.

Scott y compañía

Ridley Scott estudió cine en el Royal College of Art londinense y trabajó durante diez años como realizador de publicidad, campo en el que cosechó abundantes premios y adquirió ese eclecticismo visual entonces vanguardista y hoy indispensable. El crítico británico David Thompson lo define como “un decorador, un reciclador y un sintetizador; una gran máquina atestada de imágenes asombrosas que consigue forjar y fundir admirablemente”. Sin embargo, en esta película –como sucedía en Alien– no podemos desdeñar la labor de su equipo de colaboradores, sin los cuales es improbable que el milagro llegara a producirse. La compleja imagen de ese Los Ángeles alucinado se debe de gran parte al ilustrador Syd Mead –que aparece en los créditos como “Futurista Visual”– y al director de arte Laurence Paull, pero también a los cómics de Moebius, los films Metrópolis y 2001: Odisea en el espacio, la arquitectura de Wright y Gaudí y la pintura de Vermeer y Hopper, entre otros.

Todo ello se conjuga en la hoy célebre segunda escena del film, que nos presenta la claustrofóbica metrópolis donde transcurre toda la acción. La cámara cenital recorre una ciudad en penumbra, sobre cuyos rascacielos plomizos destaca un zepelín luminoso que lanza constantes mensajes sonoros: “Una nueva vida te espera en las colonias del mundo exterior. La ocasión de volver a empezar en una tierra dorada llena de oportunidades y aventuras”. La amable voz enlatada anuncia las virtudes de un replicante humanoide que sirve como amigo, esclavo y trabajador incansable, un prodigio de ingeniería genética adaptado a las necesidades de cada cliente.

Ahí está el meollo de la trama. Los androides son siervos dóciles y no dan problemas, pero la poderosa Corporación Tyrell ha alcanzado la fase culminante de su producción cibernética, sacando al mercado sus extraordinarios replicantes. En un mundo ferozmente individualista donde la amistad no existe y nadie se fía de nadie, varios robots de última generación –los flamantes Nexus 6– se unen para vengarse de los humanos por haberlos creado con fecha de caducidad.

Pese a la inverosimilitud característica de las tramas de Scott–¿por qué tardaban tanto los tripulantes de la nave en cazar al bicho de Alien?, ¿quién se creyó lo de Susan Sarandon matando a su violador en Thelma y Louise? –, la película avanza a buen ritmo, y nos presenta una sucesión de imágenes, objetos y rarezas que han merecido, a lo largo de este cuarto de siglo, un estudio pormenorizado por parte de los especialistas y cinéfilos del mundo entero. El test Voigt-Kampff para detectar replicantes; la máquina Esper que hace un análisis tridimensional de las imágenes planas; la partida de ajedrez virtual entre el ingeniero Tyrell y el diseñador genético J. F. Sebastian; los aerodinámicos Spinners, vehículos voladores convertidos hoy en objetos de culto; el famosísimo Blimp, el zepelín publicitario con pantalla gigante y voz enlatada; el fantasmagórico unicornio incluido en la versión de 1992; las figuritas de papel origami (una gallina, un hombre con el pene erecto y un unicornio), y los ojos omnipresentes en la película (los que fabrica Chew, los del búho, los de Tyrell magnificados por la lupa, los ojos anaranjados de los replicantes).

Uno de los aciertos de Ridley Scott fue su elección del reparto, en que el monosilábico policía Rick Deckard/Harrison Ford parece un robot, mientras que el androide Roy Batty –a cargo del holandés Rutger Hauer– protagoniza no solo la mejor escena de la película, sino una de las más memorables del cine moderno. También fue Scott el primero en ver la lánguida vehemencia de Sean Young, la capacidad de Daryl Hannah para encarnar un personaje siniestro y la feroz sexualidad de Joanna Cassidy.

Pero aunque el apabullante embozo visual nos distraiga del contenido, Blade Runner es una alegoría filosófica, una fábula futurista sobre el deicidio, en una tierra enferma donde el tiempo acucia, porque todos sus habitantes –humanos y mecánicos– son conscientes de su fugacidad. Este hecho inexorable les produce una rabia existencial que los lleva a sublevarse contra su inventor todopoderoso e inmisericorde, es decir, contra Dios. Hay una escena en la que Hauer, al increpar al ingeniero Tyrell, le grita: “Quiero más vida, padre”, pero en inglés ese father suena más bien a fucker, cosa buscada por Scott y ensayada por el intérprete holandés hasta conseguir esa deliberada ambigüedad en la pronunciación.

Tyrell crea una máquina con cuatro años de vida para evitar que desarrolle sentimientos humanos, pero ¿no será que su mezquindad le ha impedido dotarla de un atributo –la inmortalidad– del que él carece? Los replicantes, en cambio, poseen una pureza humana esencial, pues no teniendo nuestra ancestral hipocresía social, muestran abiertamente su miedo, su ira, su impotencia, pero también su complicidad, su cariño y, lo más asombroso de todo, su compasión. ¿Quién no recuerda la secuencia en lo alto de un edificio presidido por un anuncio luminoso de TDK, en que el replicante moribundo se enfrenta con el policía? “He visto cosas que a los humanos les costaría creer... Todos esos momentos se perderán en el tiempo... como lágrimas en la lluvia”, dice el androide Roy a Deckard. “Es hora de morir”, murmura antes de inclinar su elegante cabeza albina y fallecer, habiendo salvado la vida del hombre encargado de eliminarlo.

Prueba de que la película está en plena forma es el hecho de que en abril de este año se rodaran planos para subsanar las faltas de raccord –secuencia de planos– de las escenas más emblemáticas, como la persecución y tiroteo de la replicante Zhora, en cuya carrera ralentizada por un centro comercial se alternaba la aparición de la actriz Joanna Cassidy con la de un especialista masculino ataviado con una tiesa peluca. Harrison Ford, en cambio, se ha negado a aparecer en sus escenas, siendo sustituido por su hijo Ben, debidamente maquillado. En cualquier caso, la emoción está servida. Es obvio que a Blade Runner –al contrario que a su protagonista– le sientan bien los años.

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