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Un Quijote apocalíptico

¿El cine está muerto? ¿Es un arte estúpido? ¿Somos analfabetos visuales? Sí, sí y sí, responde el director británico más audaz, más ilustrado y más pedante de los tiempos modernos. ¿Tan mal estamos?

2010/06/30

Por Manuel Kalmanovitz G.

Hay una cosa que Peter Greenaway quiere dejar en claro: el cine es horrible. El cine narrativo que conocemos, el de los actores, guiones y decorados. Insiste. Lo repite una y otra vez, cada que encuentra forma de meterlo en la conversación dice que el cine no es lo que debería ser. Que el cine se desperdicia en el cine. Peter Greenaway estuvo invitado por el Festival de Cine de Bogotá. Sí, un festival de las odiosas y anticuadas cosas de celuloide, esas películas que según Greenaway son “una forma artística muerta”, que “no tiene nada de interés, está descerebrado”. Un festival de ese arte “estúpido, moribundo e irrelevante” lo trajo a Bogotá. En fin, las ironías del mundo.

Greenaway empezó su carrera haciéndole la guerra al cine narrativo. Desde sus primeros cortos de los años 60, culminando en The Falls de 1980 (un largometraje de tres horas que narraba las biografías de 92 personajes apellidados Fall), evitaba los elementos que normalmente se esperan de las películas argumentales.

Pero luego pareció establecer una especie de tregua. Las películas que siguieron y que lo convirtieron una figura prominente en el panteón de directores del presente (y que sigue haciendo, cabe agregar) sí tienen actores y guiones. Y decorados y música y todo lo demás que las películas narrativas normales tienen. Son películas estilizadas, pero reconocibles por cualquier espectador de cine comercial. Las salas de cine arte en video vivían haciendo ciclos de él.

¿De dónde viene su molestia con el cine? Dice él que de haber recibido formación de pintor en el Walthamstow Art College. “Sigue siendo difícil para mí considerarme como un director de cine. Utilizo al cine como un medio con un fin. Mis búsquedas generales no tienen mucho que ver con lo que hacen otros directores. No creo que pueda encontrar a nadie más en el mundo con tal, digamos, fascinación por el lenguaje del cine como yo”.

Ciertamente Greenaway tiene una buena opinión de sí mismo (el fondo de pantalla de su computador es una fotografía de su cara muy blanca, tensa y seria). Habla en párrafos largos y eruditos que hacen que su odio hacia el cine suene como si viniera de una autoridad superior. Es como si canalizara el Dios de la vanguardia, tan iracundo como el del Viejo Testamento, el Dios que odia tanto atraso, tanta cosa vieja, tanta historia.

Es casi como si a Greenaway le extrañara y disgustara el simple hecho de que a los humanos les gusta oír y ver historias.

Es una forma precaria de existir en el mundo esta de los vanguardistas. Atrás, hay un pasado odioso: 113 años de teatro grabado, textos filmados. Luego, un presente igualmente detestable, donde no hay nada de interés, un desierto árido (con la solitaria excepción del vanguardista mismo). Y luego un futuro brillante, puro, hermoso, donde las cosas serán por fin como deberían ser, no como son.

“Me siento muy optimista sobre lo que sucederá cuando finalmente hagamos una síntesis de todos los nuevos medios —dice él—, pero es temprano para eso. De verdad pienso que el cine ahora está descerebrado y no tiene nada que ver con el lenguaje puro”.

Pero es difícil ver con claridad ese futuro brillante que mantiene a Greenaway con esperanzas. Parece tener algo que ver con la interactividad, porque da una fecha exacta para la muerte del cine, el 31 de septiembre de 1983, cuando se introdujo el control remoto televisivo. “El cine es una ocupación totalmente pasiva que ha superado su historia”, dice. A otro nivel, también debe tener algo de contestatario: “Sí, creo que es una obligación total para los artistas superar las barreras de lo permitido”.

Otra cosa que se puede vislumbrar es que será un arte independiente del texto, un arte de la imagen. “Bazin sugirió en 1926 que el cine era una mezcla de literatura, teatro y pintura, pero como rápidamente podemos descartar la pintura porque el cine no demuestra interés alguno por ella, el cine se basa solo en las otras dos. Es posible que nunca se haya visto una película, apenas 113 años de textos ilustrados o de teatro grabado”.

Pero acá hay algo que no marcha. Y no tiene que ver con el futuro, que cada quien puede imaginárselo como quiera, sino con el pasado.

Porque en estos 113 años se ha desarrollado toda una tradición de cine experimental que ha buscado, al menos desde el Ballet mecánico, de Fernand Léger de 1924, ese lenguaje puro, esa experiencia visual impoluta. Y es una tradición que incluye toda clase de aproximaciones: desde los collages autobiográficos de Stan Brakhage hasta las películas formalistas de Oskar Fischinger y Laszlo Moholy-Nagy, pasando por los dibujos sobre película de Norman McLaren. Y hay mucha gente más, muchísima, que se podría mencionar.

Pero eso Greenaway, inexplicablemente, no lo tiene en cuenta. Para él, el cine sigue siendo un segundón, una cosa atada a un texto, un lisiado que necesita ser rescatado de esos ignorantes que lo han dejado así.

Y, en ese sentido, Greenaway puede verse como un verdadero Quijote contemporáneo. No porque su lucha sea imposible y noble, no. Sino por esa ceguera tan particular, a la vez trágica y cómica, que lo hace insistir en salvar el honor de una doncella que ni es doncella ni está en peligro.

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